El Contrato de la Luna

La puerta en el lobo

—Porque él abrió la puerta primero.

La voz salió de la boca de Kael, pero no era Kael.

Alessia lo supo antes de entenderlo. Lo supo en la piel, en la marca, en el vínculo que de pronto se había vuelto frío, como si alguien hubiera cerrado una mano de hielo alrededor del hilo invisible que los unía. El hombre frente a ella tenía el mismo rostro, la misma mandíbula marcada, la misma herida en la mejilla, la misma camisa rota y ensangrentada… pero sus ojos ya no eran plata.

Eran negros.

Negros como la luna muerta.

Negros como una noche sin regreso.

Alessia sintió que el corazón se le partía con una violencia silenciosa.

—Kael —susurró.

Él ladeó la cabeza.

El gesto fue suyo y no suyo al mismo tiempo. La forma exacta en que Kael solía inclinar apenas el rostro cuando analizaba una amenaza estaba ahí, pero deformada por una calma ajena, cruel, antigua. Ariadne sonrió usando sus labios, y esa sonrisa en el rostro de Kael fue más insoportable que cualquier ataque.

—Está aquí —dijo Ariadne—. Muy profundo. Golpeando las paredes de su propio cuerpo como un lobo encerrado. Debo admitir que resiste mejor de lo que esperaba.

Alessia dio un paso hacia él.

Seraphine la sujetó del brazo.

—No te acerques.

Alessia giró hacia ella con los ojos llenos de lágrimas y furia.

—Suéltame.

—Si lo tocas sin saber quién está al mando, Ariadne puede usar el vínculo para entrar en ti también.

—Está dentro de él.

—Y justamente por eso va a usarlo contra ti.

Alessia miró otra vez a Kael. Él permanecía de pie en medio del círculo roto, con los hombros tensos y las manos abiertas a los lados. Sus dedos temblaban apenas. Era mínimo, casi imperceptible, pero Alessia lo vio.

Kael seguía peleando.

Ariadne también lo notó.

Miró su propia mano, o la mano de él, con una mueca de molestia.

—Qué terco.

La voz de Kael salió de pronto, rota, enterrada debajo de la otra.

—Alessia… no…

Fue apenas un segundo.

Apenas una grieta.

Pero Alessia lo escuchó.

Y todo dentro de ella respondió.

—Kael.

Ariadne apretó los dientes con su boca.

La luz negra volvió a llenar sus ojos.

—No pronuncies su nombre así. Los nombres son anclas, y este cuerpo ya tiene demasiadas cadenas.

Dorian, desde la imagen inestable del bosque norte, dejó escapar una risa nerviosa. Por primera vez no parecía tan seguro de haber controlado lo que había liberado.

—Ariadne, teníamos un acuerdo.

Kael giró lentamente hacia la proyección.

Ariadne sonrió.

—Los acuerdos son herramientas para quienes no pueden tomar lo que desean.

Dorian palideció.

—Yo te liberé.

—No. Abriste una grieta creyendo que podías dirigir la tormenta.

La imagen de Dorian parpadeó. Detrás de él, la tumba abierta de Elara parecía una herida en la tierra. Helena seguía de rodillas, demasiado quieta, con las manos manchadas de barro y sangre.

Alessia vio a la anciana moverse apenas.

Estaba viva.

—Helena —dijo.

Kael, o Ariadne, volvió hacia ella.

—Todavía te preocupas por quienes te encerraron en mentiras. Elara te hizo demasiado compasiva.

Alessia respiró con dificultad.

—No hables de mi madre usando su voz.

Ariadne sonrió.

—No uso su voz. Uso su consecuencia.

Esa frase hizo arder el collar en el cuello de Alessia. El metal se cerró un poco más, no como asfixia, sino como recordatorio. La prisión se abre con sangre de hija. El colgante estaba caliente contra su piel, y cada latido parecía acercarla a algo que no quería despertar.

Seraphine se puso frente a ella, sin darle la espalda del todo a Kael.

—Escúchame bien. Ariadne no está completa. Parte de ella sigue en los fragmentos del cristal, parte entró en Kael y parte está intentando llegar a ti a través del collar. Si logra unir esas tres partes, nadie en este juicio podrá detenerla.

Alessia tragó saliva.

—¿Cómo la saco de él?

Seraphine no respondió.

Alessia la agarró del brazo.

—No me mires así. No me des otra cara de funeral. Dime cómo lo saco.

Seraphine sostuvo su mirada, y por primera vez la Alfa roja pareció casi humana.

—Tendrías que entrar por el vínculo.

Alessia sintió frío.

—¿Entrar dónde?

Ariadne respondió desde el cuerpo de Kael:

—En la jaula que él construyó dentro de sí mismo. Ahí es donde guarda todo lo que no puede soportar. Su culpa. Su lobo. Su deseo de morir por cualquiera que le recuerde a Elara.

Kael gruñó desde dentro. Su cuerpo se inclinó apenas, como si intentara quebrarse para expulsarla.

Ariadne cerró los ojos, disfrutando la lucha.

—Qué dolor tan abundante tiene este hombre. Podría alimentar una guerra con él.

Alessia dio otro paso.

Esta vez Seraphine no logró detenerla.

—Kael, escúchame.

Ariadne abrió los ojos negros.

—Él no puede salvarte ahora.

Alessia levantó la barbilla.

—No le estoy pidiendo que me salve.

Se llevó la mano al collar. El metal le quemó los dedos, pero no lo soltó.

—Le estoy pidiendo que resista hasta que yo lo encuentre.

Ariadne dejó de sonreír.

El círculo del juicio tembló bajo sus pies.

Seraphine se acercó a Alessia por detrás y habló muy bajo:

—Si entras y te pierdes en su culpa, Ariadne puede tomar tu cuerpo. Si te quedas demasiado tiempo, tu mente puede no regresar. Si Kael cree que eres otra ilusión, podría atacarte desde dentro.

Alessia no apartó la mirada de él.

—Entonces será mejor que me reconozca.

Kael levantó la cabeza lentamente.

Por un segundo, sus ojos negros parpadearon.

Un borde plateado apareció en el iris.

—No… vengas…

La voz fue un ruego.

Y eso casi la rompió.

Porque Kael Blackwood no rogaba.

Ariadne recuperó el control y su boca se curvó.

—Tarde.




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