Ariadne abrió los ojos bajo el primer roble.
Y el bosque dejó de respirar.
No fue una metáfora. Alessia lo sintió en la piel, en la garganta, en el temblor repentino de las hojas suspendidas sobre sus cabezas. La lluvia se detuvo en el aire durante un segundo imposible, como si cada gota hubiera olvidado caer. El amanecer apenas comenzaba a pintar de gris los bordes del cielo, pero alrededor de la tumba abierta de Elara todo seguía envuelto en una oscuridad densa, antigua, casi líquida.
La mujer que se levantó de la tierra no parecía recién nacida de una prisión.
Parecía recién recordada por el mundo.
Tenía el rostro de Alessia, pero no su fragilidad. La misma boca, sí, la misma línea de la nariz, el mismo contorno delicado de los pómulos, pero en Ariadne todo parecía más afilado, más consciente, más peligroso. Su cabello oscuro caía sobre sus hombros en ondas húmedas, salpicado de tierra y luz plateada. Su piel tenía una palidez de mármol vivo, como si la luna hubiese aprendido a imitar la carne. Vestía una túnica rasgada, hecha de un tejido claro que parecía más niebla que tela, pegada al cuerpo por el rocío y marcada con símbolos antiguos que brillaban y se apagaban sobre sus brazos.
Alessia se quedó inmóvil al otro lado de la puerta abierta entre el juicio y Ravenshill.
No podía apartar la mirada.
Era como verse a sí misma después de haber perdido toda piedad.
Kael estaba a su lado, respirando con dificultad. Todavía se notaba en él el rastro de Ariadne: el cansancio en los hombros, el temblor casi invisible en la mano derecha, la línea de sangre seca en la boca, el brillo plateado de sus ojos peleando contra una sombra que no terminaba de irse. Su traje ya no tenía nada del CEO impecable que Alessia había conocido en Blackwood Tower. La camisa estaba rota, el cuello abierto, la piel marcada por quemaduras recientes y heridas cerrándose demasiado rápido. Y aun así, incluso destruido, incluso agotado, Kael seguía ocupando el espacio con una fuerza imposible.
Pero esta vez no parecía invencible.
Parecía alguien que había vuelto de una jaula dentro de sí mismo y todavía no estaba seguro de haber salido completo.
Ariadne levantó lentamente la mirada hacia ellos.
Sonrió.
Y esa sonrisa heló la sangre de Alessia.
—Qué hermoso —dijo Ariadne, con una voz suave y profunda, como seda arrastrándose sobre una hoja—. La hija de Elara, el lobo de Elara y los restos de un Consejo que creyó poder llamarse eterno.
Kael dio un paso adelante.
Alessia notó el movimiento antes de que terminara. Vio cómo sus dedos se curvaron apenas, cómo su mandíbula se tensó, cómo el lobo dentro de él respondió a esa voz con una furia que no tenía nada de racional. Pero también vio la forma en que se obligó a detenerse y mirar de reojo hacia ella.
Esperando.
No permiso para protegerla.
Permiso para no repetir el mismo error.
Ese pequeño gesto le apretó el pecho más de lo que quería admitir.
—No ataques todavía —dijo Alessia en voz baja.
Kael inhaló despacio, como si la orden le costara menos por venir de su voluntad y más por venir de su miedo.
—No estaba atacando.
—Estabas a punto.
Él no lo negó.
—Sí.
Ariadne los observó con una curiosidad cruel.
—Interesante. Ya no te arrodillas cuando habla. Pero sí te detienes. La diferencia es pequeña, Kael Blackwood, aunque supongo que para un hombre criado entre cadenas cualquier centímetro de libertad debe sentirse como una revolución.
Kael no apartó los ojos de ella.
—Saliste del cuerpo equivocado con demasiada confianza.
Ariadne ladeó la cabeza.
—Y tú saliste de tu culpa con demasiada ayuda.
Alessia sintió el golpe de esa frase en Kael. No porque él se moviera. No porque dijera nada. Lo sintió por el vínculo: una punzada amarga, una vergüenza vieja intentando volver a encontrar su lugar. Él apretó los dientes, pero no bajó la mirada.
—No le hables a él —dijo Alessia.
Ariadne giró hacia ella.
Los ojos de ambas se encontraron.
Fue como enfrentarse a una versión de sí misma que conocía todas las respuestas y ninguna ternura. Alessia sintió que la marca en su muñeca ardía con fuerza, no como obediencia, sino como reconocimiento. Ariadne era origen. Ariadne era herida. Ariadne era una advertencia viva de lo que podía ocurrir cuando el dolor sobrevivía demasiado tiempo sin ser tocado por nada parecido a la misericordia.
—¿Todavía estás defendiéndolo? —preguntó Ariadne—. Después de sus mentiras, de sus silencios, de la tumba que te escondió, de la madre que tuviste que encontrar en pedazos. Qué triste. Elara te dejó demasiada compasión y poca memoria.
Alessia dio un paso adelante.
El suelo entre el juicio y el bosque crujió bajo sus pies.
—No confundas compasión con ceguera. Sé lo que hizo. Sé lo que ocultó. Sé que una parte de mí todavía quiere odiarlo hasta que mi nombre le duela. Pero también sé que tú entraste en su cuerpo, usaste su dolor, revolviste la muerte de mi madre como si fuera una llave, y ahora estás de pie sobre su tumba hablando de libertad con las manos llenas de manipulación.
El rostro de Ariadne no cambió.
Pero sus ojos brillaron.
—Hablas como si la libertad pudiera ser limpia.
Alessia tragó saliva.
—No. Hablo como alguien cansada de que todos ensucien la palabra para justificar lo que quieren hacer con otros.
Seraphine apareció detrás de ellos, cruzando la puerta con dificultad. La Alfa roja ya no tenía el aspecto impecable de antes. Su cabello caía desordenado sobre un hombro, su máscara dorada se había perdido en el juicio, y un corte le cruzaba la frente hasta la sien. Aun así, seguía conservando una dignidad feroz, como una reina que hubiera decidido sangrar sin inclinar la cabeza.
—Ariadne —dijo Seraphine, con la voz tensa—. Si reclamas los pactos antiguos, los linajes caerán uno por uno. No solo los Alfas. También los niños, los enfermos, los que no saben nada de lo que te hicieron.