El Contrato de la Luna

El cuerpo robado

—Me robó mi cuerpo.

La frase cayó sobre el bosque como una maldición pronunciada demasiado tarde.

Alessia sintió que el diario de su madre se le resbalaba entre los dedos, pero no cayó. Lo apretó contra su pecho con una fuerza desesperada, como si aquellas páginas fueran el último borde de un mundo que no terminaba de romperse. El amanecer seguía creciendo detrás de los árboles, pero la luz no calentaba nada. Todo alrededor de Ariadne parecía más frío, más antiguo, más lleno de una verdad que olía a tierra abierta y sangre seca.

Kael seguía de rodillas, con una sombra negra atravesándole el hombro. Su mano la sujetaba como si fuera una cuerda venenosa que intentaba llegar hasta Alessia. Tenía el rostro contraído por el dolor, los dientes apretados, la mirada plateada clavada en Ariadne con una furia tan profunda que parecía sostenerlo más que sus propios huesos.

—No la escuches —dijo Kael, con voz ronca—. Quiere quebrarte.

Ariadne sonrió sin mirarlo.

—No necesito quebrarla, lobo. Solo necesito que recuerde.

Alessia negó despacio, pero el gesto le salió débil.

—No. Mi madre no… mi madre no haría eso.

Ariadne ladeó la cabeza. Su rostro idéntico al de Alessia se llenó de una compasión cruel, de esas que no consuelan, sino que humillan.

—Tu madre era brillante. Valiente. Desesperada. Y las mujeres desesperadas hacen cosas que luego llaman sacrificio para no llamarlas pecado.

Alessia sintió que el colgante de Elara le ardía contra el pecho. El diario se abrió solo entre sus manos, pasando páginas con rapidez hasta detenerse en otra entrada. La letra de su madre temblaba sobre el papel, como si hubiera sido escrita con miedo.

“Si Alessia lee esto, significa que Ariadne ya despertó. Hija mía, perdóname. No naciste para ser su cuerpo. Naciste porque yo me negué a entregarte a ella.”

El aire se le fue.

Kael levantó la cabeza.

Cassian, que seguía entre Ariadne y Alessia, maldijo en voz baja. Seraphine cerró los ojos con dolor, como si aquella verdad confirmara una sospecha antigua.

Alessia leyó otra línea, aunque cada palabra la abría por dentro.

“La primera Octava Luna no podía volver al mundo sin un recipiente de su misma sangre. Los clanes creyeron que su linaje había desaparecido. Se equivocaban. Yo llevaba esa sangre. Y tú también.”

Ariadne avanzó otro paso.

El suelo se ennegreció bajo sus pies.

—Tu madre descubrió mi prisión y entendió que los contratos de los linajes se alimentaban de mí. Pudo liberarme. Pudo devolverme lo que me robaron. Pero entonces te sintió moverte en su vientre… y eligió quedarse con la llave.

Alessia apretó los labios para no llorar.

No quería llorar frente a Ariadne.

No quería darle esa victoria.

Pero las lágrimas subieron igual, calientes, rabiosas, traicioneras.

—Yo no soy tuya.

La sonrisa de Ariadne se apagó.

—No todavía.

Kael rugió y arrancó la sombra de su hombro con un movimiento brutal. La herida se abrió, oscura, profunda, pero él se puso de pie. La sangre le bajó por el brazo, goteando desde sus dedos hasta la tierra. Su cuerpo entero temblaba por el esfuerzo, pero cuando se colocó junto a Alessia, su presencia volvió a sentirse como una muralla.

—Vas a tener que pasar por mí.

Ariadne lo miró con desprecio.

—Siempre tan dispuesto a ser puerta, muro o tumba. ¿Nunca te cansas de vivir como obstáculo?

Kael respiró con fuerza.

—Me cansé de dejar pasar monstruos.

Ariadne levantó la mano.

La herida del hombro de Kael se abrió más. Él apretó los dientes, pero no retrocedió.

Alessia sintió el dolor a través del vínculo. Le atravesó el brazo, el pecho, la espalda. Casi cayó, pero se sostuvo. No iba a permitir que Ariadne usara el sufrimiento de Kael para dominarla.

Cerró los ojos un segundo.

Respiró.

Luego habló.

—Suéltalo.

Ariadne sonrió.

—¿Me ordenas?

—No. Te advierto.

La marca de Alessia brilló.

No como antes.

Esta vez la luz no salió en un estallido. Se concentró alrededor de su muñeca, densa, precisa, como una llama aprendiendo a convertirse en filo. Ariadne la observó con interés, pero también con algo más. Algo parecido a cautela.

Seraphine lo vio.

—Alessia… tu marca.

Kael giró apenas hacia ella.

La luz plateada estaba cambiando. Ya no formaba solo lunas. Entre los círculos aparecían líneas nuevas, símbolos antiguos que se cerraban y abrían bajo su piel como un lenguaje despertando.

Ariadne frunció el ceño.

—Eso no debería aparecer aún.

Alessia levantó la mano marcada.

—Parece que todos se equivocan mucho conmigo.

Cassian soltó una risa breve, rota, casi orgullosa, incluso con la cara cubierta de sangre.

—Eso sí está quedando claro.

Ariadne giró hacia él con furia, pero Kael se movió primero. No atacó con garras. No se lanzó como bestia. Solo dio un paso y su autoridad llenó el bosque.

—Mírame a mí.

Ariadne volvió hacia él.

Kael sostuvo su mirada.

—Quieres el cuerpo de Alessia porque el tuyo fue encerrado, destruido o perdido. Lo entiendo. No lo justifico. Pero la entiendo. Y precisamente por eso sé que no estás buscando justicia. Estás buscando repetir la misma violencia con otra víctima.

Ariadne se quedó inmóvil.

Durante un instante, su rostro idéntico al de Alessia dejó ver algo distinto: dolor. Dolor verdadero, profundo, insoportable. Pero desapareció casi de inmediato, cubierto por siglos de ira.

—Tú no sabes nada de lo que es ser usada como cimiento de un mundo entero.

Kael bajó la voz.

—No. Pero sé lo que es construir una vida sobre culpa y llamarla deber.

Ariadne apretó la mandíbula.

Alessia sintió el momento exacto en que la primera Luna perdió paciencia.

El bosque se oscureció.

Las raíces del primer roble salieron de la tierra como serpientes enormes. Cassian empujó a Seraphine hacia un lado. Kael tomó a Alessia por la cintura y la apartó justo cuando una raíz atravesó el lugar donde ella estaba.




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