El Contrato de la Luna

La luna que no huyó

Ariadne llegó a Alessia como una tormenta con rostro de mujer.

No hubo golpe al principio. No hubo garras, ni sangre, ni el choque brutal que Kael esperaba ver cuando apareció corriendo entre los árboles. Fue peor. Fue silencio. Ariadne atravesó el espacio entre ambas y colocó las manos sobre los hombros de Alessia con una suavidad aterradora, casi maternal, como si no estuviera atacándola, sino reclamando algo que siempre le había pertenecido.

Kael frenó tan fuerte que sus botas se hundieron en la tierra húmeda.

—¡Alessia!

Su voz partió el bosque. Tenía sangre en el cuello, en las manos, en la camisa rota, y el rostro desencajado por un miedo tan profundo que ya no parecía furia. Sus ojos plateados ardían como lunas heridas. Todo su cuerpo pedía lanzarse hacia ella, arrancarla de Ariadne, destruir lo que fuera necesario.

Pero Alessia no retrocedió.

Lo miró apenas por encima del hombro de Ariadne, con los ojos llenos de lágrimas y luz.

—No te acerques.

Kael se quedó inmóvil.

La orden no lo sometió.

Lo destrozó.

Porque esta vez entendió que obedecer no era perder poder. Era confiar en que ella sabía algo que él todavía no podía ver.

Ariadne sonrió junto al rostro de Alessia.

—Míralo. Tiembla como un animal al borde de la correa.

Alessia cerró los ojos.

Sintió las manos de Ariadne apretarse un poco más. Frías. No como piel viva. Frías como piedra bajo luna. La presencia de aquella mujer no intentó entrar de golpe. Se filtró. Por los hombros. Por la garganta. Por la marca. Por cada grieta abierta durante esa noche interminable.

Entonces Alessia la vio.

No frente a ella.

Dentro.

Vio una habitación blanca sin puertas. En el centro, Ariadne estaba de rodillas, más joven, con el cabello largo cayéndole sobre el rostro y las manos atadas con cadenas de plata. No era la mujer feroz del bosque. Era una muchacha rota, respirando a través de siglos, con la boca llena de gritos que nadie había escuchado.

Alessia sintió que el odio de Ariadne no era fuego.

Era frío.

Un frío acumulado durante tanto tiempo que había olvidado cómo derretirse.

—No voy a dejar que tomes mi cuerpo —susurró Alessia.

Ariadne respondió dentro y fuera de ella:

—Entonces no debiste abrir los brazos.

—Los abrí para que dejaras de golpear la puerta.

Ariadne rio, pero la risa tembló.

—Qué arrogante. Crees que puedes escucharme y seguir intacta.

Alessia sintió dolor. Un dolor inmenso, ajeno, entrando por su pecho. Traición. Encierro. Los siete Alfas mirando hacia otro lado. La daga negra. La copa. La prisión. Siglos convertidos en herramienta. Contratos sellados sobre su nombre. Mujeres entregadas. Lobos domesticados. Hijos nacidos bajo pactos que nadie les preguntó si querían heredar.

El dolor de Ariadne era un océano.

Alessia casi se ahogó.

Cayó de rodillas, pero no soltó la luna azul de Elara.

Kael dio un paso instintivo.

Cassian lo sujetó por el brazo.

—Alfa…

Kael lo miró con una ferocidad que habría hecho retroceder a cualquiera.

Cassian no lo soltó.

—Ella le pidió que no se acercara.

Kael respiró como si cada segundo le arrancara piel.

—La está destruyendo.

—Tal vez —dijo Cassian, con voz rota—. O tal vez está haciendo lo único que ninguno de nosotros sabe hacer.

Kael volvió la mirada hacia Alessia.

Su rostro cambió. La furia seguía ahí, pero debajo apareció una impotencia terrible. La de un hombre obligado a mirar sin convertir el amor, la culpa o el miedo en violencia.

Ariadne inclinó el rostro hacia Alessia.

—Sientes mi dolor. Ahora dime que no tengo derecho a cobrarlo.

Alessia temblaba.

La tierra húmeda le manchaba las rodillas. El cabello le caía sobre la cara, pegado a sus mejillas por lágrimas y rocío. Sus dedos se cerraban alrededor de la luna azul con tanta fuerza que el cristal le marcó la palma.

—Tienes derecho a que sepan lo que hicieron.

Ariadne apretó los hombros de Alessia.

—No basta.

—Tienes derecho a que los linajes caigan de sus mentiras.

—No basta.

—Tienes derecho a ser libre.

Ariadne se quedó quieta.

Por un segundo, solo por un segundo, sus manos dejaron de apretar.

Alessia levantó la mirada.

—Pero no tienes derecho a entrar en mí y llamarlo justicia.

Ariadne soltó un grito.

El bosque respondió.

Las raíces del primer roble se levantaron como serpientes negras. Kael se movió, pero Alessia alzó la mano.

La luz azul se expandió desde el cristal.

No atacó a Ariadne.

La envolvió.

Ariadne intentó apartarse, pero la luz no la sujetó como cadena. La rodeó como memoria. Y entonces, desde la tumba abierta de Elara, la voz de su madre volvió a sonar, suave y firme.

—Ariadne.

La primera Luna se quedó inmóvil.

Su rostro perdió color.

—No pronuncies mi nombre con esa voz.

Elara no apareció como figura completa. Solo como luz en el aire, como aroma a lavanda y dolor antiguo. Pero su presencia bastó para que Alessia sintiera el pecho partirse.

—No vine a encerrarte otra vez —dijo la voz de Elara—. Vine a decirte lo que nadie dijo cuando te traicionaron.

Ariadne tembló.

—No.

—Lo que hicieron contigo fue imperdonable.

El bosque entero quedó en silencio.

Ariadne abrió los labios, pero no salió sonido.

Elara continuó:

—Te usaron. Te enterraron viva en el corazón de sus leyes. Te convirtieron en piedra sagrada para no tener que recordar que eras una mujer. Y yo… yo también te fallé cuando elegí proteger a mi hija antes que liberarte.

Alessia cerró los ojos al escuchar el quiebre en la voz de su madre.

Ariadne retrocedió un paso.

—No quiero tu culpa.

—No te doy mi culpa —respondió Elara—. Te doy testimonio.

Esa palabra pareció atravesar a Ariadne más que cualquier luz.




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