El Contrato de la Luna

El devorador de lunas

La primera torre de Lunargarde tocó el cielo sobre Ravenshill.

Y todos los lobos del mundo comenzaron a aullar.

No fue un sonido lejano. No fue solo el eco del bosque. Fue algo más profundo, más antiguo, como si cada garganta marcada por sangre lunar hubiera sentido la misma mano invisible cerrándose alrededor del cuello. El aullido atravesó árboles, piedra, cielo y piel. Alessia lo sintió dentro de los huesos, en la marca de su muñeca, en el collar de su madre, en el pulso cansado de Kael junto a ella.

Kael levantó la vista hacia la fortaleza suspendida.

Su rostro estaba cubierto de sangre seca, barro y agotamiento, pero sus ojos plateados no se apartaron de las torres negras. La luz del amanecer le marcaba la mandíbula, la herida del hombro, los nudillos rotos. Parecía un hombre que había sido destruido varias veces en una misma noche y aun así seguía de pie por pura decisión.

—Lunargarde no debería poder moverse —dijo Seraphine, pálida—. Es territorio neutral. Una corte fija. Una raíz política, no una fortaleza de guerra.

Ariadne sonrió sin alegría.

—Durante siglos creyeron que sus leyes eran piedra. Nunca entendieron que estaban hechas de sangre. Y la sangre se mueve cuando alguien la llama.

Alessia apretó la luna azul entre los dedos.

—Nharok la llamó.

Ariadne miró hacia las torres.

—No. Él solo despertó lo que ustedes dejaron dormido por comodidad.

Cassian apareció junto a Kael, respirando con dificultad. Tenía la ropa rasgada, una mejilla abierta y los ojos llenos de ese terror disciplinado de los soldados que no se permiten quebrarse porque otros dependen de ellos.

—Alfa, Ravenshill está evacuando el ala norte. Pero las familias del sótano este siguen atrapadas. Las puertas responden a símbolos que no reconocemos.

Kael giró hacia él.

—¿Cuántos?

—Treinta y dos. Diez son niños.

Alessia sintió el golpe antes de que Kael hablara. Diez niños. Diez cuerpos pequeños encerrados por contratos antiguos, pagando por pecados que no entendían.

Kael miró hacia la mansión.

Luego hacia Lunargarde.

El conflicto le cruzó el rostro. Su gente estaba abajo. La amenaza estaba arriba. Alessia estaba en medio.

—Ve —dijo ella.

Él la miró.

—No voy a dejarte sola frente a eso.

—No estoy sola.

Kael miró a Ariadne.

—Eso no me tranquiliza.

Ariadne soltó una risa suave.

—Qué perceptivo.

Alessia dio un paso hacia Kael. No lo tocó, pero quedó lo suficientemente cerca para que ambos sintieran el calor del otro en medio del aire helado.

—Tu clan necesita a su Alfa. No al mártir. No al hombre que quiere pagar por todo. Al Alfa. Ve a sacarlos.

Kael sostuvo su mirada.

—¿Y tú?

Alessia tragó saliva. Miró a Lunargarde, a esa fortaleza imposible bajando lentamente desde el cielo como una sentencia de piedra negra.

—Yo voy a averiguar cómo detener que eso caiga sobre todos.

Kael cerró los ojos un instante.

Cuando los abrió, ya no intentó discutir.

—Cassian se queda contigo.

Cassian asintió sin esperar más.

—Sí, Alfa.

Ariadne levantó una ceja.

—Qué conmovedor. Reparten responsabilidades como si el mundo no estuviera a punto de partirse.

Kael la miró con una frialdad letal.

—Si la tocas mientras no estoy, cuando vuelva no quedará suficiente de ti para volver a encerrarte.

Ariadne sonrió.

—Ahí está el lobo que Elara eligió.

Kael no respondió.

Solo miró a Alessia una última vez.

Y en esa mirada hubo tanto que ella tuvo que apretar los dedos contra la luna azul para no romperse: miedo, confianza, dolor, una promesa no dicha. Luego él corrió hacia Ravenshill con Seraphine detrás.

Alessia se quedó bajo el primer roble con Cassian y Ariadne.

El bosque parecía esperar.

Cassian se colocó a un lado de Alessia, no invadiendo su espacio, pero sí marcando una línea clara entre ella y cualquier amenaza. Tenía una mano cerca del arma y la otra manchada de sangre.

—¿Cuál es el plan? —preguntó.

Alessia miró a Ariadne.

—Preguntarle a ella.

Ariadne sonrió.

—Al fin alguien empieza por lo inteligente.

—No confundas necesidad con confianza.

—No lo hago. La confianza es una palabra demasiado limpia para esta familia de lobos.

Cassian apretó la mandíbula.

—Cuidado.

Ariadne lo miró con indiferencia.

—Beta fiel. Siempre listo para morir por órdenes que otros llaman honor.

Cassian dio un paso, pero Alessia levantó la mano.

—No.

Él se detuvo, respirando fuerte.

Ariadne volvió a mirar a Alessia.

—Empiezas a entender el poder de una palabra.

—Empiezo a entender el daño de usarlas mal.

La primera Luna inclinó la cabeza, interesada.

Alessia sostuvo la luna azul frente a ella.

—¿Cómo detenemos a Nharok?

Ariadne miró el cristal como si fuera una vieja herida.

—No se detiene al devorador destruyendo su cuerpo. No tiene uno verdadero. Vive en pactos rotos, en miedo heredado, en cada juramento que alguien firma sin libertad.

—Entonces rompemos los contratos.

—No todos. Si rompes todos de golpe, los linajes se desangran. Hay pactos que sostienen vidas, territorios, niños, vínculos de protección. Nharok se escondió donde romperlo también duele.

Cassian maldijo.

—Perfecto. Un monstruo que se escondió dentro del sistema nervioso.

Ariadne lo miró.

—No eres tan tonto como pareces.

—Y usted es más insoportable de lo que las leyendas advertían.

Alessia casi habría sonreído si no estuviera tan aterrada.

La fortaleza descendió otro poco. Las torres de Lunargarde proyectaron sombras sobre el bosque. Donde la sombra tocaba la tierra, la hierba se volvía gris.

Ariadne señaló la torre central.

—El primer contrato de los siete está ahí. Si lo alcanzas, puedes nombrar la mentira original frente a todos los linajes. No basta con romperlo. Tienes que hacer que ellos lo escuchen. Nharok se alimenta de secretos obedecidos. Muere cuando la verdad deja de esconderse.




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