—Llegas tarde, Octava Luna —dijo Dorian con la voz de Nharok—. Ya empecé a cobrar.
El corazón de Lunargarde latía alrededor de Alessia como una bestia antigua.
Miles de contratos flotaban en el aire, suspendidos en una luz grisácea, moviéndose lentamente como hojas dentro de un río sin corriente. Algunos eran nuevos, escritos en papel fino, con tinta negra y sellos impecables. Otros parecían arrancados de siglos muertos: pergaminos quemados en los bordes, telas manchadas de sangre, placas de hueso, láminas de plata grabadas con nombres que ya no existían en ninguna lengua viva.
Cada contrato respiraba.
Alessia podía escucharlos.
Susurros. Súplicas. Promesas. Amenazas. Nombres repetidos por bocas que quizá ya se habían convertido en polvo.
A su lado, Cassian levantó el arma, pero no disparó. Su rostro estaba rígido, los labios apretados, la mirada clavada en Dorian. Él también lo sentía. No con la sangre de la Octava Luna, pero sí con el instinto de un lobo que sabe cuándo entra en territorio profanado.
Dorian estaba de pie junto al altar negro.
Pero ya no era realmente Dorian.
Su abrigo blanco seguía impecable, aunque manchado por sombras que se movían sobre la tela como venas oscuras. Su cabello claro caía desordenado sobre su frente. Sus ojos, antes dorados y burlones, eran ahora completamente negros. No había brillo en ellos. No había humanidad. Solo una profundidad hambrienta que parecía devorar la luz de la sala.
Su mano descansaba sobre el primer contrato de los siete.
Alessia sintió que la marca en su muñeca ardía con un dolor limpio, casi inteligente.
Ese documento era el origen.
La primera mentira escrita como ley.
—Quita la mano —dijo ella.
Dorian sonrió, pero la sonrisa no era suya. Le estiró los labios con una elegancia vacía.
—Elara tenía la misma manía de dar órdenes cuando estaba asustada.
Alessia dio un paso al frente.
—No uses el nombre de mi madre para esconderte detrás de un muerto.
La sala tembló.
Varios contratos giraron hacia ella, como si la hubieran escuchado.
Nharok ladeó la cabeza dentro del cuerpo de Dorian.
—Muertos, vivos, culpables, inocentes… todos terminan siendo tinta cuando el miedo aprende a escribir.
Cassian se movió medio paso delante de Alessia.
—Hablas mucho para alguien que se esconde dentro de cuerpos ajenos.
La mirada negra cayó sobre él.
Cassian apretó el arma con ambas manos.
Nharok sonrió.
—Cassian Vale. Beta fiel. Segundo hijo de una madre que rogó para que no fueras entregado al linaje negro. Siempre intentando ser digno de un Alfa que jamás te pidió perfección.
Cassian se quedó helado.
Alessia giró hacia él.
El rostro de Cassian no cambió demasiado, pero sus ojos sí. Un dolor breve, antiguo, le cruzó la mirada antes de desaparecer detrás de disciplina.
—No lo escuches —dijo Alessia.
Cassian tragó saliva.
—Eso intento.
Nharok rió suavemente.
—No necesitan escucharme. Yo solo leo lo que ya está escrito.
Alessia miró los contratos flotando alrededor.
Entendió con horror.
Nharok no solo sabía secretos.
Los contratos se los daban.
Cada pacto firmado con miedo, cada juramento impuesto, cada unión disfrazada de destino, cada obediencia heredada… todo estaba allí. Y él se alimentaba de eso.
—Por eso quieres cobrar —dijo ella—. No vienes a destruir los contratos. Vienes a quedarte con todo lo que contienen.
Nharok levantó la mano de Dorian del contrato y la observó, como si estuviera probando los dedos de un cuerpo que no le pertenecía.
—Qué rápida aprende la hija de Elara.
—No soy solo eso.
La sonrisa desapareció apenas.
Alessia sintió que había tocado algo.
—No —dijo Nharok—. También eres sangre de Ariadne. Voluntad de Elara. Ancla de Kael. Herida de todos. Puerta de nadie. Una contradicción caminando hacia un altar que no entiende.
Alessia apretó la luna azul en su mano.
—Entiendo lo suficiente.
Nharok apoyó los dedos sobre el primer contrato.
El altar negro se iluminó.
A lo lejos, desde algún lugar de Lunargarde, se escuchó un grito.
No dentro de la sala.
Abajo.
En el mundo.
Cassian giró.
—¿Qué fue eso?
Nharok cerró los ojos, como si saboreara algo.
—El linaje gris acaba de perder su pacto de obediencia. Sus Betas recuerdan cada orden injusta. Sus hijos recuerdan cada castigo heredado. Sus esposas recuerdan cada firma forzada. Hermoso, ¿no? La verdad liberada sin delicadeza.
Alessia sintió náuseas.
—Los estás volviendo unos contra otros.
—No. Solo quité la venda. Si se devoran, es porque tenían hambre.
—Eso no es verdad.
Nharok abrió los ojos negros.
—¿No? Entonces dime, Octava Luna, ¿qué ocurre cuando liberas a un prisionero que solo aprendió a vivir odiando al carcelero?
Alessia sintió la respuesta de Ariadne dentro de esa pregunta. Sintió también el miedo de Kael, la culpa de Helena, el silencio de Elara. Todo el mundo que estaba intentando cambiar parecía construido con dolores que, al soltarse, podían convertirse en cuchillos.
—Ocurre que alguien tiene que impedir que la libertad se convierta en otra masacre —dijo ella.
Nharok sonrió.
—Y ese alguien serás tú, por supuesto. La niña que no quería corona pero habla como si ya cargara una.
La frase le dolió porque tenía veneno y verdad.
Alessia no quería mandar.
No quería decidir por todos.
Pero cada camino la empujaba hacia una decisión más grande que su miedo.
Cassian dio un paso hacia el altar.
—Alessia, si ese contrato está alimentando esto, debemos destruirlo.
—No —dijo Nharok.
La voz no fue alta.
Pero Cassian cayó de rodillas.
El arma se le escapó de las manos.
Alessia se giró hacia él con horror.
—¡Cassian!