El Contrato de la Luna

Las siete lunas despiertas

Las siete lunas se encendieron sobre Lunargarde.

Una por una.

No aparecieron en el cielo como astros verdaderos. Eran símbolos vivos, suspendidos sobre la fortaleza y reflejados en cada contrato caído, en cada charco de sangre, en cada pupila de lobo que, en algún lugar del mundo, levantaba la cabeza al sentir que los pactos antiguos habían dejado de obedecer.

Primero ardió la luna negra de los Blackwood.

Después la roja de los Valcourt.

Luego la gris, la dorada, la azul, la blanca y la luna sin color del linaje sombra.

Cada una respondió como una herida que se abre al mismo tiempo que recuerda quién la hizo.

Alessia se quedó inmóvil en el corazón de Lunargarde, sostenida todavía por Kael. El cuerpo le pesaba como si la noche entera se hubiera acumulado en sus huesos. Tenía el rostro húmedo de lágrimas viejas y sudor frío, el cabello desordenado sobre los hombros, la ropa manchada de tierra, sangre y polvo de contratos quemados. La marca de su muñeca seguía brillando, pero ya no con la luz pura de antes. Ahora latía con destellos irregulares, como si intentara comprender demasiadas voces a la vez.

Kael la sujetaba por la cintura con cuidado.

No la apretaba.

No la reclamaba.

Solo estaba allí, firme detrás de ella, respirando con dificultad, con el pecho herido, el hombro abierto y los ojos clavados en las lunas encendidas. Su cuerpo estaba exhausto, pero su presencia seguía siendo feroz. La mano que descansaba cerca de la espalda de Alessia temblaba apenas, no por debilidad, sino por el esfuerzo brutal de no empujarla detrás de él cuando todo en su naturaleza le exigía protegerla.

Dorian seguía tendido en el suelo.

Reía y lloraba al mismo tiempo.

Era un sonido roto, miserable, que no tenía nada de la elegancia cruel con la que había entrado a Ravenshill. Sus ojos dorados estaban de vuelta, pero algo en ellos había quedado dañado. Como si Nharok, al abandonarlo, hubiera arrancado partes que no pensaba devolver.

—Los pactos antiguos están libres —repitió Dorian, con la voz quebrada—. Ustedes creen que lo vencieron… pero solo abrieron las jaulas.

Cassian lo levantó del cuello del abrigo y lo estampó contra una columna de piedra.

—Cállate.

Dorian soltó una carcajada débil, con sangre en los labios.

—¿Todavía no lo entiendes, Beta? Durante siglos los linajes no se destruyeron entre ellos porque los contratos los mantenían atados. Horrible, sí. Injusto, también. Pero útil. Ahora cada deuda, cada desafío, cada traición antigua puede reclamar sangre sin permiso del Consejo.

Seraphine caminó lentamente hacia una de las ventanas altas de Lunargarde. El fuego rojo que antes la rodeaba se había apagado casi por completo. Sus hombros estaban tensos, el cabello suelto le caía sobre la espalda y la herida de la frente le manchaba la sien. Cuando miró hacia abajo, hacia el mundo, su rostro perdió color.

—Tiene razón.

Kael giró hacia ella.

—¿Qué ves?

Seraphine no respondió de inmediato. Apoyó una mano contra el marco de piedra, como si necesitara sostenerse.

—Los territorios se están abriendo. Las fronteras pactadas ya no reconocen límites. Si un Alfa tenía una deuda de sangre con otro linaje, esa deuda puede ejecutarse. Si una familia fue obligada a callar, puede reclamar. Si un heredero fue desplazado por contrato, puede desafiar.

Cassian soltó a Dorian con brusquedad.

—Eso significa guerra.

Seraphine cerró los ojos.

—No. Significa muchas guerras al mismo tiempo.

Alessia sintió que las voces comenzaron a llegar.

No como palabras claras al principio. Eran oleadas. Miedo. Furia. Euforia. Libertad mal entendida. Dolor antiguo encontrando puertas abiertas. Lobos en distintos lugares del mundo sintiendo que, por primera vez, podían romper cadenas… y otros sintiendo que, por primera vez, podían vengarse sin castigo.

El corazón se le aceleró.

Kael lo sintió.

—Alessia.

Ella levantó una mano, intentando respirar.

—Los escucho.

Kael se puso frente a ella, lo bastante cerca para cubrirle parte del ruido sin tocarla.

—Mírame.

—No puedo apagarlos.

—No necesitas apagarlos. Solo vuelve a ti.

Alessia cerró los ojos, pero eso empeoró todo. Vio flashes: una manada gris corriendo hacia una frontera roja, una mujer arrancándose un collar de plata del cuello, un niño escondido bajo una mesa mientras adultos gritaban nombres de deudas, un Alfa dorado levantando una espada antigua, un lobo blanco llorando sobre un contrato convertido en ceniza.

Abrió los ojos con un jadeo.

—Van a matarse.

Kael la miró con una seriedad brutal.

—Sí.

La honestidad dolió, pero la sostuvo.

—¿Y qué hacemos?

Kael no respondió de inmediato. Miró las lunas encendidas. Luego los contratos caídos. Luego a Cassian, Seraphine, Dorian, y finalmente a Alessia.

—Primero dejamos de pensar que podemos salvar el mundo con una sola orden.

Alessia soltó una risa rota.

—Por fin algo sensato.

La boca de Kael tembló apenas, casi una sonrisa, pero desapareció rápido.

—Tenemos que contener los territorios más cercanos. Ravenshill primero. Si mi clan entra en guerra mientras la casa sigue inestable, será una masacre.

Seraphine se volvió.

—Mi linaje también responderá a la luna roja. Si no regreso pronto, los Valcourt pueden interpretar el despertar como llamado de revancha.

Cassian miró a Dorian.

—¿Y este?

Dorian sonrió débilmente.

—Este apenas puede mantenerse consciente, gracias por preguntar.

Kael lo miró con frialdad.

—Tú vienes con nosotros.

Dorian rió.

—¿Como prisionero o como advertencia?

—Como prueba viviente de que abrir puertas que no entiendes tiene consecuencias.

Dorian bajó la mirada.

Por primera vez, no respondió con burla.

Alessia notó ese gesto. La forma en que sus dedos se cerraron sobre su propia manga, cómo evitó mirar los contratos caídos, cómo su respiración se volvió inestable. Dorian no estaba arrepentido de una manera limpia. Nadie en esa historia parecía tener un arrepentimiento limpio. Pero estaba roto. Y a veces lo roto podía decir verdades que los intactos seguían negando.




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