—Veo que la Luna ya te enseñó a venir cuando te llaman.
La frase de Marek Blackwood cayó sobre el patio como una humillación cuidadosamente afilada.
Nadie se movió.
Ni los lobos reunidos bajo la luna negra. Ni los guardias heridos sobre la escalinata. Ni Helena, de rodillas a los pies de su propio hijo político, con el rostro pálido, el cabello blanco suelto y una mano apretada contra el costado. Ni Kael, que permaneció inmóvil junto a Alessia, con los ojos plateados clavados en el hombre que llevaba años esperando verlo caer.
Alessia sintió el golpe en Kael.
No en su cuerpo.
En su orgullo.
En esa parte suya criada para no mostrar grietas, para no permitir que nadie pronunciara debilidad frente a su gente. Su mandíbula se tensó apenas. Sus dedos se cerraron una vez y luego se abrieron despacio, como si estuviera obligando a su propia sangre a no responder con violencia.
Marek sonrió al notar ese esfuerzo.
Era alto, más delgado que Kael, pero no menos imponente. Tenía el cabello gris oscuro peinado hacia atrás, un rostro elegante y cruel, ojos del mismo plateado Blackwood, aunque más fríos, más vacíos, menos humanos. Vestía un abrigo negro largo, impecable incluso en medio del caos, y sostenía el bastón de Helena como si fuera un cetro robado.
—Mírate —continuó Marek—. Sangrando, dudando, llegando tarde a tu propia casa, acompañado por la causa de esta ruina. Tu padre habría sentido vergüenza.
Kael dio un paso adelante.
Alessia levantó apenas la mano.
No lo tocó.
No lo ordenó.
Solo estuvo ahí.
Kael se detuvo.
Marek lo vio.
Y rió.
—Ah. Es peor de lo que dijeron. No solo estás vinculado. Estás domesticado.
Un murmullo recorrió el patio.
Alessia sintió decenas de miradas caer sobre ella: miedo, curiosidad, rechazo, odio, esperanza. Todas pesaban. Todas querían convertirla en explicación de algo. La forastera. La causa. La Octava Luna. La mujer que había hecho temblar contratos y Alfas.
Pero esta vez no bajó la mirada.
Kael habló con una calma peligrosa:
—Suelta a Helena.
Marek bajó la vista hacia la anciana.
Helena levantó el rostro con orgullo, aunque la respiración le salía quebrada.
—No te atrevas a usarme como moneda, Marek.
Él le acarició el cabello blanco con el bastón, un gesto lento, humillante.
Kael mostró los dientes.
Marek sonrió.
—Siempre tan sentimental con las mujeres que te mienten.
Alessia sintió que Kael iba a moverse.
Esta vez fue ella quien habló.
—Si quería provocar una reacción, tendrá que esforzarse más.
Marek giró hacia ella.
Su mirada la recorrió con precisión desagradable: la ropa manchada, el rostro cansado, la marca encendida, el collar de Elara, los ojos todavía brillando con restos de poder. No la miró como Dorian, con fascinación. Ni como Kael, con miedo y respeto. Marek la miró como un problema que podía convertirse en herramienta.
—Alessia Moreau —dijo—. La niña por la que mi sobrino cambió un trono por una correa.
Kael avanzó medio paso.
Alessia habló antes que él:
—Y usted, supongo, es el hombre que esperó años escondido para llamar valentía a aparecer cuando la casa está herida.
El silencio fue perfecto.
Cassian, detrás de ellos, bajó apenas la cabeza para ocultar una expresión que casi parecía satisfacción.
Marek perdió la sonrisa un segundo.
Solo uno.
—Tienes la lengua de tu madre.
Alessia sintió el nombre de Elara como una llama en el pecho.
—Y la paciencia de alguien que ya escuchó demasiados hombres usar a mi madre para atacar a otros.
Helena cerró los ojos.
Kael miró a Alessia de reojo. Había orgullo en su rostro, pero también alerta. Sabía que Marek no era Dorian. Marek no jugaba solo con palabras. Marek quería sangre.
El desterrado golpeó el bastón contra el suelo.
La luna negra sobre Ravenshill ardió con más fuerza.
—Convoco desafío de linaje contra Kael Blackwood. Por debilidad ante vínculo externo. Por renuncia ilegítima a autoridad ancestral. Por poner a una mujer sin clan por encima de la sangre Blackwood.
Los lobos del patio comenzaron a murmurar.
Algunos dieron un paso hacia Marek.
Otros hacia Kael.
El clan se estaba partiendo delante de todos.
Cassian se colocó al lado de Kael.
—El desafío no procede. Marek fue desterrado.
Marek sonrió.
—El destierro estaba sostenido por un contrato antiguo. ¿No han oído las noticias? Los contratos cayeron.
La frase golpeó el patio.
Kael lo sabía.
Todos lo sabían.
Marek tenía derecho a reclamar.
Helena intentó ponerse de pie, pero cayó de nuevo. Alessia se movió hacia ella, pero dos lobos de Marek bloquearon el paso.
Kael habló en voz baja:
—Apártense.
Los lobos dudaron.
Marek levantó el bastón.
—No obedecen a un Alfa suspendido.
Alessia sintió el aire cambiar.
Ese era el verdadero ataque.
No Helena.
No el desafío.
La humillación pública.
Marek quería que todos vieran a Kael sin autoridad. Quería obligarlo a pelear desde el orgullo, no desde la elección. Quería devolverlo a la versión más brutal de sí mismo.
Kael dio un paso al frente.
—Acepto el desafío.
Alessia giró hacia él.
—No.
El patio entero se quedó quieto.
Kael la miró.
Ella sintió la tensión en él, ese impulso antiguo de resolver con sangre lo que la palabra ya no sostenía.
—Kael, piensa.
Marek rió.
—Qué escena tan tierna. La Luna diciéndole al lobo cuándo morder.
Kael no apartó los ojos de Alessia.
—Si no acepto, dividirá el clan ahora.
—Si aceptas, estás jugando su juego.
—Si no lo enfrento, alguien más morirá por mí.
Alessia se acercó lo suficiente para que su voz quedara entre ambos.
—Y si lo enfrentas desde la rabia, él gana aunque lo mates.