—Y todo lobo que quiera reclamarla… marchará conmigo.
La voz de Marek quedó suspendida sobre Ravenshill como una bandera de guerra.
La luna gris ardía en el cielo con un brillo cruel, más bajo que las demás, como si hubiera descendido lo suficiente para mirar de cerca el caos que acababa de provocar. Su luz caía sobre los rostros del clan Blackwood, sobre las piedras rotas del patio, sobre la sangre fresca de Kael, sobre la piel pálida de Alessia y sobre los ojos de cada lobo que, por primera vez en generaciones, sentía que las viejas leyes ya no lo sujetaban.
Nadie habló.
Ni siquiera Dorian.
Eso fue lo que hizo más terrible el silencio.
Alessia sintió que la frase de Marek seguía repitiéndose dentro de su pecho: todo lobo que quiera reclamarla. No ayudarla. No protegerla. No escucharla. Reclamarla. Como si fuera territorio. Como si el mundo entero pudiera seguir llamando destino a la misma violencia, solo porque ahora venía envuelta en libertad.
Kael estaba a su lado, inmóvil.
Demasiado inmóvil.
La sangre le bajaba por el costado, oscura contra la camisa rota. Sus hombros estaban tensos, pero su rostro no mostraba el estallido que Alessia esperaba. No rugió. No dio una orden. No juró matar a Marek frente a todos. Solo levantó la mirada hacia la luna gris con una calma tan fría que le puso la piel de gallina.
Cassian lo notó también.
—Alfa…
Kael no respondió al instante.
Sus ojos plateados reflejaban la luna enemiga.
—Está reuniendo a todos los lobos que prefieren una jaula conocida antes que una libertad incierta.
Seraphine, apoyada contra una columna del patio, presionaba una mano contra la herida de su costado. Su cabello rojo, manchado de sudor y sangre, se pegaba a su rostro. Había perdido parte de su elegancia, pero no su dureza. Miró la luna gris con amargura.
—Y serán muchos.
Alessia giró hacia ella.
—¿Por miedo a mí?
Seraphine sostuvo su mirada.
—Por miedo a decidir. Eso es más peligroso.
La respuesta fue una cuchilla limpia.
Alessia bajó la mirada hacia sus manos. Tenía los dedos manchados de tierra, sangre y restos de luz azul. Sus uñas estaban rotas. La marca de su muñeca latía con cansancio. La mujer que había entrado a Blackwood Tower buscando trabajo parecía haber pertenecido a otra vida, a otro cuerpo, a una versión de sí misma que todavía creía que una mala noche terminaba al amanecer.
Pero el amanecer había llegado.
Y trajo una guerra.
Helena, aún de rodillas, intentó levantarse. Kael se movió hacia ella, pero la anciana alzó una mano para detenerlo. Orgullosa incluso herida, se apoyó en el bastón y se puso de pie con dificultad. Su rostro estaba pálido, los labios tensos, pero sus ojos conservaban esa dureza antigua que tantas veces había confundido con crueldad.
—Marek no solo quiere a Alessia —dijo Helena—. Quiere convertirla en excusa. Si logra que los clanes crean que la Octava Luna es una amenaza que debe ser poseída antes de que destruya el mundo, tendrá un ejército antes del anochecer.
Kael apretó la mandíbula.
—Entonces no esperaremos al anochecer.
Alessia lo miró.
—¿Qué vas a hacer?
Él giró hacia ella.
La pregunta pareció atravesarlo. Porque antes habría respondido con estrategia cerrada, con órdenes ya decididas, con esa seguridad que imponía más de lo que explicaba. Esta vez, en cambio, respiró. La miró de verdad. Cansado, herido, furioso, pero presente.
—Quiero convocar a los que todavía estén dispuestos a escuchar.
—¿Dónde?
Seraphine respondió:
—En el patio neutral de Lunargarde. Si aún se mantiene en pie.
Dorian soltó una risa débil desde donde Cassian lo sostenía.
—Qué optimismo tan adorable. Lunargarde acaba de vomitar siglos de pactos rotos. Neutral es una palabra generosa.
Cassian le apretó el brazo.
—Sigue hablando y te vuelvo neutral yo.
Dorian hizo una mueca de dolor, pero no perdió la ironía.
—Extrañaba esta dinámica.
Alessia lo miró.
Había algo distinto en Dorian. Seguía siendo irritante, sí, pero su burla ya no tenía filo limpio. Era más bien una venda sucia sobre una herida demasiado profunda. Nharok lo había usado, vaciado, dejado lleno de huecos, y aun así sus ojos dorados observaban todo con una inteligencia peligrosa.
—Tú sabes quién irá con Marek —dijo Alessia.
Dorian levantó la vista.
Por un instante no respondió.
Luego sonrió apenas.
—Los heridos que quieran un culpable fácil. Los Alfas que prefieran ser temidos antes que cuestionados. Los Betas que hayan confundido obediencia con identidad. Los clanes pequeños que crean que ponerse bajo la luna gris les dará protección. Y todos los que escuchen la palabra “reclamar” y la confundan con orden natural.
Kael endureció el rostro.
—Nombres.
Dorian lo miró.
—No todos los tengo.
Kael dio un paso hacia él.
Dorian no retrocedió, aunque se notó que quería.
—Pero conozco tres que irán seguro. El linaje Haller del norte, porque su Alfa perdió dos hijos en una revuelta de contrato hace una hora. Los Varek, porque odian a los Blackwood desde antes de que tú nacieras. Y los Solheim, porque su heredera está prometida por pacto roto y preferirán guerra antes que permitirle elegir.
Seraphine cerró los ojos.
—Eso ya es suficiente para iniciar una masacre.
Kael miró a Cassian.
—Envía mensajeros. No con amenazas. Con la verdad. Que todos sepan que Marek no quiere protegerlos de la Octava Luna; quiere usar su miedo para reclamar poder gris sobre clanes fracturados.
Cassian asintió.
—¿Y si no creen?
Kael miró el patio, a los suyos, a los lobos que aún dudaban entre quedarse cerca o alejarse.
—Entonces al menos habrán escuchado antes de elegir.
Alessia sintió la importancia de esa frase.
Escuchar antes de elegir.