El bosque se abrió ante Alessia como si reconociera su paso.
No con obediencia.
Con atención.
Las ramas húmedas se inclinaban apenas cuando ella avanzaba, dejando caer gotas frías sobre su cabello y sus hombros. La luz gris de la luna enemiga se filtraba entre los árboles como humo pálido, manchando la tierra, los troncos y las piedras con un brillo de presagio. Cada paso la acercaba al puente de Veyr, y cada paso hacía que la marca en su muñeca palpitara con más fuerza.
Kael caminaba a su lado.
No delante.
A su lado.
Pero Alessia sentía el esfuerzo en cada movimiento suyo. La forma en que sus hombros se tensaban cuando una sombra crujía entre los árboles. Cómo su mano se cerraba por instinto cada vez que el viento traía olor a lobo desconocido. Cómo sus ojos recorrían el terreno antes de permitir que ella pisara una zona abierta. Kael estaba obedeciendo el acuerdo, pero no porque le resultara fácil. Lo hacía porque había elegido confiar.
Y eso pesaba más que cualquier promesa.
Dorian iba unos pasos detrás, con una mano presionada contra el costado y la otra apartando ramas con torpeza elegante. Había perdido su aire impecable. El abrigo blanco estaba rasgado, la cara demasiado pálida y los ojos dorados llenos de cansancio. Aun así, su boca seguía siendo un arma.
—Debo decir que este plan tiene un encanto suicida —murmuró—. La Luna al frente, el Alfa intentando no actuar como Alfa y yo como acompañante traumatizado. Marek jamás lo verá venir.
Kael no lo miró.
—Si sigues hablando, no llegarás a ver si funciona.
Dorian suspiró.
—Esa amenaza ya no tiene la frescura del principio.
Alessia no sonrió, pero aquella tensión absurda le dio un segundo de aire. Luego el aullido volvió a escucharse.
Femenino.
Doloroso.
Ahogado.
La heredera Solheim estaba cerca.
Alessia se detuvo.
Kael también.
No preguntó. Solo esperó.
Ella cerró los ojos. La marca ardió, y el bosque dejó de ser bosque. Sintió una cuerda de miedo tirando desde el norte: una joven de rodillas sobre piedra mojada, manos atadas con plata, una cicatriz bajo el ojo, labios partidos por haberse negado a decir algo. Alrededor de ella, lobos grises formando un círculo. Y Marek, de pie sobre un puente roto, usando la luna gris como corona.
Alessia abrió los ojos.
—Está viva.
Kael respiró apenas.
—¿Herida?
—Sí.
Dorian bajó la mirada.
—Marek no la matará hasta que todos la vean. El teatro siempre fue una debilidad Blackwood.
Kael giró hacia él.
Dorian levantó las manos.
—Incluyéndome en la crítica, por supuesto.
Avanzaron en silencio.
El sonido del río apareció primero: agua golpeando piedra, fuerte, salvaje, arrastrando ramas rotas por la tormenta. Luego vieron el puente de Veyr.
Era una estructura antigua, medio destruida, hecha de piedra gris y símbolos gastados. Cruzaba un barranco estrecho sobre un río oscuro. La mitad central estaba rota, pero varios tablones y cadenas improvisadas unían ambos extremos. Alrededor, antorchas grises ardían sin fuego verdadero, iluminando decenas de lobos reunidos.
En el centro del puente estaba la heredera Solheim.
Arrodillada.
El cabello rubio claro le caía sobre el rostro. Tenía las manos atadas al frente con una cadena de plata y sangre en la boca. La cicatriz bajo su ojo izquierdo brillaba bajo la luna gris como una marca de dolor antiguo.
Marek estaba detrás de ella.
Una mano sobre su hombro.
Como dueño.
Alessia sintió que algo dentro de ella se enfriaba.
Kael también lo vio.
Su cuerpo entero cambió.
El lobo dentro de él se levantó con una furia casi visible. Pero él no avanzó. No todavía. Miró a Alessia.
Ella sostuvo su mirada.
—A mi lado —recordó.
Kael asintió.
—A tu lado.
Salieron de entre los árboles juntos.
El murmullo de los lobos grises se extendió de inmediato.
Marek levantó la cabeza.
Su sonrisa fue lenta, satisfecha, como si hubiera estado esperando exactamente esa aparición.
—Sobrino —dijo—. Y la Luna. Qué obedientes han sido al venir.
Alessia no miró a Kael.
Miró a la joven arrodillada.
—Suéltala.
Marek rió.
—Otra mujer dándome órdenes hoy. Empieza a parecer epidemia.
La heredera levantó la cabeza con dificultad.
Sus ojos eran azul muy claro, casi transparentes. No había súplica en ellos. Había rabia contenida, orgullo herido y una humillación que Alessia reconoció demasiado bien.
—No debiste venir —dijo la joven con voz ronca.
Alessia avanzó un paso.
Los lobos grises gruñeron.
Kael avanzó con ella.
No delante.
Con ella.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Alessia.
La joven parpadeó, sorprendida por la pregunta.
—Ingrid Solheim.
Marek apretó los dedos sobre su hombro.
Ingrid hizo una mueca, pero no bajó la cabeza.
Alessia sintió que la rabia le calentaba la sangre.
—Ingrid, vine por ti. No por tu linaje. No por una alianza. No por una estrategia. Por ti.
El rostro de Ingrid se quebró apenas.
Marek soltó una risa fría.
—Qué conmovedor. Pero la heredera Solheim ya está bajo protección gris.
Ingrid escupió sangre sobre la piedra.
—No acepté nada.
Marek la miró con falsa paciencia.
—Tu padre aceptará cuando vea que sigues respirando gracias a mí.
Kael habló al fin.
Su voz fue baja, pero todos los lobos la escucharon.
—No la estás protegiendo. La estás usando.
Marek sonrió.
—Como tú usas a la Octava Luna para lavar tu culpa delante de tu clan.
Kael no se movió.
—Tal vez.
El silencio cayó.
Marek frunció el ceño.
Alessia miró a Kael.
Él continuó:
—Tal vez parte de mí quiso creer que protegerla podía reparar lo que hice mal. Tal vez sigo aprendiendo la diferencia entre cuidado y control. Pero hoy estoy aquí porque Alessia decidió venir. No porque yo la traje. No porque la puse detrás de mí. No porque la usé como bandera.