—Desde este momento, cualquier Alfa puede reclamar a la Octava Luna sin violar pacto alguno.
La luna sin color se apagó.
Y en el bosque, cientos de ojos se abrieron.
No todos eran grises. No todos eran Blackwood. No todos pertenecían a los lobos que habían seguido a Marek hasta el puente de Veyr. Había ojos dorados entre las ramas, azules detrás de las rocas, rojos bajo la niebla baja, plateados en lo alto de los árboles. El bosque entero parecía haberse llenado de respiraciones contenidas, de cuerpos agazapados, de hambre disfrazada de derecho.
Alessia sintió que el mundo se volvía más pequeño alrededor de su cuerpo.
Cada mirada era una mano.
Cada respiración era una amenaza.
Cada silencio decía lo mismo: ahora puede ser tomada.
Kael se colocó frente a ella.
Esta vez no esperó. No pidió permiso. No pensó. Fue instinto puro, brutal, antiguo. Su cuerpo cubrió el de Alessia con una rapidez que hizo crujir la piedra bajo sus botas. Los hombros anchos, la espalda ensangrentada, las garras asomando entre sus dedos, los ojos plateados ardiendo con una furia que ya no parecía de hombre.
—Nadie la toca —dijo.
No lo gritó.
No hizo falta.
La frase salió baja, oscura, cargada de una violencia tan densa que varios lobos retrocedieron entre los árboles.
Pero no todos.
Alessia vio el problema antes de que nadie lo dijera. Kael había renunciado al dominio. Había prometido no reclamarla. Y ahora el mundo viejo usaba esa renuncia como grieta. Si él la protegía como Alfa, dirían que mentía. Si no lo hacía, vendrían por ella.
Marek, aún en el suelo, con sangre en la boca y el orgullo hecho pedazos, comenzó a reír.
La risa le salió rota, húmeda, miserable.
—Ahí está… —murmuró—. La gran contradicción. El lobo que renunció a reclamarla… obligado a pelear contra todos los que sí lo harán.
Kael ni siquiera lo miró.
Su atención estaba en el bosque.
En cada sombra.
En cada amenaza.
Ingrid Solheim se levantó junto a Alessia, todavía temblando por el esfuerzo de haber roto su propia cadena. Su cabello rubio claro estaba pegado al rostro, la cicatriz bajo su ojo parecía más blanca bajo la luz sin color, y sus labios manchados de sangre formaban una línea dura.
—No pueden hacer esto —dijo Ingrid—. Ella intervino porque yo elegí no pertenecerle a Marek.
Una voz masculina respondió desde el bosque:
—Tu elección no anula la ley anterior.
Dorian, pálido junto a un árbol, soltó una risa sin humor.
—Cómo adoro cuando los cobardes citan leyes desde la sombra.
La figura velada llamada Sable no se había ido del todo. Aunque la luna sin color se había apagado, su presencia seguía al otro lado del puente, casi transparente, como una ausencia con forma humana.
Alessia la miró.
—¿Qué significa “ley anterior a los siete”?
Sable inclinó la cabeza.
Su velo no se movió con el viento.
—La ley que existía antes de los contratos. Antes del Consejo. Antes de que los linajes domesticaran sus guerras con tinta. Poder no protegido puede ser reclamado por poder mayor.
Kael gruñó.
—Ella no es poder. Es una persona.
Sable volvió el rostro hacia él.
—Esa distinción no existe en la ley antigua.
Alessia sintió que algo dentro de ella se quebraba.
No de miedo.
De cansancio.
Cansancio de escuchar reglas hechas por muertos, monstruos, Alfas, linajes, Consejos, sombras. Cansancio de ser traducida siempre a lenguaje de utilidad. Portadora. Luna. Poder. Recurso. Riesgo. Reclamación.
Dio un paso hacia un lado, saliendo apenas de detrás de Kael.
Él giró de inmediato.
—Alessia.
Su voz fue baja. Dolida.
Ella lo miró.
—No puedes cubrirme de todos.
La mandíbula de Kael se tensó.
—Puedo intentarlo.
—Y eso es lo que quieren.
Él no respondió.
Porque lo sabía.
Alessia caminó hasta quedar a su lado. No detrás. No delante.
A su lado.
La marca en su muñeca brilló con una luz plateada cansada, pero firme. El collar de Elara se calentó sobre su pecho. La luna azul, aún en su mano, palpitó como un corazón pequeño.
—Sable —dijo Alessia.
La figura sin sombra la miró.
—Ninguna ley antigua me va a convertir en premio.
Sable no reaccionó.
—No eres premio. Eres poder expuesto.
Alessia soltó una risa baja, amarga.
—Qué alivio. Casi me siento respetada.
Un murmullo incómodo recorrió el bosque.
Kael la miró de reojo.
Incluso herido, incluso rodeado, algo en su boca se tensó como si hubiera tenido que contener una reacción mínima.
Sable habló:
—Si rechazas la protección, deberás sostenerte por autoridad propia.
—Bien.
Kael giró hacia ella.
—No aceptes sin saber qué implica.
Alessia lo miró.
Había angustia en sus ojos. Una angustia feroz, casi insoportable, porque él estaba peleando contra su propio instinto para no tomar decisiones por ella.
—Entonces dime qué implica.
Sable respondió antes que Kael:
—Implica que cualquier Alfa puede desafiarte directamente. Si pierdes, quedas bajo su reclamo. Si ganas, tu autoridad será reconocida por quienes presencien la victoria.
Dorian cerró los ojos.
—Por supuesto. Nada como resolver derechos humanos con violencia ritual.
Ingrid levantó el mentón.
—Ella no es Alfa. Esa ley está hecha para que pierda.
Sable la miró.
—La ley antigua no busca equidad. Busca dominio.
Kael avanzó un paso hacia Sable.
—Entonces la ley antigua sangrará.
Alessia lo tomó del brazo.
Él se detuvo.
Ella sintió el músculo tenso bajo sus dedos. El calor de su piel. La violencia contenida. La súplica muda de que no lo obligara a mirar mientras el mundo intentaba devorarla.
—No voy a aceptar un desafío diseñado para convertirme en propiedad —dijo Alessia.