El Contrato de la Luna

La corona de las lunas rotas

—Al final, todos eligen la jaula cuando tienen miedo de perder lo que aman.

La Alessia del espejo sonrió.

Y esa sonrisa fue lo más cruel que Alessia había visto esa noche.

No era la sonrisa de Ariadne, herida por siglos. No era la de Dorian, usada para ocultar el vacío. No era la de Marek, nacida del resentimiento. Era peor porque era suya. Su misma boca. Su mismo rostro. Sus mismos ojos plateados. Pero sin temblor. Sin duda. Sin compasión visible.

En el reflejo, llevaba una corona hecha de lunas rotas. Cada fragmento brillaba con la luz de un linaje vencido. Bajo sus pies, Lunargarde estaba destruida. Los tronos partidos, los contratos convertidos en polvo, los lobos de todos los clanes arrodillados con la frente contra el suelo.

Y detrás de ella…

Kael.

Encadenado.

No como prisionero enemigo.

Como guardián obligado.

El Kael del reflejo tenía el rostro más delgado, los ojos apagados y una cicatriz plateada cruzándole el cuello. Seguía vivo. Seguía de pie. Pero no parecía libre.

Alessia sintió que el aire se le iba.

—No —susurró.

Kael se puso a su lado.

—Alessia, mírame a mí. No al reflejo.

Pero ella no pudo.

Porque el reflejo levantó una mano y acarició la cadena que sujetaba a Kael. Él no se movió. No resistió. No la miró con odio. Eso fue peor. La miraba con una devoción rota, como si hubiera entregado tanto de sí mismo que ya no recordara dónde terminaba la protección y empezaba la cárcel.

La Alessia futura inclinó la cabeza.

—¿Te asusta? Debería. A mí también me asustó al principio.

Alessia retrocedió un paso.

—No eres real.

El reflejo sonrió.

—Soy una posibilidad. Y las posibilidades son más honestas que las promesas.

Kael gruñó hacia el cielo.

—Sable, cierra esto.

Sable permanecía inmóvil, con el velo agrietado, la silueta más tenue que antes.

—No puedo. La ley anterior refleja el primer dominio de quien la invoca. Los Alfas vieron a quienes dominaron. Ella debe ver aquello que podría dominar.

Alessia sintió que la frase se le clavaba.

—Yo no quiero dominar a nadie.

La Alessia del espejo respondió:

—Eso dije yo.

El bosque entero quedó en silencio.

Incluso Marek, derrotado y de rodillas, miraba el reflejo con una mezcla de miedo y satisfacción oscura, como si aquello le devolviera parte de su argumento: todos los poderes terminan igual.

Ingrid se acercó a Alessia.

La heredera Solheim seguía pálida, pero sus ojos claros no temblaban.

—No la escuches como sentencia. Escúchala como advertencia.

Alessia la miró.

—¿Y si tiene razón?

Ingrid sostuvo su mirada.

—Entonces cambia antes de llegar ahí.

El reflejo soltó una risa suave.

—Qué simple lo hacen sonar quienes nunca han tenido que elegir entre perderlo todo o encerrar lo único que puede salvarlos.

Kael se tensó.

La Alessia futura lo miró desde arriba.

—Tú sabes que es verdad, Kael. Llegará el día en que ella tendrá que elegir entre dejarte morir libre o mantenerte vivo atado. ¿Qué crees que hará cuando te ame más de lo que te odia?

El golpe fue brutal.

No por la palabra amor.

Por la precisión del miedo.

Kael se quedó inmóvil. No miró a Alessia. Miró al reflejo con una furia helada, pero Alessia sintió su dolor a través del vínculo. No era esperanza. No era deseo. Era terror de convertirse en la razón por la que ella pudiera traicionarse a sí misma.

Alessia apretó los puños.

—Cállate.

El reflejo sonrió.

—¿Ves? Ya quieres silenciar lo que te duele.

La marca de Alessia ardió con violencia.

El cielo-espejo mostró otra imagen: Alessia sosteniendo a Kael herido, llorando, mientras una voz antigua le ofrecía salvarlo a cambio de encadenar su voluntad a la de ella. En el reflejo, Alessia aceptaba. Kael sobrevivía. Y algo entre ambos moría para siempre.

Alessia sintió náuseas.

Kael dio un paso hacia ella.

—No soy una prueba que tengas que aprobar.

Ella giró hacia él, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Y si algún día pasa?

Kael bajó la voz.

—Entonces me dejas ir.

La frase la golpeó como una caída.

—No digas eso.

—Tengo que decirlo.

—No.

Kael se acercó lo suficiente para que solo ella lo escuchara, aunque todos pudieran verlos.

—Alessia, mírame. Si algún día la única forma de salvarme es quitarme la libertad, me dejas ir. No por mí. Por ti. Porque si cruzas esa línea para salvar mi vida, Nharok habrá ganado aunque esté encerrado.

Ella negó con la cabeza, con lágrimas cayendo.

—No me pidas eso.

Kael tragó saliva.

El gesto fue pequeño, pero dolió.

—Entonces no lo prometas ahora. Solo recuerda que alguien te lo dijo antes de que el miedo hablara más fuerte.

La Alessia del espejo aplaudió lentamente.

—Qué noble. Qué inútil. Cuando llegue el momento, ella no escuchará tu filosofía. Escuchará tu respiración apagándose.

Alessia levantó la mirada hacia el reflejo.

La rabia empezó a ordenar su dolor.

—Tú no eres mi futuro.

—Soy el futuro que nace cuando amas con miedo.

—Entonces aprenderé a amar sin convertir el miedo en ley.

El reflejo inclinó la cabeza.

—¿Crees que puedes?

Alessia respiró.

Sintió a Kael a su lado. No detrás. No delante. A su lado. Sintió a Ingrid, todavía temblando pero libre. Sintió a los lobos del bosque, obligados a mirar verdades que habían evitado durante años. Sintió a Ariadne, convertida en prisión voluntaria de Nharok. Sintió a Elara, dejando puertas y cartas porque sabía que su hija necesitaría elegir incluso después de muerta.

—No lo sé —dijo Alessia.

El reflejo parpadeó.

No esperaba esa respuesta.

Alessia continuó:

—No sé si podré. No sé si seré justa siempre. No sé si no voy a equivocarme, herir, caer, tener miedo o querer controlar algo para no perderlo. Pero sí sé esto: cada vez que alguien me mostró una versión terrible de mí, intentó usarla para que obedeciera. Tú no eres distinta.




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