El Contrato de la Luna

La ley de la Octava Luna

El bosque quedó atrás.

Nadie habló durante varios minutos.

Solo se escuchaba el sonido de las botas hundiéndose sobre la tierra húmeda, el rumor del río alejándose poco a poco y las respiraciones cansadas de un grupo que llevaba demasiado tiempo sobreviviendo sin permitirse descansar.

El cielo comenzaba a aclarar, pero el amanecer ya no tenía la belleza tranquila de otras mañanas. Era un cielo herido. Las siete lunas permanecían visibles incluso con la llegada del sol, suspendidas como cicatrices luminosas sobre el mundo.

Aquello no era natural.

Jamás lo había sido.

Alessia caminaba en silencio.

El viento movía lentamente su cabello oscuro, todavía húmedo por la niebla del río. Cada paso le pesaba más que el anterior. Sentía las piernas rígidas, los hombros entumecidos y la espalda cargada por un cansancio que ya no era solamente físico.

Era otra cosa.

Era el peso de todas las decisiones que acababa de tomar.

La marca de su muñeca seguía brillando muy débilmente, como un corazón agotado que se negaba a dejar de latir.

No se dio cuenta de que estaba temblando.

Fue Kael quien lo notó.

No dijo nada.

Simplemente disminuyó el paso hasta quedar exactamente a su lado.

No delante.

No detrás.

A su lado.

Durante unos segundos ninguno habló.

Solo caminaron.

El silencio entre ambos ya no era incómodo.

Era un idioma.

Uno lleno de preguntas que ninguno estaba preparado para responder todavía.

Finalmente Kael habló sin dejar de mirar el camino.

—¿Desde cuándo estás temblando?

Alessia soltó una risa pequeña.

Cansada.

—Desde hace unas doce horas.

Él negó apenas con la cabeza.

—No.

La miró de reojo.

—Ahora.

Ella bajó la vista hacia sus propias manos.

Las puntas de sus dedos vibraban casi imperceptiblemente.

No era miedo.

No exactamente.

Era agotamiento.

Era la descarga de una tensión que llevaba demasiado tiempo acumulándose.

Respiró hondo.

—Creo que mi cuerpo acaba de darse cuenta de que sigo viva.

Kael bajó la velocidad todavía más.

No intentó abrazarla.

No intentó sostenerla.

Solo caminó un poco más cerca.

Lo suficiente para que, si ella perdía el equilibrio, no golpeara el suelo.

Alessia notó el gesto.

Y sonrió apenas.

Muy apenas.

—Sigues haciéndolo.

Kael frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

—Calcular exactamente la distancia necesaria para atraparme si me caigo.

Él desvió la mirada.

Había sido descubierto.

—No puedo evitarlo.

Ella respiró despacio.

—Ya lo sé.

Un silencio corto volvió a instalarse.

Después Alessia dijo algo que él no esperaba.

—Pero gracias por intentarlo menos.

Kael giró lentamente el rostro hacia ella.

Aquella frase lo golpeó de una manera completamente distinta.

No era un reproche.

Era un reconocimiento.

Uno enorme.

Uno que no creía merecer.

Sus labios se separaron ligeramente, pero ninguna palabra salió de inmediato.

Solo después de unos segundos respondió.

Muy despacio.

—Es mucho más difícil de lo que imaginaba.

Alessia soltó una sonrisa cansada.

—Lo sé.

Kael bajó la cabeza.

—Toda mi vida me enseñaron que proteger significaba decidir antes que los demás.

Su voz era baja.

Grave.

Más vulnerable de lo habitual.

—Que un Alfa debía anticiparse al peligro.

Que nunca podía permitir que alguien cargara con el peso si él podía soportarlo.

Se quedó callado unos segundos.

Luego continuó.

—Ahora descubro que muchas veces solo estaba robándole a otros el derecho de elegir cómo vivir.

Alessia sintió que algo le apretaba el pecho.

No respondió enseguida.

Porque aquellas palabras no eran fáciles de pronunciar para alguien como Kael.

Finalmente habló.

—No creo que fueras un monstruo.

Kael soltó una risa sin humor.

—Yo sí.

Ella negó lentamente.

—Creo que eras un hombre convencido de que el amor debía parecerse al control.

Kael dejó de caminar.

Todos delante continuaron avanzando unos metros antes de notar la ausencia.

Él permanecía inmóvil.

Mirándola.

Como si acabara de escuchar una frase que llevaba años esperando.

—¿Eso piensas de mí?

Alessia también se detuvo.

El viento movió algunas hojas secas entre ambos.

—No.

Lo corrigió.

—Eso pensaba.

Kael tragó saliva.

Ella continuó.

—Ahora creo que estás intentando aprender otra forma.

Y eso…

sonrió apenas.

—requiere mucho más valor que seguir haciendo lo mismo.

Kael sintió un nudo en la garganta.

No recordó la última vez que alguien había visto el esfuerzo detrás de sus errores.

Siempre juzgaban el resultado.

Nunca la batalla.

Nunca el cambio.

Bajó la mirada.

Y por primera vez en muchísimo tiempo sintió ganas de descansar.

No físicamente.

Descansar de tener que ser invencible.

Más adelante, Dorian observaba la escena desde lejos.

Caminaba junto a Ingrid.

Ella seguía limpiando la sangre seca de sus manos con un trozo de tela.

Sin levantar la vista preguntó:

—¿Siempre son así?

Dorian sonrió.

—Peores.

Ella arqueó una ceja.

—No parece una relación sencilla.

Él soltó una carcajada breve.

—No es una relación.

Ingrid lo miró.

Dorian continuó.

—Es una guerra donde ambos decidieron dejar de usar las mismas armas.

Ingrid volvió la vista hacia Alessia y Kael.

Los observó caminar otra vez.

Lentamente.

Sin tocarse.

Sin necesidad de hacerlo.

—Nunca había visto algo parecido.

Dorian suspiró.

—Yo tampoco.

Y eso me preocupa muchísimo.

—¿Por qué?

Él dejó escapar una sonrisa amarga.




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