El Contrato de la Luna

La cuna de los Alfas

—Podrá despertar al primer lobo.

La frase de Lyra apagó todos los sonidos del bosque.

Ni el viento se atrevió a moverse.

Alessia sintió que el cuerpo de Kael se volvía rígido a su lado. No fue una tensión cualquiera. No fue la reacción del Alfa ante una amenaza nueva. Fue algo más profundo, más antiguo, casi infantil. Como si el nombre de aquel lugar hubiese tocado una parte de él que no pertenecía al presente, sino a cuentos contados en voz baja, advertencias de sangre y pesadillas heredadas.

—La cuna de los Alfas no existe —dijo Cassian, pero su voz no sonó convencida.

Lyra seguía arrodillada en la tierra, con Dorian sujetándola por los hombros. Tenía el rostro pálido, el cabello oscuro pegado a las mejillas y los ojos dorados llenos de un terror que no parecía suyo solamente. Era miedo aprendido. Miedo transmitido. Miedo de linaje.

—Existe —susurró—. Nharok me lo mostró cuando usó nuestra sangre. No es un lugar en los mapas. Es una herida. El sitio donde el primer lobo aceptó dividir su alma para crear a los Alfas.

Dorian cerró los ojos.

—Lyra…

Ella lo miró, rota.

—No me pidas que lo suavice. Ya hemos mentido demasiado para protegernos.

Alessia sintió esas palabras como una piedra hundiéndose en su pecho. Miró a Kael, esperando una explicación, pero él seguía observando el este, donde el amanecer parecía oscurecerse en lugar de crecer.

—¿Quién es el primer lobo? —preguntó ella.

Kael tardó en responder.

Cuando lo hizo, su voz salió baja, áspera.

—Una leyenda anterior a los linajes. Antes de los Alfas, antes de los clanes, antes de los contratos, existía un solo lobo. No un hombre lobo como nosotros. Algo más antiguo. Más cercano a la luna que a la carne. Dicen que de él nacieron las primeras sangres dominantes.

Alessia tragó saliva.

—¿Y si Marek lo despierta?

Kael la miró.

En sus ojos había una gravedad que no intentó esconder.

—Entonces todos los Alfas del mundo sentirán su llamado.

Lyra completó, temblando:

—Y los que tengan miedo de perder poder lo seguirán.

Dorian soltó una risa seca, amarga, sin humor.

—Magnífico. Acabamos de impedir que una manada de lobos reclame a Alessia y ahora un tío resentido quiere despertar al padre mitológico de todos los dominantes. La noche sigue teniendo ambición narrativa.

Cassian lo miró.

—¿De verdad haces chistes ahora?

Dorian bajó la mirada hacia Lyra.

—Si no los hago, me rompo.

Nadie respondió.

Porque todos entendieron.

Alessia cerró los dedos alrededor de la luna azul. El cristal estaba tibio, como si guardara todavía la voz de Elara. Pensó en Ariadne, en Nharok, en los contratos rotos, en Marek perdiendo el respaldo de la luna gris y buscando una fuerza más antigua para reemplazar lo que no podía obtener por elección.

—Marek no quiere solo reclamarme —dijo Alessia despacio—. Quiere restaurar el dominio desde la raíz.

Kael asintió.

—Sí.

—Si despierta al primer lobo, podrá decirles a todos los Alfas asustados que la libertad fue un error.

—Y muchos querrán creerle —dijo Kael—. Porque la libertad exige responsabilidad. El dominio solo exige obediencia.

Alessia lo miró.

Esa frase, viniendo de él, pesó distinto.

Kael sostuvo su mirada un segundo.

No se defendió.

No fingió que esa verdad no también lo tocaba.

Lyra intentó ponerse de pie. Dorian la ayudó, aunque sus propias manos temblaban. Había algo extraño en verlos juntos: dos hermanos unidos por culpa, traición y un amor mal usado, intentando sostenerse sin saber todavía si podían perdonarse.

—Hay un acceso —dijo Lyra—. Marek irá por el valle de Ilvar. La entrada aparece cuando la luna gris toca piedra antigua.

Cassian frunció el ceño.

—El valle de Ilvar está a dos horas.

—Para nosotros —dijo Kael—. No para un Alfa con luna recién tomada.

Alessia sintió que el tiempo se cerraba sobre ellos.

—Entonces vamos.

Kael la miró de inmediato.

—No.

El silencio cayó.

Dorian levantó una ceja.

—Y habíamos avanzado tanto.

Kael respiró hondo, cerró los ojos un instante y los abrió de nuevo.

—Quiero decir… no sin prepararnos.

Alessia lo observó.

Él sostuvo la mirada con evidente esfuerzo.

—La cuna de los Alfas no es como Lunargarde. No responde a contratos ni a reflejos. Si existe, responderá a instinto. A jerarquía. A sangre dominante. Entrar allí contigo puede ser exactamente lo que Marek quiere.

—¿Porque soy la Octava Luna?

—Porque eres la única que puede romper lo que él intente despertar.

Alessia sintió una punzada en el pecho.

—Entonces tengo que ir.

Kael dio un paso hacia ella.

—Sí. Pero no como carnada.

La palabra quedó entre ambos.

Él la dijo con cuidado. Como si temiera que sonara a control.

Alessia respiró despacio.

—No quiero ser carnada. Quiero ser decisión.

Kael asintió.

—Entonces decidamos bien.

Ese plural la detuvo.

No decide tú y yo obedezco. No yo decido por ambos. Decidamos.

Algo en el pecho de Alessia cedió apenas.

Cassian miró alrededor.

—Necesitamos gente.

Kael negó.

—No demasiada. Si la cuna responde a dominancia, llevar un ejército puede fortalecer el llamado.

Ingrid, que había permanecido en silencio mientras escuchaba, dio un paso adelante. La heredera Solheim seguía herida, pero su postura había cambiado. Ya no parecía alguien recién liberada de una cadena. Parecía alguien que había decidido no volver a permitir que la encerraran.

—Yo voy.

Kael la miró.

—No.

Ingrid alzó una ceja.

—¿También está respirando antes de corregirse conmigo?

Alessia casi sonrió.

Kael apretó la mandíbula.

—Estás herida.

—Todos lo estamos.

—Tu linaje te necesita.

—Mi linaje necesita verme regresar sin haber cambiado de dueño.




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