El Contrato de la Luna

La sangre que Ravenshill negó

El primer hombre que salió del bosque tenía el rostro de Kael.

No era un parecido remoto ni uno de esos rasgos familiares que solo se reconocen después de observar durante demasiado tiempo. Era una semejanza tan precisa que, durante unos segundos, el patio entero pareció quedarse atrapado dentro de un reflejo imposible. La misma mandíbula recta y poderosa. Los mismos pómulos altos. La misma forma de mantener los hombros inmóviles incluso cuando todo alrededor olía a amenaza. Su cabello, negro y ligeramente húmedo por la niebla, caía sobre su frente de una manera casi idéntica a la de Kael; incluso la pequeña arruga que se formaba entre sus cejas cuando examinaba a un enemigo parecía arrancada del rostro del Alfa Blackwood. Sin embargo, sus ojos no eran plateados. Eran dorados, intensos, endurecidos por una vida de vigilancia, y en ellos no existía el cansancio culpable de Kael, sino una rabia fría que llevaba demasiado tiempo esperando una puerta abierta.

Kael no levantó la espada de inmediato. La tenía sujeta en la mano derecha, con la hoja inclinada hacia el suelo, pero sus dedos se cerraron alrededor del mango con tanta fuerza que los nudillos comenzaron a perder el color. Alessia estaba lo suficientemente cerca para percibir cómo su respiración, siempre controlada incluso en medio de las peores amenazas, se interrumpía durante una fracción de segundo. Lo miró de perfil y aquello la estremeció más que el parecido. Había visto a Kael furioso, humillado, herido, arrodillado, sometido por una fuerza ajena e incluso invadido por Ariadne; jamás lo había visto completamente desarmado por una imagen. En ese instante no parecía estar mirando a un desconocido. Parecía estar mirando una parte de su propia historia que alguien había arrancado de los archivos y mantenido viva en secreto.

—Dime quién eres —exigió finalmente.

Su voz salió firme, pero más baja de lo habitual. No contenía un rugido ni una amenaza abierta. Era la voz de un hombre que sabía que cualquier respuesta podía quebrar algo que ya no volvería a reconstruirse igual.

El desconocido inclinó apenas la cabeza. Su boca se curvó en una sonrisa seca, sin verdadera diversión, y esa expresión también recordó a Kael de una forma inquietante, aunque en él la amargura parecía haber tenido más años para asentarse.

—Esa es una pregunta cruel para hacérsela a un hombre que ha pasado toda su vida llevando tu rostro sin tener derecho a tu apellido.

Detrás de él, las sombras comenzaron a avanzar. Primero fueron cinco figuras; luego diez; después tantas que el bosque pareció desprenderse de sus propios cuerpos. Hombres y mujeres de distintas edades cruzaron la línea de los árboles con movimientos cautelosos, algunos cargando niños, otros sosteniendo a heridos entre dos personas. Había algo Blackwood en muchos de ellos: la forma de los ojos, el cabello oscuro, la altura, la tensión natural de la mandíbula. Pero no vestían colores de linaje ni llevaban insignias. Sus ropas estaban rotas, manchadas de lodo y sangre. Algunos tenían cadenas partidas en las muñecas; otros mostraban cicatrices circulares alrededor del cuello, como si durante años hubieran llevado collares que nadie debía saber que existían.

La joven que había caído frente a las escalinatas soltó un gemido débil. Ingrid seguía arrodillada junto a ella, sosteniendo al bebé contra su pecho mientras intentaba detener la hemorragia del costado con un trozo de tela. Al escucharla, el hombre de ojos dorados perdió toda la frialdad de su expresión. Giró con violencia hacia ella y avanzó, pero Kael interpuso el cuerpo antes de que pudiera subir el primer escalón.

El cambio en el rostro del desconocido fue inmediato. Sus pupilas se estrecharon, los hombros se elevaron y sus manos se curvaron hasta mostrar las primeras señales de garras.

—Apártate.

Kael no se movió.

—No sé quién eres ni por qué llegaste con cincuenta personas armadas a mi casa.

—Esa mujer es mi hermana.

El desconocido pronunció la palabra con una desesperación contenida que quebró por un instante toda la hostilidad. Su mirada saltó hacia la joven caída y volvió a Kael, llenándose de una furia casi dolorosa.

—Está muriendo sobre las escaleras de la casa que pasó generaciones fingiendo que nosotros no existíamos. Si vas a impedir que llegue hasta ella, no me importa cuánta sangre compartamos. Te atravesaré.

Alessia apoyó la mano sobre el antebrazo de Kael. Sintió el músculo endurecido bajo la tela rota y la resistencia inmediata de su cuerpo, pero no necesitó pronunciar una orden. Solo sostuvo el contacto unos segundos. Kael giró apenas el rostro hacia ella, y en sus ojos plateados encontró la advertencia silenciosa que él todavía no podía darse a sí mismo: no conviertas el miedo en ataque antes de escuchar.

Él soltó el aire lentamente y se apartó.

El hombre pasó junto a ambos sin agradecer. Subió los escalones casi corriendo y cayó de rodillas frente a la joven. El gesto brusco hizo que una de sus manos se hundiera en la sangre que cubría la piedra, pero ni siquiera la miró. Tomó el rostro de su hermana entre las palmas con una delicadeza que resultaba casi insoportable después de verlo preparado para atacar.

—Mara, abre los ojos. Ya llegaste. Escúchame, ya estás dentro de Ravenshill.

Los párpados de la joven temblaron. Cuando logró abrirlos, los iris parecieron dorados por un instante, pero una luz plateada los atravesó desde dentro, como si otra presencia intentara mirar a través de ella. Sus labios partidos se movieron con dificultad.

—Soren…

—Estoy aquí.

La voz del hombre se quebró. Bajó la frente hasta rozarla con la de ella y cerró los ojos con fuerza, como si estuviera intentando sujetarla al mundo con todo su cuerpo.

—No vuelvas a correr sola. No vuelvas a intentar salvarnos a todos tú sola, ¿me oyes? Ese fue siempre mi defecto. No tienes derecho a robármelo.

Mara intentó sonreír, pero el dolor le deformó el gesto. Su mirada se desplazó hacia el bebé en brazos de Ingrid y una angustia feroz le cruzó el rostro.




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