—Gracias por abrirme Ravenshill desde dentro.
La voz adulta que salió de la boca del bebé no pertenecía a ningún cuerpo humano. Era demasiado grave, demasiado serena, demasiado consciente del terror que acababa de sembrar. Resonó por las paredes del ala este y regresó convertida en un eco profundo, como si la piedra la reconociera y repitiera aquellas palabras después de siglos esperando escucharlas. Aren dejó de llorar de inmediato. Su pequeño pecho subía y bajaba con una lentitud imposible para un niño asustado, mientras sus ojos plateados permanecían clavados en Kael con una inteligencia que no debía existir detrás de un rostro tan inocente.
Mara soltó un grito desgarrador y se incorporó sobre la camilla, ignorando la herida abierta en su costado. La sangre atravesó las vendas recién colocadas, extendiéndose sobre la tela blanca, pero ella no pareció sentirlo. Estiró ambos brazos hacia el bebé, con los dedos temblando y el rostro deformado por una desesperación tan profunda que Soren tuvo que sujetarla por los hombros para impedir que cayera.
—No lo toques —ordenó él, aunque su propia voz se quebró al pronunciarlo—. Mara, mírame. Ese no es Aren ahora. Está usando su cuerpo.
—Es un bebé —sollozó ella, forcejeando contra las manos de su hermano—. Tiene miedo. Él siempre llora cuando siente a alguien extraño, siempre busca el olor de su madre. Su madre murió para protegerlo y yo prometí que no dejaría que nadie volviera a usarlo. ¡Suéltame, Soren! Tengo que sacarlo de ahí.
Soren apretó la mandíbula. La necesidad de obedecerla luchaba en su rostro contra el terror de perderla también. La sostuvo con más fuerza cuando Mara volvió a lanzarse hacia adelante, pero bajó la mirada porque no soportaba verla suplicar. El bebé continuó observándolos desde los brazos de la sanadora, completamente inmóvil, como si el dolor de ambos fuera una escena lejana que no merecía interrumpir.
Kael avanzó un paso. Alessia reaccionó de inmediato y le cerró los dedos alrededor de la muñeca. No lo detuvo con fuerza; solo le recordó que no estaba solo frente a aquella decisión. Él miró la pequeña mano de Aren, la marca negra sobre su pecho y el modo en que la corona atravesada por colmillos parecía latir bajo la piel. Después alzó los ojos hacia el niño.
—Sal de su cuerpo.
La voz de Kael no se elevó. Precisamente por eso resultó más amenazante. Cada músculo de su rostro estaba bajo control, pero Alessia sintió el temblor contenido en su muñeca. Él no tenía miedo de Valen. Tenía miedo de lo que tendría que hacer si aquel hombre se negaba a abandonar al niño.
Los labios de Aren se curvaron en una sonrisa que no le pertenecía.
—Sigues hablando como si esta casa respondiera a tus órdenes. Es una costumbre difícil de abandonar, ¿verdad? Te enseñaron que ser heredero significaba que toda puerta debía abrirse cuando pronunciaras una orden. Nadie te explicó que antes de ti hubo otro nombre, otra sangre y otro hijo al que le prometieron exactamente lo mismo.
Helena se apoyó contra el marco de la puerta. El color había abandonado por completo su rostro, y el aro blanco que rodeaba sus iris parpadeó con una debilidad alarmante. Kael la miró apenas un segundo, pero fue suficiente para descubrir algo en ella que encendió una nueva furia dentro de él.
Reconocimiento.
No solo conocía la voz.
La recordaba.
—Tú sabías que podía hacer esto —dijo Kael.
Helena abrió los labios, pero no encontró una respuesta inmediata. La anciana que había enfrentado guerras, Alfas y leyes antiguas sin retroceder parecía ahora incapaz de sostener la mirada del hombre al que había criado.
—Sabía que Valen podía entrar en la sangre Blackwood —admitió al fin—. Cuando éramos jóvenes, lo hacía durante los entrenamientos. Podía escuchar a través de otros descendientes, sentir lo que sentían e incluso usar su voz durante algunos segundos. Mi padre decía que era una deformidad del vínculo de manada. Después comprendimos que era algo mucho más antiguo.
Kael soltó lentamente la muñeca de Alessia y giró por completo hacia Helena. No levantó la voz, pero cada palabra salió cargada con una decepción que hizo que ella encogiera los hombros.
—¿Cuándo pensabas decírmelo? ¿Después de que usara al niño para abrir los cimientos? ¿Después de que entrara en mi cuerpo? ¿O ibas a esperar hasta que toda la casa comenzara a llamarlo heredero?
—No sabía que seguía vivo.
—Ya usaste esa respuesta.
Helena cerró los ojos. La acusación le atravesó el rostro y, por primera vez, pareció demasiado vieja para cargar con todo lo que sabía.
—Porque es la verdad, Kael. Lo vi marcharse cuando yo tenía diecisiete años. Estaba encadenado, cubierto de sangre y todavía intentaba tranquilizarme mientras se lo llevaban. Me dijo que no llorara porque volvería por mí. Meses después, mi padre me mostró un cuerpo quemado y me juró que era el suyo. Yo quise creerlo porque aceptar que seguía vivo significaba admitir que lo habíamos abandonado en un lugar peor que la muerte.
El bebé inclinó la cabeza. La sonrisa desapareció de sus labios.
—Siempre fuiste brillante para convertir la cobardía en una tragedia personal, hermanita.
Helena dejó escapar un sonido ahogado. Sus piernas cedieron, pero Cassian alcanzó a sujetarla antes de que tocara el suelo. Ella no apartó los ojos del niño. Las lágrimas comenzaron a bajar por sus mejillas sin que intentara esconderlas.
—Valen…
—No pronuncies mi nombre con ternura. Perdiste ese derecho el día en que viste cerrar la puerta de la Casa Negra y regresaste a cenar con nuestra familia.
Kael miró a Helena, después al niño, y Alessia pudo ver cómo el conflicto lo partía desde dentro. Valen estaba usando la culpa con precisión. Cada verdad contenía suficiente dolor para parecer incontestable, pero detrás de ella seguía existiendo un hombre que había secuestrado niños y estaba hablando a través de un bebé herido.