El Contrato de la Luna

La reina que no eligió

El nombre de Alessia no fue pronunciado como una llamada.

Fue pronunciado como un derecho.

La voz emergió desde las profundidades de Ravenshill, atravesó la piedra, recorrió las vigas antiguas y se instaló dentro de cada cuerpo con una autoridad tan primitiva que ninguno de los lobos presentes pudo resistirla. Los Blackwood cayeron de rodillas en los pasillos. Los hijos de la sombra doblaron la espalda mientras intentaban proteger a los niños. Cassian soltó la espada y apoyó ambas manos contra el suelo, respirando con violencia, como si una fuerza invisible intentara arrancarle la voluntad desde el pecho. Incluso Soren, que había pasado toda su vida resistiendo vínculos y órdenes, terminó inclinado sobre Aren, cubriéndolo con su cuerpo mientras sus dientes se clavaban en su propio labio para no obedecer aquella voz.

Solo Alessia permaneció de pie.

No porque fuera más fuerte.

Porque la marca de la Octava Luna se había apagado.

Su muñeca, que hasta segundos antes brillaba con una luz plateada intensa, estaba ahora completamente fría. No había calor, ni pulsación, ni respuesta de Ariadne dentro de su conciencia. Era como si alguien hubiera cerrado una puerta entre ella y todo aquello que la había sostenido desde el despertar de su poder. Alessia levantó lentamente la mano y observó las líneas pálidas de la marca, sintiendo que el miedo le subía por el estómago con una lentitud cruel.

—Alessia…

Kael pronunció su nombre desde el suelo.

No como aquella criatura.

No como una reclamación.

Como una advertencia.

Él estaba arrodillado a pocos pasos, con una mano apoyada contra la piedra y la otra cerrada sobre su pecho. El aro negro que rodeaba sus pupilas se había ensanchado hasta oscurecer casi por completo sus ojos plateados. La línea que nacía en la herida de su palma seguía subiendo por su brazo, palpitando bajo la piel al mismo ritmo que los golpes provenientes de la cámara subterránea.

Kael intentó ponerse de pie.

Sus músculos se tensaron, los hombros se elevaron y un gruñido bajo escapó de su garganta. Alcanzó a levantar una rodilla, pero la voz volvió a llenar la casa.

—Acércate.

El cuerpo de Alessia reaccionó antes que su mente.

Su pie derecho avanzó.

Solo un paso.

Pero bastó.

Kael levantó la cabeza de golpe. El terror que atravesó su rostro fue más brutal que cualquier grito.

—No lo escuches.

Alessia clavó las uñas en las palmas de las manos.

—No estoy intentando hacerlo.

—Entonces retrocede.

Ella quiso obedecerle. Intentó mover el pie hacia atrás, pero las piernas permanecieron rígidas. No era una orden que penetrara en su pensamiento. Era algo más profundo. La voz no le estaba diciendo qué debía hacer; estaba despertando un impulso que ya existía en alguna parte de su sangre.

Bajar.

Buscarlo.

Reconocerlo.

La idea le produjo náuseas.

—No puedo moverme —confesó.

Kael apretó la mandíbula. El esfuerzo por levantarse hizo que las venas de su cuello se marcaran bajo la piel.

—Mírame.

Alessia giró los ojos hacia él.

—Kael…

—No mires el suelo. No escuches la casa. Mírame a mí.

Ella sostuvo su mirada, aunque apenas podía reconocer sus ojos detrás de aquel aro oscuro. La presión que descendía sobre Ravenshill parecía aumentar con cada segundo, pero la voz de Kael permaneció firme.

—No eres su reina.

Alessia respiró con dificultad.

—No lo sé.

La respuesta lo hirió.

No porque creyera que ella deseaba aquel título, sino porque escuchó la duda real detrás de las palabras. Alessia había sido nombrada heredera, Luna, llave, amenaza y salvación por tantas personas que ya no sabía dónde terminaba la verdad y comenzaba la voluntad de quienes querían usarla.

—Sí lo sabes —insistió Kael—. Puede conocer tu nombre. Puede reconocer tu poder. Puede hacer que esta casa se arrodille. Nada de eso lo convierte en dueño de tu elección.

La piedra bajo Alessia se abrió con un crujido.

Una grieta negra apareció entre sus pies y avanzó por el pasillo hasta el salón principal. De ella emergió un aire helado que olía a tierra cerrada, hierro y algo más antiguo que la sangre. La voz pronunció su nombre otra vez.

Esta vez Alessia sintió la palabra dentro del pecho.

No escuchó solo una autoridad.

Escuchó dolor.

Una soledad tan vasta que por un instante dejó de sentir el miedo propio. Vio un bosque antes de los clanes, antes de los contratos, antes de Ravenshill. Vio cientos de lobos corriendo sin dirección, despedazándose por alimento, territorio y refugio. Vio a un hombre alzándose entre ellos, protegiéndolos de una tormenta, cargando heridos, reuniendo familias. Después vio esa protección transformarse lentamente en dominio. Las personas dejaron de preguntarle qué hacer porque él siempre tenía una respuesta. Él dejó de esperar que eligieran porque sus órdenes funcionaban más rápido. Y un día, sin que nadie pudiera identificar el momento exacto, la manada ya no caminaba junto a él.

Caminaba detrás.

Alessia jadeó y se llevó una mano al pecho.

—Lo veo.

Helena levantó el rostro desde el suelo.

—¿A quién?

—Al primer Alfa.

Kael sintió que algo se tensaba en él.

—Sal de su mente.

Alessia negó con la cabeza.

—No estoy en su mente. Él está mostrándome por qué ocurrió.

La voz profunda surgió de nuevo.

—Yo les di orden cuando solo conocían hambre. Les di refugio cuando dormían bajo la nieve. Les di leyes antes de que la palabra ley existiera. Me suplicaron que decidiera por ellos.

Alessia cerró los ojos. No quería escucharlo, pero cada frase llegaba acompañada de imágenes. Familias abrazándose dentro de una cueva protegida. Niños comiendo mientras aquel hombre vigilaba la entrada. Mujeres entregándole armas porque confiaban en que sabría defenderlas. Hombres arrodillándose voluntariamente, agradecidos de tener a alguien que cargara con decisiones imposibles.




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