El Contrato de la Luna

La mujer detrás de sus ojos

Alessia miró a Kael y no sintió nada.

No reconoció la tensión de su mandíbula ni la forma en que el dolor le endurecía la boca. No recordó las veces que aquella mirada plateada había sido refugio, amenaza, culpa y promesa. No vio al hombre que había aprendido a detenerse antes de tocarla, al Alfa que comenzaba a comprender que amar no era encerrar ni al guardián que acababa de entregar su sangre para impedir que Ravenshill volviera a tener dueño. Frente a ella solo había un descendiente Blackwood arrodillado, marcado por una autoridad robada, bloqueando el camino hacia el ser cuya voz llevaba siglos aguardando dentro de la memoria de Ariadne.

El cambio fue tan silencioso que resultó más aterrador que una transformación violenta. La espalda de Alessia se enderezó. Sus hombros dejaron de temblar. La respiración agitada se volvió pausada, profunda, casi solemne. La luz dorada de su muñeca se extendió por el antebrazo y alcanzó la base del cuello, dibujando sobre su piel símbolos antiguos que Helena reconoció demasiado tarde. Incluso su expresión cambió: la incertidumbre desapareció de sus facciones y fue sustituida por una serenidad fría, una quietud que no pertenecía a la mujer que minutos antes había confesado sentir miedo de comprender al primer Alfa.

Kael permaneció sobre una rodilla. La línea negra que ascendía por su brazo seguía quemándole la carne, pero dejó de prestarle atención en cuanto observó los ojos de Alessia. Seguían teniendo el mismo color, la misma forma, incluso la misma humedad producida por las lágrimas que aún no habían terminado de caer. Sin embargo, algo detrás de ellos había retrocedido. Era como mirar una habitación conocida después de que alguien hubiera apagado todas las luces.

—Alessia —pronunció lentamente, midiendo cada sílaba como si su voz pudiera convertirse en un puente—. Mírame otra vez.

Ella inclinó apenas la cabeza. Lo observó con una curiosidad distante, casi educada, y aquella falta de reconocimiento le hizo más daño que la línea negra devorándole el hombro.

—Te estoy mirando.

La voz era la de Alessia, pero la cadencia no. Había en ella una solemnidad antigua, una delicadeza rígida que hizo que Helena se llevara una mano a la boca.

—No —dijo Kael, obligándose a ponerse de pie—. Tú ves mi cuerpo. Quiero que me mires a mí.

Valen dejó escapar una risa baja desde lo alto de la escalera. No era burla abierta, sino satisfacción contenida. Detrás de él, los veintidós niños permanecían inmóviles, con los ojos cerrados y las coronas negras latiendo sobre sus pechos.

—Qué enternecedor. El heredero cree que el amor puede competir contra algo escrito antes de que su apellido existiera.

Kael no giró hacia él. Mantuvo toda su atención sobre Alessia, aunque cada instinto dentro de su cuerpo le exigía sujetarla, apartarla de las escaleras, encerrarla detrás de las puertas más gruesas de Ravenshill y arrancar de ella cualquier presencia que pretendiera reclamarla. El deseo de protegerla era tan feroz que casi podía saborearlo. Pero también recordaba las palabras que acababa de pronunciar: no volvería a convertir el miedo en autoridad.

Alessia dio un paso hacia la entrada subterránea.

Kael se interpuso.

Ella se detuvo, pero no porque su cuerpo reconociera el peligro. Lo hizo como una reina que encuentra un obstáculo inesperado en un camino que ya considera suyo.

—Apártate.

Kael sintió que la orden intentaba penetrar en la marca negra de su brazo. Ravenshill reaccionó bajo sus pies; la piedra se estremeció y el aro oscuro alrededor de sus pupilas se cerró con fuerza, obligándolo a contener un gruñido. Alessia no solo estaba hablando. La casa escuchaba la voz de Ariadne a través de ella y trataba de decidir qué autoridad debía obedecer.

—No —respondió Kael.

Valen sonrió.

—Ten cuidado, sobrino. Le prometiste libertad y tu primera respuesta cuando elige un camino que no te gusta es bloquearlo.

La acusación entró con la precisión de una cuchilla. Kael apretó los dientes. Durante un segundo, el miedo de estar repitiendo exactamente aquello que juró destruir debilitó su postura.

Soren lo vio y avanzó.

—No lo escuches. Esa no es Alessia eligiendo.

Ella giró hacia él. La luz dorada intensificó el brillo de sus ojos.

—Tú llevas sangre negada y aun así continúas buscando permiso en hombres que jamás quisieron nombrarte. No hables de elección cuando toda tu vida ha sido una reacción contra quienes te rechazaron.

Soren se quedó inmóvil. El golpe le cruzó el rostro con tanta claridad que hasta Valen dejó de sonreír durante un instante. Alessia —o aquello que hablaba desde ella— no había inventado una mentira. Había tomado una herida real y la había abierto delante de todos.

—No sabes nada de mí —murmuró Soren.

—Sé que odias a Kael porque su existencia demuestra que otra rama de tu sangre fue elegida mientras la tuya se pudría lejos de estas paredes. Sé que deseas salvar a los niños, pero también quieres que cada uno de ellos sobreviva lo suficiente para mirarte como el hombre que logró lo que ningún Blackwood quiso hacer. No buscas solo justicia. Buscas que alguien te devuelva el nombre que finges no necesitar.

Soren bajó la espada. Su mandíbula tembló, y por un momento pareció a punto de atacar. Mara lo llamó desde el corredor, pero él no apartó la mirada de Alessia.

—Puede ver lo que escondemos —dijo, más para sí mismo que para los demás.

Helena negó con desesperación.

—No es Alessia. Ariadne está utilizando el vínculo antiguo para leer las grietas de quienes la rodean. El primer Alfa la diseñó para encontrar toda debilidad capaz de amenazar su reino.

La mirada dorada se desplazó hacia ella.

Helena palideció.

—Y tú —dijo Alessia— sigues llamando deber a la cobardía porque admitir que elegiste a tu familia sobre tu hermano te obligaría a dejar de pensar que fuiste una víctima de las decisiones de otros.




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