El Contrato del Ceo Irresponsable

Capitulo 3

La lluvia torrencial de la noche golpeaba con furia los cristales del despacho de la firma legal Sotomayor & Asociados. En el piso veinticuatro, el ambiente olía a papel antiguo, café amargo y al cuero envejecido de los sillones. En mitad de la sala, Damián Vaughn caminaba de un extremo a otro con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, incapaz de quedarse quieto.

​Frente al gran escritorio de caoba no estaba Ernesto Sotomayor, sino su socia principal y litigante estrella en derecho de familia: la abogada Victoria Rivas. Era una mujer de cincuenta años, de cabello canoso peinado hacia atrás de forma impecable y ojos afilados que habían presenciado miles de divorcios y disputas de custodia.

​Sobre la mesa descansaban dos carpetas abiertas. En la izquierda estaba el expediente de Beatriz Morales, la tía materna de Leo: fotos de una casa de campo luminosa, certificados bancarios de un fideicomiso modesto pero estable y firmas de apoyo de varios familiares directos. En la derecha, el expediente de Damián: registros de horarios de trabajo disparatados, un departamento ultramoderno diseñado para un soltero codiciado y las renuncias formales de cinco niñeras en menos de un mes.

​—No hay margen de maniobra, Damián —dijo Victoria, cerrando la carpeta de Beatriz con un golpe seco que resonó en el despacho silencioso. Su voz era tajante, carente de la condescendencia a la que Damián estaba acostumbrado—. Si vamos a la audiencia dentro de dos semanas con este panorama, el juez Delgado firmará la orden de custodia temporal a favor de Beatriz antes de que termine la primera hora.

​Damián se detuvo en seco. Se giró hacia ella, apretando la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro se tensaron.

​—Tengo los mejores recursos económicos del país, Victoria —contestó Damián, alzando la voz con una firmeza que pretendía ocultar la grieta de desesperación en su pecho—. Puedo contratar a un equipo médico de tiempo completo, a la mejor institutriz de Europa y acondicionar toda una planta de mi casa para el niño en cuarenta y ocho horas. Beatriz solo quiere el dinero de la herencia de mi hermano.

​—Y al juez Delgado no le importa tu dinero —le interrumpió la abogada, poniéndose de pie y mirándolo directamente a los ojos—. Delgado es un hombre de setenta años, profundamente conservador, devoto y de valores tradicionales. Para él, un niño de cuatro años que acaba de perder a sus padres en un accidente trágico no necesita un equipo de contratistas ni un cheque de seis cifras. Necesita calor humano. Necesita un hogar estructurado. Necesita una madre.

​—Leo me tiene a mí —masculló Damián, aunque las palabras le supieron a ceniza en la boca al recordar el desastre de esa misma mañana en su oficina, el informe destruido con crayones y la mirada de pánico del pequeño en la guardería.

​—A ti no te tiene, Damián. Tiene a un CEO absorto en su trabajo que pasa catorce horas diarias al teléfono y que pretende suplir la ausencia emocional con niñeras pagadas por horas —sentenció Victoria sin piedad—. Los informes de los trabajadores sociales son demoledores. Te describen como un tutor incompetente, distante e incapaz de gestionar las rabieta de un menor traumatizado. Si no le presentamos al juez una figura materna formal, estable y afectuosa, perderás a Leo. Y no habrá apelación que te lo devuelva en los próximos tres años.

​El silencio volvió a instalarse en la habitación, roto únicamente por el martilleo constante de la lluvia contra la ventana. Damián pasó una mano por su rostro, sintiendo el peso aplastante de un cansancio que amenazaba con doblarle las rodillas. Pensó en Julián. Le había prometido en el hospital, minutos antes de que su hermano cerrara los ojos para siempre, que cuidaría de Leo con su propia vida. Y ahora estaba a catorce días de fallarle de la forma más humillante posible.

​—¿Qué estás sugiriendo exactamente? —preguntó Damián, con la voz perceptiblemente áspera.

​—Te estoy dando un ultimátum legal —respondió Victoria, apoyando las manos sobre el escritorio—. La única forma de equilibrar la balanza frente al juez Delgado es presentarte a esa audiencia con un frente unido. Necesitamos demostrar que Leo no vive con un ejecutivo solitario, sino en el seno de una familia consolidada. Necesitas una prometida o una esposa. Una mujer capaz de sentarse en el estrado, mirarle a los ojos al juez y convencerlo de que ama a ese niño como si fuera suyo.

​—Eso es absurdo —reprochó Damián, soltando una risa amarga—. ¿De dónde quieres que saque a una esposa en catorce días? Las mujeres con las que salgo son modelos o ejecutivas de mi entorno que no han visto a un niño en su vida y que saldrían corriendo si les pido fingir una maternidad en un juzgado.

​—Entonces búscala —dijo la abogada, guardando sus documentos en un maletín de cuero—. Tienes dos semanas. Si para el día de la citación no tienes una figura materna formal firmando la solicitud de custodia conjunta a tu lado, da por perdida la causa.

​Victoria tomó su abrigo, le dedicó una inclinación de cabeza helada y abandonó la oficina, dejando a Damián completamente solo en medio del enorme despacho.

​El magnate se acercó al ventanal. Las luces de la ciudad se desdibujaban a través de las gotas de agua que resbalaban por el vidrio. En su mente, una cascada de pensamientos caóticos empezó a filtrarse. Pensó en la tía de Leo, en el tribunal, en la frialdad de su departamento... y entonces, la imagen de la tarde irrumpió con una claridad aplastante.

​Recordó la escena en la guardería.

​Recordó a Leo acurrucado detrás de las piernas de aquella mujer. El niño, que llevaba tres semanas lanzando objetos, gritando sin control y encerrándose en un silencio impenetrable con todo el mundo, se había mostrado absolutamente dócil a su lado. Damián revivió el momento exacto en que la muchacha se agachó: la forma en que le habló con una dulzura genuina, el modo en que Leo la tomó de la mano sin dudarlo un segundo y la mirada de protección con la que ella lo resguardaba.




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