El Contrato del Ceo Irresponsable

Capitulo 5

El ascensor privado de cristal subió a una velocidad silenciosa hasta el piso cuarenta y cinco del rascacielos residencial más exclusivo de la ciudad. Sofía llevaba la pequeña mochila de tela colgada de un hombro y las manos profundamente hundidas en los bolsillos de su abrigo ligero. Sus dedos no dejaban de temblar. El metal pulido de las paredes devolvía el reflejo de una mujer exhausta, con ojeras marcadas por la angustia y la determinación desesperada de quien acaba de cruzar un punto de no retorno.

​Las puertas del ascensor se abrieron con un timbre suave, dando paso directamente al penthouse de Damián Vaughn.

​El lugar era la definición exacta de su dueño: imponente, impecable y glacial. Pisos de mármol gris reflectante, techos de doble altura con ventanales que abarcaban una vista panorámica de toda la metrópoli iluminada, y una decoración minimalista en tonos negros, blancos y acero. No había fotos familiares, ni recuerdos, ni la más mínima huella de calidez. Olía a madera de sándalo, aire acondicionado y dinero antiguo.

​Damián la esperaba de pie junto a un mueble bar de diseño, sirviéndose un trago de whisky sobre hielo. Ya no vestía la chaqueta del traje, solo la camisa blanca con las mangas arremangadas de forma precisa hasta los antebrazos y el primer botón desabrochado.

​—Puntual, señorita Morales —dijo él, sin volverse de inmediato. El sonido de los hielos chocando contra el cristal resonó en el amplio espacio—. Pensé que tardaría un poco más en asimilar la realidad.

​—No vine a hacer conversación social, señor Vaughn —respondió Sofía, manteniendo la voz lo más firme posible desde el centro de la sala. Se negaba a dar un solo paso más hacia el interior de aquel templo de hielo—. Traiga los papeles. Firmemos esto de una vez.

​Damián giró sobre sus talones. Sostuvo el vaso en una mano y observó a Sofía con una atención analítica, notando la palidez de su rostro pero también la barbilla levantada con terquedad. Dejó el trago sobre una mesa baja de cristal donde ya reposaba una elegante carpeta de cuero negro junto a una pluma estilográfica de oro.

​—Me gusta la eficiencia —comentó Damián, acercándose a la mesa y señalando el sofá de piel negra—. Tome asiento.

​—Prefiero quedarme de pie.

​Damián se encogió ligeramente de hombros, indiferente a su postura. Abrió la carpeta y la orientó hacia ella.

​—El borrador es idéntico al que le mostré esta tarde en el auto, pero he añadido las especificaciones que mis abogados consideran esenciales para garantizar que la trabajadora social y la corte no sospechen nada —explicó, apoyando una mano sobre el respaldo del sofá—. Las reglas del acuerdo son inflexibles, Sofía. Si rompe una sola, el contrato queda anulado y el dinero deberá ser devuelto de inmediato.

​Sofía dio dos pasos hacia adelante y fijó la vista en las hojas impresas.

​—Escucho —dijo.

​—Regla número uno: Convivencia bajo este techo durante exactamente seis meses —comenzó a enumerar Damián con voz pausada y calculadora—. Se mudará mañana mismo. Dormirá en la suite principal de invitados, al final del pasillo. Habitaciones separadas, cerraduras independientes. No habrá contacto físico ni intromisiones en la vida privada del otro fuera de las exigencias del caso.

​—Perfecto —asintió ella de inmediato.

​—Regla número dos: Cero involucramiento emocional entre nosotros —continuó él, clavando sus ojos oscuros en los de ella—. Esto es una alianza estrictamente comercial. No quiero escenas de celos, no quiero reclamos por mis horarios de trabajo y no quiero que intente 'reformarme' ni a mí ni a la dinámica de este hogar.

​—Le aseguro que lo último que desearía en este mundo es involucrarme con alguien como usted —repuso Sofía con una pizca de veneno en el tono.

​Damián no se inmutó y prosiguió sin alterar la voz:

​—Regla número tres, y la más importante: Ante la trabajadora social, el juzgado, la prensa y cualquier persona ajena a este espacio, somos una pareja profundamente enamorada que decidió acelerar su compromiso por el bienestar de Leo. Ante el niño, usted será la figura materna sólida que necesita. Se espera de usted una actuación impecable. Si la evaluadora nota la menor rigidez o duda en su trato hacia mí, perderemos la custodia y usted habrá fallado a su parte del trato.

​—Sé muy bien cómo cuidar de Leo y cómo protegerlo —dijo Sofía, apretando los puños—. El problema de la 'rigidez' no seré yo, señor Vaughn. Será usted, que trata a todo el mundo como si fuera un empleado de su corporación.

​Damián dejó escapar un suspiro frío, tomó la pluma de oro y estampó su firma con un trazo rápido y elegante al final de la última página. Luego, le extendió el bolígrafo a Sofía. El metal estaba tibio por el contacto con su mano.

​Sofía tomó el instrumento. Por un segundo, la mano le tembló sobre la línea punteada donde se leía: Sofía Morales — Parte Contratada. Pensó en la mirada destrozada de su padre, en el llanto de su madre y en la orden de desalojo que expiraría en dos días. Cerró los ojos, tomó aire y firmó con trazos decididos.

​Al terminar, Damián tomó un cheque de caja que ya tenía preparado en el interior de la carpeta, lo deslizó sobre la mesa de cristal y lo empujó hacia ella.

​—Cien mil dólares —dijo Damián—. La mitad para saldar la hipoteca de su familia mañana a primera hora; el resto se depositará en su cuenta privada al cumplirse los seis meses. Un chofer pasará a recogerla a las ocho de la mañana a su casa para realizar la mudanza.

​Sofía extendió la mano y tomó el cheque. La superficie de papel era delgada, pero el peso moral que representaba para ella era monumental. Sintió una mezcla amarga de alivio y humillación corriendo por sus venas. Dobló el papel con cuidado, lo guardó en el bolsillo interior de su abrigo y dio media vuelta para dirijirse hacia el ascensor.

​—Gracias —murmuró con amargura, sin mirarlo—. Nos vemos mañana, señor Vaughn.




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