El camión de mudanza dejó dos maletas sencillas y una caja de cartón en el vestíbulo principal del penthouse. Sofía pagó las deudas de la finca a primera hora de la mañana, pero el alivio financiero no disminuyó el nudo que llevaba en la garganta. Al cruzar la puerta de la residencia Vaughn, el eco de sus propios pasos sobre el mármol le recordó que acababa de mudarse a una jaula de cristal.
—¡Sofi! —gritó una voz pequeña desde el corredor.
Leo apareció corriendo con las agujetas de los tenis desatadas. El niño no dudó un segundo: se lanzó contra las piernas de Sofía y la abrazó con tanta fuerza que casi la hace perder el equilibrio. La expresión sombría del pequeño había desaparecido por completo, sustituida por una luz de júbilo genuino.
—Dami me dijo que te ibas a quedar a vivir aquí para siempre —exclamó Leo, levantando la cara con los ojos muy abiertos—. ¿Es verdad? ¿Vas a dormir en la casa?
Sofía se agachó de inmediato, envolviendo al niño en un abrazo cálido y dejando un beso en su frente. El olor a champú infantil y la inocencia de su mirada disiparon al instante la amargura en el pecho de la joven.
—Me voy a quedar un tiempo largo, Leo —respondió ella con suavidad, acariciándole el cabello—. Para cuidarte y jugar contigo.
—El contrato especifica seis meses, Leo —interrumpió la voz helada de Damián desde lo alto de la escalera de caracol.
El magnate bajaba los escalones con parsimonia, vistiendo un traje impecable color marengo. Su presencia cortó el momento de calidez como un bisturí. Observó a Sofía de arriba abajo, deteniéndose en su vestimenta sencilla —unos vaqueros gastados y un jersey beige— antes de dirigirse a su asistente, quien guardaba los equipajes.
—Instálenla en la suite del fondo. Leo, a lavarse las manos para el almuerzo. Tengo una videoconferencia en diez minutos y exijo absoluto silencio en esta planta.
La tarde transcurrió bajo una disciplina sofocante. Damián se encerró en su despacho blindado, mientras Sofía desempacaba sus pocas pertenencias en una habitación enorme, fría y decorada en tonos grises que parecía más la suite de un hotel ejecutivo que un hogar. El ambiente en el penthouse era tan denso que el aire quemaba al respirar. Cada vez que cruzaban miradas en el pasillo o en la mesa durante la cena, el choque de sus voluntades producía una tensión invisible pero aplastante. Damián se comportaba con una distancia quirúrgica, y Sofía mantenía una postura defensiva, recordándose a cada segundo que aquel hombre la había comprado con un cheque.
A las once de la noche, la residencia quedó sumida en un silencio absoluto.
Incapaz de conciliar el sueño en una cama que no era la suya y con la garganta reseca por la ansiedad, Sofía decidió bajar a la cocina. Vestía un pijama de algodón fino color crema, de pantalones holgados y una camiseta de tirantes sencillos, con el cabello suelto cayéndole en ondas desordenadas sobre los hombros.
Caminó descalza sobre el suelo frío de la cocina de diseño, un espacio de líneas rectas, acero inoxidable y una mesada gigantesca de granito negro. Se acercó al frigorífico americano, sirvió un vaso de agua helada y se apoyó contra el borde de la mesada, bebiendo a pequeños sorbos mientras contemplaba las luces de la ciudad a través del ventanal.
Un leve chasquido detrás de ella la hizo dar un brinco.
Sofía se giró bruscamente y el vaso de cristal estuvo a punto de resbalar de sus dedos.
Damián acababa de entrar en la cocina. Había dejado a un lado la armadura del traje corporativo. Llevaba únicamente un pantalón de chándal gris de corte bajo, descansando sobre sus caderas, y estaba completamente descalzo. Sin camisa, la luz tenue de los paneles del techo revelaba un torso esculpido, de hombros anchos, marcado por el ejercicio constante y una piel morena cruzada por la línea de vello que bajaba hacia su cintura.
El impacto visual fue inmediato. Sofía se quedó sin aire en los pulmones, congelada en su sitio.
Damián se detuvo a dos pasos de ella, sin esperar encontrarla despierta a esa hora. Sus ojos oscuros recorrieron el cuerpo de Sofía con una lentitud deliberada, deteniéndose en la curva de su cuello desprotegido, la clavícula marcada y la forma en que la tela fina del pijama se amoldaba a su figura. La mirada del magnate perdió de golpe toda la frialdad calculadora de la tarde, encendiéndose con una chispa peligrosa y primaria.
—Pensé que estabas durmiendo —dijo él. Su voz ya no era la del ejecutivo duro, sino un murmullo grave, rasposo y profundo que vibró en el aire nocturno.
—Tenía... tenía sed —alcanzó a articular Sofía, apretando el vaso contra su pecho como si fuera un escudo.
Damián no se retiró. En lugar de dar un paso atrás para mantener la distancia estipulada en el contrato, avanzó hacia ella. Su presencia corporal, combinada con la falta de ropa y el aroma a piel limpia y madera que emanaba, resultaba abrumadora.
—La cocina tiene controles automáticos. Podías haber pedido al servicio que te llevara agua a la habitación —murmuró Damián, dando otro paso.
—No estoy acostumbrada a tener sirvientes, señor Vaughn —repuso ella, intentando mantener la voz firme, aunque la respiración comenzó a acelerársele cuando él redujo la distancia a cero.
Damián extendió un brazo y apoyó la palma de la mano sobre la mesada de granito, justo al lado de la cadera de Sofía, acorralándola contra el mueble. Luego levantó la otra mano y la apoyó al otro lado. Sofía quedó completamente atrapada entre la piedra fría a sus espaldas y el muro de músculo y calor que representaba el pecho de Damián.
—En esta casa me llamas Damián —corrigió él, inclinando la cabeza hacia abajo.
La proximidad era feroz. Sofía podía sentir el calor abrasador que desprendía el torso desnudo del hombre a escasos milímetros de su camiseta. El roce de su respiración contra la frente de la joven le envió una descarga eléctrica directo a la espina dorsal. Intentó mirar hacia otro lado, pero la intensidad de la mirada de Damián la obligó a sostener el contacto visual.
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Editado: 04.09.2026