El Contrato del Ceo Irresponsable

Capitulo 7

El timbre del ascensor principal resonó a las ocho en punto de la mañana, interrumpiendo el frágil equilibrio de la cocina. Damián, impecable con un traje gris Oxford y revisando su tableta, apenas levantó la vista. Sofía, con un vestido sencillo color crema y el cabello recogido en un moño flojo, terminaba de servir un tazón de cereales para Leo, quien pintaba un cuaderno en la mesa auxiliar.

​No esperaban visitas. La primera inspección de la corte estaba programada para la siguiente semana.

​Cuando la puerta de roble se abrió, la figura que cruzó el umbral hizo que Damián se congelara a mitad de un movimiento. Se trataba de la licenciada Patricia Rivas, una evaluadora social conocida por su severidad inquebrantable y su absoluta falta de sentido del humor. Llevaba un abrigo oscuro, un portafolios de cuero rígido y una expresión que no auguraba nada bueno.

​—Señor Vaughn —dijo la mujer con voz neutra, avanzando tres pasos sobre el mármol sin esperar invitación—. Licenciada Rivas, del Juzgado Tercero de Familia. Como establece el protocolo de evaluaciones no anunciadas en casos de custodia bajo alegatos de inestabilidad, estoy aquí para realizar la inspección de rutina del entorno doméstico.

​El aire en la estancia se volvió de hielo. Damián dejó la tableta sobre la mesa con una calma calculada para ocultar el chispazo de adrenalina que le recorrió las venas. Sofía sintió que el corazón le daba un vuelco contra las costillas. Cruzó una mirada veloz con Damián: la prueba de fuego había llegado cinco días antes de lo previsto y sin ningún guion ensayado.

​—Licenciada Rivas. Bienvenida —reaccionó Damián, poniéndose de pie con la prestancia fluida de quien domina la escena—. Nos toma por sorpresa, pero la casa está a su entera disposición. Ella es Sofía, mi prometida.

​Sofía dio un paso al frente, obligándose a esbozar una sonrisa serena que ocultara el temblor de sus manos.

​—Mucho gusto, licenciada —dijo Sofía, extendiendo la mano—. Estábamos por desayunar con Leo. ¿Gusta una taza de café?

​La evaluadora ajustó sus gafas y escaneó a Sofía de arriba abajo. Reparó en la cercanía de la joven con el niño, en la calidez de su tono y en la forma en que Leo, al ver a la visitante, buscó de inmediato la falda de Sofía para tomar el dobladillo con la mano. Rivas anotó algo rápido en su libreta.

​—Acepto el café, gracias —respondió la trabajadora social, caminando hacia el centro de la sala—. Mi objetivo hoy es verificar si este inmueble ofrece un entorno verdaderamente familiar o si se trata de un simple alojamiento ejecutivo donde el menor es un espectador.

​Durante los siguientes cuarenta minutos, la tensión fue insoportable. Sofía sacó a relucir su instinto maternal y su soltura natural. Mientras servía el café, se desplazó por la cocina con la familiaridad de quien conoce cada rincón, sirviendo a Damián y acariciándole la espalda al pasar, un gesto ensayado sobre la marcha que hizo que los músculos del magnate se tensaran por un segundo antes de relajarse.

​Damián, por su parte, demostró una agilidad mental implacable. Abandonó su actitud distante y se sentó junto a Leo en la mesa baja, ayudándolo a colorear un dibujo y respondiendo a las preguntas de la evaluadora con un tono de voz pausado, afectuoso y centrado en la rutina doméstica.

​—Veo que han logrado integrar al niño —admitió la licenciada Rivas, tras interrogar a Leo sobre sus juegos y su dieta—. El menor se muestra apegado a la señorita Morales. Sin embargo, los informes del juzgado cuestionan la autenticidad de su compromiso como pareja. Se les acusa de haber improvisado una relación para cubrir apariencias legales.

​—Esas acusaciones provienen de personas con intereses financieros en la custodia de mi sobrino —contestó Damián sin vacilar, entrelazando sus dedos con los de Sofía sobre la mesa. La piel de ella estaba tibia, y la presión de la mano de Damián fue firme, protectora—. Sofía y yo llevamos tiempo construyendo esto. Si aceleramos la convivencia fue únicamente para darle a Leo la estabilidad que necesitaba tras la pérdida de sus padres.

​—Las palabras son fáciles de articular, señor Vaughn —repuso la trabajadora social, poniéndose de pie y ajustándose el abrigo—. Los hechos son los que dejan constancia. Para finalizar la inspección, necesito evaluar los espacios privados de la pareja. Quiero ver la habitación principal.

​Sofía sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. Un sudor frío le recorrió la nuca.

​La suite principal de Damián y la habitación de invitados donde dormía Sofía estaban en extremos opuestos del pasillo. Si la evaluadora entraba en la suite de Damián, encontraría un espacio pulcro, con una sola almohada usada, ropa exclusivamente masculina en el vestidor y ni el más mínimo rastro de presencia femenina: ni perfumes, ni cepillo de dientes, ni una sola prenda de mujer. El engaño quedaría al descubierto en diez segundos y la custodia de Leo se esfumaría para siempre.

​Damián mantuvo el rostro impasible, aunque Sofía notó cómo la vena de su cuello se marcaba ligeramente.

​—Por aquí, por favor —dijo Damián con total naturalidad, indicándole el pasillo.

​Caminaron en fila por el corredor de madera oscura. Sofía iba al lado de Damián, sintiendo que cada paso la acercaba al abismo. ¿Cómo explicarían que las cosas de Sofía estaban en la otra punta de la casa? Cuando llegaron a la puerta doble de la suite principal, Damián giró el pomo y la abrió de par en par.

​La evaluadora dio un paso al interior. La habitación era colosal, dominada por una cama king size cubierta con un edredón de seda gris. Tal como Sofía temía, las sábanas estaban perfectamente estiradas del lado derecho y desordenadas solo en el izquierdo. Sobre la mesita de noche de la derecha solo había un reloj de diseño y un vaso de agua. La habitación olía a madera de sándalo y a la loción de afeitar de Damián. Era la estampa inconfundible de un hombre que dormía completamente solo.




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