El Contrato del Ceo Irresponsable

Capitulo 8

El sonido sordo de las puertas del ascensor al cerrarse tras la marcha de la licenciada Rivas dejó el vestíbulo sumido en un silencio denso, casi doloroso. La tensión que había flotado durante más de una hora no desapareció; simplemente mutó en algo mucho más peligroso.

​Leo, ajeno a la tormenta que se gestaba a un metro de él, corrió hacia su habitación para continuar pintando sus dinosaurios. El salón principal quedó desierto, dominado únicamente por el murmullo lejano del tráfico de la ciudad y el eco de dos respiraciones agitadas.

​Sofía permanecía inmóvil en el centro del pasillo, con la espalda rígida y la mirada clavada en el suelo de mármol. Todavía sentía en la piel de la cintura la marca de la mano de Damián, y en sus labios, el ardor persistente de un beso que había borrado cualquier frontera profesional. El corazón le martilleaba contra las costillas con una violencia que la mareaba.

​Damián se ajustó el nudo de la corbata con un gesto mecánico. Se giró para dirigirse a su despacho como si nada hubiera ocurrido, como si no acabara de desarmar por completo la realidad de ambos en medio de ese dormitorio.

​—¿Eso es todo? —la voz de Sofía cortó el aire como un látigo.

​Damián se detuvo a dos pasos de la puerta doble de roble. No se volvió de inmediato.

​—La inspección ha sido un éxito, Sofía. Rivas redactará un informe favorable. Hiciste un buen trabajo —dijo él, manteniendo ese tono neutro, frío y controlado que utilizaba para cerrar transacciones multimillonarias.

​Sofía caminó hacia él con pasos rápidos hasta colocarse frente a su torso. Estaba pálida, pero sus ojos oscuros ardiendo de indignación y confusión traspasaban la fachada del magnate.

​—¡No me hables del informe! —exclamó en un susurro furioso, cuidando de no alzar la voz por Leo—. Hablo de lo que acaba de pasar ahí dentro. ¡Eso no fue un roce de apariencias! ¡No estaba en las cláusulas, Damián!

​Damián levantó ligeramente una ceja, aunque la rigidez de su mandíbula lo delataba.

​—Era una emergencia legal. La trabajadora social estaba a un segundo de redactar una nota de fraude que nos habría costado la custodia de Leo. Actué en consecuencia.

​—¡Me besaste como si me poseyeras! —le espetó ella, dando un paso más, acortando la distancia entre ambos hasta sentir el calor que emanaba del cuerpo del hombre—. Me sujetaste con una fuerza que... que no tenía nada de actuada. Me utilizaste para montar un espectáculo, pero lo llevaste a un límite que no te correspondía.

​—Te salvé la coartada —contestó Damián, bajando el tono a un murmullo áspero, aunque sin dar un solo paso atrás—. Y tú no te apartaste, Sofía. No te vi resistirte. Si mal no recuerdo, tus brazos estaban alrededor de mi cuello.

​Las palabras de Damián cayeron como una descarga de agua helada. El rubor escaló de golpe por el cuello de Sofía, encendiendo sus mejillas. La humillación de saber que él tenía razón —que por varios segundos interminables ella había respondido a ese fuego sin pensar— la lastimó más que la propia fría arrogancia del CEO.

​—Me tomó por sorpresa —se defendió ella, apretando los puños a los costados para disimular el temblor de sus manos—. No vuelva a tocarme así. En el contrato dice claramente que el contacto físico está restringido a lo estrictamente necesario en público. Estábamos en una habitación privada, cerrando una puerta. Cruzó una línea, señor Vaughn. Y si vuelve a repetirse, recojo mis cosas y me voy, no me importa el dinero ni el banco.

​Damián la miró desde su altura. Por un segundo, la frialdad de sus ojos oscuros vaciló, dejando al descubierto una chispa de intensidad oscura, primitiva y peligrosa. Sus ojos bajaron de forma involuntaria hacia los labios de la joven, aún ligeramente hinchados por la presión de su boca. Recordó el sabor dulce a café, la suavidad de su piel y la calidez desarmante de su cuerpo entregándose contra el suyo. La tentación de volver a tomarla por la cintura y demostrarle lo equivocada que estaba sobre lo que había sido actuado o no casi le hace perder el control de nuevo.

​Sin embargo, el hábito de la disciplina volvió a imponerse.

​—No se repetirá —dijo Damián con una voz tan cortante que rozó la crueldad—. Le sugiero que vuelva con Leo. Tengo reuniones de trabajo que no pueden esperar.

​Sin darle tiempo a replicar, Damián giró la manija de su despacho, entró y cerró la puerta de golpe, dejando a Sofía sola en el pasillo, temblando de rabia, impotencia y una turbadora corriente de deseo que se negaba a desaparecer.

​Al otro lado de la puerta de madera maciza, el silencio del despacho envolvió a Damián como una prisión.

​El magnate caminó a pasos pesados hacia el mueble bar de nogal. Le temblaba levemente la mano derecha —la misma con la que había sujetado la cintura de Sofía—. Se sirvió tres dedos de whisky puro, sin hielo, y se bebió el líquido de un solo trago. El alcohol le quemó la garganta, pero no logró apagar el fuego que le recorría el pecho.

​Se apoyó contra el borde del escritorio de cristal, pasando una mano franca y desesperada por su cabello, despeinándose por completo.

​Apretó los dientes. Maldita sea.

​Durante años se había jactado de ser un hombre de hielo, inquebrantable, inmune a las distracciones emocionales y capaz de calcular cada movimiento con la precisión de un reloj suizo. Había diseñado este matrimonio falso como una maniobra táctica impecable, un simple intercambio financiero para salvar a su sobrino.

​Pero la realidad acababa de estrellarse contra su lógica.

​El beso no había sido una actuación. En el momento en que sus labios tocaron los de Sofía, en el segundo en que sintió el perfume fresco de su piel y la suavidad de su cuerpo cediendo contra el suyo, la estrategia legal se borró de su mente. No había pensado en el juez, ni en la trabajadora social, ni en la custodia. Solo había querido poseerla, saborearla y no soltarla jamás.




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