El Contrato del Ceo Irresponsable

Capitulo 10

El salón de actos del Gran Hotel Imperial deslumbraba bajo las arañas de cristal que proyectaban destellos dorados sobre la crema de la sociedad corporativa.

Damián había organizado una recepción exclusiva bajo el pretexto de celebrar los logros del último trimestre de Vaughn Enterprises, aunque el verdadero propósito era uno solo: presentar de forma oficial su compromiso con Sofía antes de la audiencia definitiva.

​Sofía descendió la escalinata de mármol del salón sintiendo que cada mirada de la alta sociedad clavaba alfileres en su espalda. Lucía espectacular. Damián se había encargado personalmente de que el mejor diseñador de la ciudad la vestira para la ocasión: un vestido de noche en seda verde esmeralda, de corte sirena con un escote sutil de hombros caídos que realzaba la palidez de su piel y la elegancia de su cuello. El cabello, recogido en un peinado alto con ondas suaves, dejaba al descubierto unos pendientes de esmeraldas que brillaban a la luz.

​Al pie de la escalera la esperaba Damián. Vestía un esmoquin negro impecable que acentuaba su figura imponente. Al verla bajar, el magnate pareció perder el aliento por un segundo; la frialdad de sus ojos oscuros se disolvió en una chispa de admiración indisimulable.

​—Estás increíble —murmuró Damián con voz grave, extendiéndole la mano para ayudarla a bajar el último escalón.

​—Siento que llevo un disfraz de un millón de dólares —susurró Sofía, aceptando el toque cálido de sus dedos. El pulso se le aceleró de inmediato ante la cercanía.

​—No es el vestido, Sofía. Eres tú —respondió él, colocándole la mano sobre su cintura con una naturalidad posesiva que hizo vibrar el aire entre ambos.

​Durante las dos primeras horas, la velada fue un éxito rotundo. Damián y Sofía se movieron entre accionistas, banqueros y diplomáticos como una unidad perfecta.

Damián no se despegó de ella ni un instante, manteniéndola pegada a su costado, escuchándola con atención cuando hablaba y regalándole miradas llenas de una devoción que parecía demasiado real para ser un papel actuado. Los murmullos de los socios confirmaban que la jugada funcionaba: el implacable CEO no solo había sentado cabeza, sino que parecía profundamente cautivado por su futura esposa.

​Sin embargo, el ambiente cálido se congeló justo cuando el champán comenzaba a fluir en la mesa principal.

​Las puertas dobles del salón se abrieron y una mujer irrumpió en la recepción atrayendo las miradas de los presentes. Lucía un vestido de alta costura color rojo pasión, corte impecable y una melena rubia peinada con precisión quirúrgica. Caminaba con la arrogancia natural de quien ha nacido en la opulencia.

​Era Natalia Sterling.

​Hija de uno de los inversionistas más influyentes del país y ex prometida de Damián, con quien rompió su compromiso dos años atrás en términos de marcada frialdad corporativa. Pero lo que Sofía no sabía en ese instante era que Natalia se había aliado en secreto con Beatriz, la tía materna de Leo, unidas por el odio hacia Damián y el deseo de arruinar su reputación.

​Natalia avanzó hacia la pareja con una sonrisa filosa que no llegaba a sus ojos de color azul hielo.

​—Damián, querido —dijo Natalia con voz terciopelada, extendiendo la mano para acariciar ligeramente el brazo del magnate, ignorando por completo la presencia de Sofía.

—. Qué fiesta tan exquisita. Aunque me sorprende no haber recibido una invitación personal, considerando nuestro... extenso historial.

​Damián no le devolvió el saludo. Su rostro se convirtió en una máscara de piedra y dio un paso instintivo para interponerse entre Natalia y Sofía.

​—Esta es una reunión privada para los socios y sus familias, Natalia —respondió Damián con un tono tan cortante que heló el ambiente—. No recuerdo que tu presencia estuviera requerida.

​—Oh, mi padre me cedió sus pases —dijo ella, soltando una risita falsa antes de girarse hacia Sofía, escaneándola de arriba abajo con una mirada despectiva—. Así que esta es la famosa prometida de la que todo el mundo habla. Qué... pintoresco.

​—Se llama Sofía —sentenció Damián con voz peligrosa—. Y te sugiero que midas tu vocabulario en su presencia.

​Sofía mantuvo la compostura, sosteniendo la mirada desafiante de Natalia, aunque sintió un nudo amargo apretándole el estómago. La tensión entre Damián y su ex prometida cargaba un trasfondo oscuro que ella apenas empezaba a vislumbrar.

​—No te alteres, Damián. Solo vine a felicitar a la pareja —repuso Natalia con falsa dulzura—. Disfruten de la noche. Nos veremos muy pronto... en el tribunal.

​Con una última mirada llena de veneno hacia Sofía, Natalia se giró y se perdió entre la multitud de invitados.

​Sofía necesitó un momento para recobrar el aire. La presión social y el chispazo de hostilidad la dejaron sofocada.

​—Necesito ir al tocador un segundo —le susurró a Damián, soltándose suavemente de su agarre.

​—Te acompaño —dijo él de inmediato, tomándola de la muñeca.

​—No, estoy bien. Solo necesito refrescarme la cara —sonrió ella con amabilidad, intentando tranquilizarlo antes de alejarse hacia el pasillo lateral que conducía a las áreas privadas del hotel.

​El baño de damas del Gran Hotel era un espacio monumental de mármol blanco, espejos biselados y luces cálidas, afortunadamente desierto en ese momento. Sofía se acercó al lavabo, dejó su bolso sobre la mesada de granito y se apoyó contra el borde, respirando hondo para calmar los latidos desbocados de su corazón.

​De pronto, el taconeo firme de unos zapatos de diseñador resonó contra el piso de mármol.

​Sofía levantó la vista hacia el espejo y vio a Natalia cruzando la puerta. La rubia caminó con parsimonia, cerró el pasador de la puerta principal con un chasquido seco y se detuvo justo a espaldas de Sofía, cruzándose de brazos. La sonrisa fingida había desaparecido por completo de su rostro, reemplazada por una mueca de puro desprecio.




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