El Contrato del Ceo Irresponsable

Capitulo 11

El sonido del pasador del baño de damas al abrirse por la fuerza resonó como un disparo en el recinto de mármol.

​Damián cruzó el umbral con la ferocidad de un depredador al que le acaban de invadir el territorio. Su figura alta y ancha llenó el espacio, eclipsando las luces del tocador. Había notado la ausencia prolongada de Sofía y la maniobra de Natalia desde el salón, y la sombra de furia que oscurecía sus ojos heló el aire al instante.

​Natalia dio un paso atrás, sorprendida, pero intentó recomponer su máscara de elegancia al instante.

​—Damián, querido, este es el baño de damas, no puedes...

​—Cállate —la voz de Damián no fue un grito; fue un rugido bajo, denso y cargado de un peligro implacable que congeló las palabras en la garganta de la rubia.

​El magnate ignoró por completo a Natalia y caminó directamente hacia Sofía. Al ver la palidez de la joven y la ligera tensión en sus hombros, los puños de Damián se apretaron a los costados con tanta fuerza que los nudillos se tornaron blancos. Se colocó frente a Sofía, interponiendo su cuerpo masivo como un muro infranqueable entre ella y la intrusa.

​—¿Te tocó? —preguntó Damián en un murmullo suave, tomándole el rostro a Sofía con la mano izquierda para obligarla a mirarlo. En sus ojos oscuros ya no había frialdad corporativa; había una preocupación instintiva y feroz.

​—Estoy bien —alcanzó a susurrar Sofía, sintiendo el calor revitalizante de la mano del hombre sobre su piel fría.

​Damián giró la cabeza lentamente hacia Natalia. La mirada que le dedicó a su ex prometida fue tan despiadada que la mujer dio otro paso atrás, apretando su bolso contra el pecho.

​—Escúchame con atención, Natalia, porque no lo voy a repetir —dijo Damián, avanzando un paso hacia ella con una compostura aterradora—. Si vuelves a acercarte a Sofía, si vuelves a dirigirle la palabra o si te atreves a respirar en su misma dirección, no solo voy a retirar todos los activos de mi firma de los fondos de tu padre. Voy a encargarme personalmente de destruir cada una de las alianzas comerciales de tu familia hasta que no les quede ni el apellido.

​—¡Damián, estás loco! —chilló Natalia, con la voz temblando por la indignación y el miedo real—. ¡Es una muerta de hambre! ¡Solo te está usando por tu dinero y tú la estás defendiendo como si fuera...!

​—Es mi futura esposa —sentenció Damián, alzando la voz con una autoridad que retumbó en las paredes de mármol—. Es la mujer que amo, la madre de mi sobrino y la única reina de esta casa. Y tú no eres absolutamente nadie para pisar el suelo por el que ella camina.

​Damián no esperó respuesta. Giró sobre sus talones, tomó a Sofía de la mano, entrelazando sus dedos firmemente con los de ella en una presa posesiva e indestructible, y la guio fuera del baño.

​Al cruzar de regreso al gran salón de gala, la tensión entre los invitados era evidente. Muchos habían notado la escena previa y los murmullos corrían entre las mesas de los empresarios. Damián no intentó esquivar las miradas. Al contrario: caminó por el centro de la pista con la cabeza en alto, sujetando la mano de Sofía como si llevara al tesoro más valioso del mundo.

​Se detuvo justo en el centro del recinto, donde la prensa acreditada y los principales accionistas se reunían alrededor del estrado.

​Damián levantó la mano entrelazada con la de Sofía, obligando a toda la élite corporativa a guardar silencio.

​—Damas y caballeros —anunció Damián con una voz potente que dominó el salón entero—. Para aquellos que tengan dudas sobre el futuro de Vaughn Enterprises o sobre mi vida personal, quiero dejar algo sumamente claro. Sofía Morales no solo cuenta con mi respaldo absoluto; cuenta con mi vida.

Cualquier falta de respeto hacia ella será tomada como un ataque directo hacia mí y hacia mi empresa.

​Un murmullo de asombro recorrió la sala. Natalia, que acababa de salir del pasillo lateral, contempló la escena con la cara desencajada por la humillación.

Sofía miró a Damián de perfil, sintiendo que el corazón le daba vuelco tras otro. La fiereza con la que aquel hombre la había protegido, marcando su territorio ante los millonarios más poderosos del país, había hecho pedazos la última barrera de su resistencia.

​Diez minutos después, el chofer abría la puerta de la limusina blindada en la salida posterior del hotel, alejándolos del acoso de los fotógrafos.

​El vehículo se puso en marcha hacia la residencia, sumiéndose en la penumbra de los cristales polarizados. El silencio dentro de la cabina era sofocante, cargado de una adrenalina pura que hacía hervir la sangre de ambos. Sofía permanecía sentada en el asiento de cuero beige, intentando serenar su respiración agitada mientras contemplaba las luces de la ciudad reflejadas en la ventana.

​Damián se desabrochó el primer botón de la camisa y se quitó la pajarita con un gesto brusco, denotando el descontrol interno que aún luchaba por dominar. Las palabras de Natalia sobre el origen humilde de Sofía y la idea de que alguien pudiera menospreciarla le quemaban las entrañas con un veneno llamado celos y posesividad.

​De pronto, Damián se desplazó por el asiento.

​Se colocó directamente frente a ella, reduciendo el espacio a cero y atrapando a Sofía contra el respaldo de cuero. La sombra de su cuerpo masivo la envolvió por completo.

​—Damián... —murmuró ella, alzando la vista.

​El magnate extendió ambas manos y tomó el rostro de Sofía entre sus palmas con una firmeza apasionada. Sus ojos oscuros brillaban en la penumbra con una intensidad casi peligrosa, despojados de cualquier rastro de la frialdad con la que solía manejarse. La proximidad era tan extrema que Sofía podía sentir el pulso desbocado latir en las muñecas de él.

​—Dijo que eras una muerta de hambre... que no pertenecías a mi mundo —raspó Damián con una voz grave, baja y cargada de una posesividad feroz que hizo temblar a la joven de pies a cabeza—. No voy a permitir que nadie vuelva a mirarte por encima del hombro. ¿Me oíste, Sofía? Nadie.




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