Lo único que hay a su alrededor es oscuridad y un frio que parece penetrar hasta sus huesos. Sus manos parecen tocar algo húmedo y duro, una superficie llena de relieves, como si fuera rocas. Sus ojos no le sirven, no hay ni una pizca de luz que le permita ver qué hay a su alrededor, por lo que tiene que guiarse solo con el tacto de sus manos.
Lentamente e imaginándose distintas cosas, como si estuviera tocando una sustancia pegajosa dejada por un slime o un charco de baba de un monstruo, mientras escucha los escalofriantes sonidos del lugar, parecidos más a los gruñidos de bestias, Kyara logra encontrar un objeto ovalado y firme, que al instante reconoce como la lámpara que traía al principio, cuando entro a este lugar. Le toma un minuto averiguar dónde está el botón para encenderla, pero cuando por fin puede, una luz potente ilumina tanto el lugar que tiene que cerrar sus ojos que aún no se han acostumbrado.
La luz solo puede iluminar una zona, no obstante le es muy conveniente, ya que así se enteró que de alguna manera terminó más metida dentro de esta mazmorra. Lo único que puede ver mientras apunta con la luz de la lámpara es una habitación hecha de pura rocas, como si hubieran escarbado y picado para crearla. También nota un agujero oscuro, el único de la habitación donde proviene un susurro que pone todos los pelos de su piel parados.
—Tranquila Kyara, no es nada peligroso lo que está ahí. De seguro es el viento. —Se dice así misma poniéndose de pie, para agarrar la confianza que se le ha escapado, mintiéndose a si misma, dado que sabe a la perfección que no hay corrientes de viento.
Llenando sus pequeños pulmones con aire, Kyara logra conseguir el suficiente valor para dirigirse hacia dicha salida. Sus pasos son lentos y muy pequeños, sus pies casi no se despegan y sus piernas tiemblan por el temor a lo que se puede encontrar.
Un grito desgarrador, parecido al de una mujer sufriendo en un profundo lamento llega a penetrarla hasta el alma, provocando que por instinto Kyara retroceda y caiga de sentón al suelo, soltando la lámpara que termina un par de metros alejada de ella. Rápidamente vuelve a tomar la lámpara y con fuerza arruga su vestido en el área del pecho, tratando de silenciar los fuertes latidos de su corazón para que ninguna bestia logré escucharlos.
—Mamá. —Con un leve suspiro y una lágrima cayendo por su mejilla, suelta ese nombré. —Zephyro. —Y el nombre de su protector sale de su boca con un lamento que parece más un grito de auxilio silenciado.
De pronto, la imagen de su madre en cama, una hermosa mujer con el mismo cabello rojizo que ella llega a su mente, recordando como su madre estaba acostada en cama debilitada, su rostro pálido y su piel pegándose a sus huesos, le pidió a su única hija que buscará algo muy importante para este Reino y quizás para el mundo. Aquella petición de su madre y como se esforzó para explicarle que era y porque debía de conseguirlo antes que nadie, le están dando las fuerzas que necesita para levantarse.
Aunque sus piernas siguen temblando y chocando entre si cómo cascabeles, la fuerza que consiguió le permite continuar adelante. Con un susurró se da palabras de aliento para no retroceder y continuar, aún si no hay nadie para protegerla. —Tengo que hacerlo. No solo por la promesa que le hice a mi mamá, es por Heart Aeternus.
Al llegar a la salida de la habitación se encuentra con dos caminos exactamente iguales, solo que uno va a la derecha y otro a la izquierda. Sin embargo no le da tiempo para elegir, dado que la luz de la lámpara logra captar algo que la deja sin aliento, otra Kyara está justo a su lado. Es una copia exacta de ella, mismo cabello rojizo ondulado amarrado en media cola de caballo, mismos ojos azules e incluso misma ropa. Es como si tuviera delante a un espejo.
Ver a una copia exacta de ella hace que retroceda, aunque sus pies está vez no la hacen tropezar.
—¿Q-quien eres… tú? —Apenas pudiendo pronunciar una palabra, Kyara logra formular esa pregunta. Pero su otro yo tan solo suelta una sonrisa inquietante, una que hace latir con fuerza el corazón de la pequeña mientras en su mente solo aparece la palabra peligro.
—Yo soy tú. Aunque me molesta que haya dos yo. —Con una voz similar a la suya, tan perfecta que pareciera Kyara escucharse a si misma, su falso yo le contesta.
Su instinto le dice que tiene que huir y Kyara sin dudarlo le hace caso, sus piernas se mueven con gran agilidad y su cuerpo se vuelve tan ligero como las plumas, como si su cuerpo ya se hubiera preparado para este momento. Sin embargo, aunque sus piernas le permitieron moverse a la salida mientras se aferra a la lámpara como la única arma que tiene para defenderse, termina tropezando con algo que la tira de sentón al suelo. Al voltear se da cuenta que ese algo es otra Kyara con la misma sonrisa perturbadora.
—No deberías de correr, me molesta perseguir a mi presa. —Comenta la otra falsa Kyara.
Y para más mala suerte, otras dos Kyaras entran a la habitación. Ahora hay cuatro como ella, con esa perturbadora sonrisa que le dice que corra. Pero no hay lugar donde correr, lo único que le queda y lo que hace es arrastrar su cuerpo hacia atrás, abandonando la lámpara que está a escasos centímetros de ella, como si la oscuridad le pudiera proteger de aquellos seres.
Cuando su espalda choca contra algo duro y que humedece su vestido, sus ojos comienzan a liberar lágrimas, las cuales pasan por sus mejillas y caen hasta su vestido. Lentamente ella se hace bolita al sentir la pared, abrazando sus piernas mientras que con lamentos y susurros le pide ayuda a la única persona que confía y puede protegerla. —¡Zephyro, ayúdame!
El cuarto se ilumina por completo con una intensa luz, pequeñas chispas eléctricas comienzan a adornar las paredes rocosas como luces navideñas, mientras que un chirrido de terror se le escapa de la boca a Kyara a ver a cuatro como ella. Pero, por cuestión del destino o quizás suerte, escucha pasos acercándose, justo ahora están entrando sus salvadores, Ban y dos Jessamines.