No sé cuánto tiempo llevo en silencio, mirando al tipo que dice conocerme mejor que yo mismo. Las palabras que dejó caer antes siguen rebotando en mi cabeza como balas perdidas: semidiós. Sangre divina. No deberías estar vivo.
Siento un nudo en la garganta. Mis manos aún tiemblan. La garra —o lo que sea— está en mi bolsillo, clavándose contra mi pierna como recordándome que no fue un sueño.
—Oye… —pronuncie al fin, tragando saliva—. Ni siquiera sé tu nombre.
Él asiente, como si hubiera estado esperando esa pregunta desde siempre.
—Kheron —responde.
Parpadeo. ¿Kheron? ¿De verdad?
—¿Kheron… como Quirón? —pregunto, intentando no sonar tan ridículo como me siento—. Ya sabes, el centauro que entrenaba héroes. El de la mitología griega.
Una sonrisa lenta se dibuja en su rostro, como si mi referencia lo divirtiera.
—No soy él —niega con suavidad—. Pero elegí el nombre cuando nací, en su honor. Me parecía apropiado. Él enseñaba a héroes… y yo encuentro a los que podrían convertirse en uno.
Mis labios se resecan. Mi cerebro decide morirse un segundo, y mis piernas se encuentran en una danza poco coordinada.
—No entiendo cómo esto puede estarme pasando —las palabras se me escapan antes de pensarlas—. Siempre me sentí… fuera de lugar, sí, pero jamás creí esto. Yo cuestioné todo tu mundo por mucho tiempo. Eran solo… historias. Libros. Nada real.
Kheron entrecierra los ojos, como si mis dudas fueran tan naturales que ya las hubiera escuchado mil veces.
—Son reales —dice sin dramatismos, como quien afirma que el agua moja—. Los dioses existen. Los monstruos existen. Y tú no eres el único que los atrae. Hay muchos como tú.
Lo dice como si eso mejorara un poco la situación.
<<Claro, entre más seamos menos monstruos para cada uno>>
—¿Como yo? —repito, incrédulo.
—Semidioses —confirma—. Hijos de sangre divina. Frutos de las aventuras de los dioses con humanos. Pero…
Se interrumpe. Me observa con algo que no sé si es lástima o inquietud. Por mi bien espero que sea la segunda.
—La mayoría despierta su sangre divina a los seis años —continúa—. Todos, de hecho. Es una regla. Una inevitabilidad.
Olvídenlo, mejor si quiero la lastima.
Algo helado se extiende desde mi pecho hasta mi columna vertebral.
—¿Entonces por qué… yo no…?
Kheron se acerca un poco. No de una forma amenazante, más bien parece estar analizándome. No sé qué de mi aspecto le desagrada más, pero niega antes de continuar.
—No lo sé —admite—. No sé cómo sobreviviste tantos años sin despertar. Monstruos como el que enfrentaste pueden oler lo que eres desde kilómetros. Tus días estaban contados.
La respiración se me corta. Pienso en Basil, en Madame Canning, en el orfanato. ¿Siempre estuve rodeado de peligro sin saberlo?
—Ósea que pude haber muerto desde que era un niño —asiente—. ¿Eso es normal?
—Por desgracia —le da una mordida a su pan, y yo no puedo acabar de comprender como nadie parece extrañarse de ver a un hombre gris y con pelaje—. La mayoría ni siquiera llega a cruzar de los nueve años —tragó saliva al notar la naturalidad en sus palabras—. Son tan pocos los que sobreviven, que realmente son estadística.
—Entonces ustedes… ¿para qué sirven? —no noto la agresividad de mi pregunta hasta que lo observó mirarme, como si quisiera mandarme con la mayor parte de su estadística—. No me refería a eso. Solo que me dijiste que buscas chicos como yo.
Suspira resignado.
—Eso hacemos, pero no siempre los encontramos a tiempo o sus padres no los quieren dejar ir. Otros incluso prefieren estudiar en escuelas normales o aparentemente seguras por estar a cargo de seres divinos, sin embargo, no siempre sobreviven hasta que deban volver —se encoge de hombros—. Somos muy pocos como para salvarlos a todos.
Casi siento pena por esos chicos y chicas que no conozco. Debe ser horrible morir de esa manera.
—¿Qué… eres tú exactamente? —pregunto, para cambiar un poco de tema.
La respuesta no llega rápido. Parece elegir cada palabra con cuidado, como si fuera una pieza demasiado compleja para manipularla sin romperla.
—Soy un Myrmidón Sombrío.
No sé qué esperaba, pero definitivamente no era eso.
—¿Un… qué?
—Como ya lo dijiste somos reclutadores —explica—. Una raza creada para encontrar niños como tú y llevarlos a donde pertenecen. Hécate y Hades nos crearon cuando los hijos mitad mortales de los dioses comenzaron a morir demasiado pronto. Demasiados monstruos, demasiadas pérdidas.
Mi corazón se acelera.
—¿Crearon… personas?
—No al principio —murmura, con un matiz extraño, casi reverente—. Tomaron las almas de los soldados caídos de Aquiles. Hombres que murieron sin miedo, con lealtad absoluta y sobre todo con un propósito incompleto. Les dieron nuevos cuerpos, nuevas misiones… y nos convirtieron en los guardianes de los sangre-divina.
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Editado: 06.01.2026