Tengo frío.
No un “ay, qué fresco está”. No. Un frío real, de ese que se mete entre los huesos y te hace cuestionar todas tus decisiones en la vida. Y todavía peor: estoy usando una túnica blanca, delgadísima, casi transparente, que no ayuda en absolutamente nada. ¿A quién demonios se le ocurrió que esto era apropiado para un ritual? ¿Y por qué todos parecen perfectamente cómodos menos yo?
Respiré hondo. Creí que quizá eso me calmaría.
No funcionó.
Mi día había sido un torbellino. Raya prácticamente me adoptó desde que crucé la entrada al campamento, y si no hubiera sido por ella, probablemente habría terminado perdido en algún rincón, devorado por un pegaso rabioso o algo así. Gracias a ella supe que los dos chicos que había visto antes se llamaban Aether, que si no me equivoco era el rubio, hijo de Apolo y Riven, el pelinegro misterioso, hijo de Némesis.
En ese momento, la verdad, no les había dado demasiada importancia.
Pero ahora… bueno, algo me decía que tal vez debería haberlo hecho.
Raya me explicó las reglas básicas del campamento, quién mandaba, quién creía que mandaba, y quién era mejor evitar si quería conservar todos mis dientes. También me presentó a semidioses de varias casas; algunos parecían emocionados de conocerme, otros parecían listos para juzgarme, y un par me miraron como si yo fuera un bicho extraño que alguien había pisado por error.
Después, pasamos a las cosas verdaderamente importantes: los rituales.
Y aquí estaba yo. Congelándome.
Nos encontrábamos en una caverna-templo que no tenía nada que envidiarles a los templos que había visto en libros. Las paredes estaban cubiertas de obsidiana y minerales que brillaban como si capturaran la luz misma. La cueva parecía respirar. Palpitar. Como si algo vivo durmiera en sus entrañas.
Frente a mí había un enorme círculo tallado en el suelo, marcado con una espiral que daba vueltas hacia el centro.
A su alrededor se levantaban seis bases de piedra, cada una con un objeto diferente: una con fuego que danzaba sin combustión alguna, otra con un jarrón lleno de agua que parecía moverse por voluntad propia, una vela con una llama negra que no emitía luz, solo sombra, una planta en flor que abría y cerraba los pétalos como si respirara, un pequeño torbellino que giraba sin perder fuerza, y la última sostenía un rayo diminuto, como un sol en miniatura que chisporroteaba luz pura.
Las Seis Casas, había dicho Raya con una solemnidad que no le había visto antes. Cada semidiós sería elegido por una de ellas.
Pero yo no tenía ese lujo.
Como no sabía quién era mi padre, debía pasar por el ritual de ascendencia. Y, según Raya, ese ritual no siempre era amable.
Genial.
Más allá del círculo, levantándose como una puerta hacia lo desconocido, estaba el Pórtico de los Ecos. Parecía hecho de mármol.
Sobre un largo altar extendido frente al pórtico descansaban objetos que representaban a cada dios. Estaban alineados como las teclas de un arpa gigante, y de cada uno surgían hilos luminosos que subían hacia el techo y desaparecían en la oscuridad como si fuera nunca hubiesen existido.
—Un fragmento de rayo —comencé a repasar—. Zeus, eso era obvio —mi vista paso al siguiente objeto—. Un tridente pequeño hecho de coral. Poseidón… ¿o un hijo suyo con demasiado estilo? —pase al siguiente—. ¿Una lira de oro? Apolo, seguro —a lado de ese hermoso instrumento estaba un arma mortal—. Un arco con flechas plateadas. Artemisa, definitivamente— y el ultimo objeto que mi limitada visión alcanzaba a visualizar—. Una hoja de bronce.
Si Raya no me hubiera dicho que pertenecía a su padre, jamás lo hubiese adivinado.
Había muchos más. Algunos pequeños y delicados, otros enormes y pesados. Algunos brillaban como estrellas, otros parpadeaban, otros parecían absorber la luz de su alrededor. Todos eran objetos de dioses que ni siquiera conocía.
Mirarlos era como asomarse a un abismo con nombres.
Raya me había explicado el procedimiento del ritual unas cinco veces, quizá porque notó mi cara de “voy a morir, ¿verdad?” cada vez que lo mencionaba.
Encender una chispa violeta. Eso era lo primero. Una llamita del tamaño de una luciérnaga, regalo de Dionisio, porque aparentemente, además de vino, fiestas y caos adolescente, también patrocina ceremonias identitarias.
¿Quién lo diría?
Luego, debía acercarme al Pórtico de los Ecos, levantar la mano y dejar que esa chispa flotara hacia los hilos luminosos del techo. En teoría —en teoría— uno de esos hilos descendería, vibraría sobre el objeto correspondiente, y ese objeto se iluminaría. ¡Fácil!, ¿no?
Sí, claro. Fácil cuando no dependía de ello saber si eras hijo de un dios, de un semidiós, de una criatura, o de alguna broma cósmica de mal gusto.
Para colmo, los rituales no se hacían diario. Se acumulaban los nuevos llegados, y luego se hacía uno grande. Desde el último hasta hoy habían llegado nueve semidioses.
Nueve.
Y yo era, con diferencia, el más grande.
La mayoría tenía entre seis y ocho años, y me miraban como si fuera un dinosaurio que acababa de despertar de una siesta milenaria. Yo estaba seguro de que esa era la razón por la que mi túnica blanca se veía ridícula: era demasiado corta para mí… pero no lo suficiente. Solo incómoda.
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Editado: 06.01.2026