Dormí mejor de lo que esperaba, considerando que técnicamente soy un sujeto divino no reconocido ni por un mísero hilo brillante. La cabaña de los recién llegados era mucho más cómoda de lo que mi tragedia personal merecía: colchones suaves, cobijas cálidas y un aroma constante a pino que me hacía sentir como si estuviera durmiendo dentro de una vela aromática de lujo.
Por un segundo —uno pequeño, casi microscópico— pensé que quizá todo lo de ayer había sido un mal sueño. Pero luego abrí los ojos, vi mi cama sin ningún símbolo encima, y recordé que, efectivamente, sigo siendo uno de los tantos semidioses que nadie quiso.
Genial.
Me quedé un rato viendo el techo, tratando de convencerme de que no haber sido elegido no era tan grave. Raya dijo que a veces pasaba… aunque yo estoy casi seguro de que no es tan común como lo intenta hacer ver.
Después de un rato el hambre al fin me venció, asi que me levanté, me puse la ropa que dejé preparada y salí. Cuando abrí la puerta me encontré con risas, pasos apresurados y el sonido metálico de armas chocando. Por un momento pensé que se habían declarado la Tercera Guerra Mundial a las siete de la mañana, pero no. Raya ya me había explicado anoche qué estaba pasando:
Hoy era el Torneo de las Casas.
Al parecer, llegué justo a tiempo para uno de los eventos más esperado del año. Cada casa elegía a sus mejores semidioses para competir, y el ganador no solo obtenía reconocimiento, sino un montón de privilegios que sonaban muy a “trato especial para los populares”:
Ya saben, cosas como tener prioridad en entrenamientos, acceso a reliquias, influencia en decisiones internas del campamento y glorias eternas.
bla, bla, bla
Y lo mejor: la casa ganadora ondeaba su bandera frente a todo el campamento durante un año entero. Porque, claro, ¿qué sería de la gloria sin presumirla?
Según escuché, la Casa Pyra casi siempre gana. Tres años consecutivos. Y sinceramente, no puedo decir que me sorprenda. Si eres descendiente de Ares, Hefesto o Enio —la diosa de la destrucción, por si el currículum no era lo suficientemente intimidante—, básicamente naciste para golpear cosas, quemarlas o hacerlas explotar con estilo.
Yo, por otro lado, apenas logro no tropezarme cuando ando por mi propia cabaña con tablas algo saltonas.
Mientras avanzaba hacia las mesas del desayuno, pensé que lo único bueno de todo esto es que, si no perteneces a ninguna casa, no puedes decepcionarla. Ventajas de ser un glitch mitológico.
O eso quiero creer.
Al pasar entre algunos de los chicos y chicas me saludaron animadamente, lo que por más extraño que fuera, se sentía bien.
Llegué al comedor esperando caos, y obtuve… bueno, caos, pero organizado. Las seis casas estaban distribuidas por colores, gritando, riendo y haciendo cosas que probablemente violaban más de dos leyes físicas y tres reglamentos escolares.
Mientras agarraba una bandeja, pensé que quizá debería ponerme al día con esto de las casas, porque si no tengo una, por lo menos debería saber quiénes van a aplastarme socialmente durante el año. O no sé, tal vez algunas otras cosas del campamento mientras esperaba a Raya.
—Por los dioses, todo es tan complicado —mencione mientras me comía otra uva del enorme plato frente a mí—. Es mucho que aprender.
Estaba sentado en una de las mesas, fingiendo que no me importaba que técnicamente no tenía casa, ni color, ni bandera, ni una túnica decente. Lo único que tenía era ansiedad y una ligera necesidad de huir, pero eso no queda bien en los reportes escolares.
Raya había prometido pasar por mí para llevarme al famoso Circo de Asterion. Según lo que me explicaron, ahí se haría el Torneo de las Casas. Yo escucho esa palabra y pienso en un estadio épico, columnas griegas, público rugiendo, guerreros, quizá unos tigres, algo así. Pero en lo que llevo aquí no he visto nada que se parezca mínimamente a un coliseo. Ni siquiera un semicírculo sospechoso. Así que sí: oficialmente estoy perdido.
Me acomodo la camisa, que sigue pareciendo una cortina vieja, cuando siento a alguien sentarse a mi lado. Giro y ahí están:
Raya, tan radiante como siempre, y junto a ella un chico alto, hombros anchos, y con una mirada seria pero no intimidante.
—¿Ya estás listo? —pregunta Raya.
—Nací listo —respondo—. Bueno, no para esto, pero supongamos que sí.
Ese es Eron, su hermano. Lo conocí ayer. Es… distinto. No en plan raro, sino sólido, como si hubiera sido tallado a cincel.
Tiene algo que inspira confianza, pero al mismo tiempo sientes que si haces un comentario estúpido, él va a ser quien te entierre con calma y eficiencia. No sé si eso me asusta o me tranquiliza.
—Pensé que llegarías todavía dormido —dice Eron, con una media sonrisa.
—Sí, soy conocido por mis habilidades atléticas al despertar —respondo—. Especialmente cuando no tengo idea de a dónde voy.
Raya se ríe y entonces noto algo importante: ambos están vestidos con playeras naranjas, pequeñas banderas y llevan la cara pintada. Parecen listos para incendiar algo. Literalmente.
Raya me extiende una playera igual.
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Editado: 06.01.2026