El Corazón De Kymira

06.- JUSTO EN EL BLANCO

Nunca pensé que terminaría sentado en la mesa dorada de Luxion. Es decir, se supone que apenas llevo dos días aquí, no que ya esté conviviendo como si fuera parte del catálogo oficial de semidioses, con amigos influyentes y sonrisa blanca. Pero Aether decidió invitar a Eron y Raya a comer, y como yo venía pegado a ellos como una sombra traumada, terminé aquí también.

Y así estoy ahora: rodeado de dorados. Literalmente. ¿Quién demonios necesita tanto brillo a la hora del almuerzo?

Lo más curioso es que todos son súper agradables. Kael está a mi lado, distraído desmoronando un panecillo mientras me explica algo sobre una constelación que puede ver desde su cama. Enfrente hay tres chicos que juraría son hermanos porque tienen la misma cara de “tengo un secreto que voy a usar para chantajearte en algún momento”. Más a la derecha, dos chicas comparan sus arcos como si fueran ediciones limitadas de lujo.

Y yo solo pienso:

<<Apolo necesita dejar de reproducirse.>>

—No es broma —murmuro, más para mí que para los demás—. Su árbol genealógico debe parecer una selva tropical. Y literal: una selva. ¿No convierte a todas sus amantes en plantas?

Kael suelta una carcajada.

—Ehhh… no a todas. Solo a algunos. Y técnicamente no siempre fue culpa suya.

—Ah, claro —asiento—. Como cuando dices que un incendio forestal no fue tu culpa porque “solo dejaste una fogata sin supervisión”.

Eso lo comente más alto de lo normal al parecer, pues un par de Luxion voltearon al oírme y soltaron pequeñas risas al aire.

Aether, sentado dos lugares adelante, gira con una sonrisa peligrosamente encantadora.

—Me encanta tu sentido del humor, Lex. Honestamente creo que deberías quedarte a vivir aquí.

¿Ven? Eso es exactamente lo que no quiero. Esa sonrisa me da ansiedad. Nadie sonríe así sin un objetivo oculto. Dioses, empusas, y ahora los guapos coquetos: todo el Olimpo está armado contra mí.

El problema es que, sin darme cuenta, la conversación dejó de ser sobre el Torneo de las Casas. Y ahora todos me miran.

Yo. Otra vez. Como si fuera un eclipse en versión humana.

—Yo digo que es hijo de Afrodita —dice una chica con un tono que mezcla seguridad y duda—. Tiene ese tipo de belleza… incómoda.

Me atraganto con mi jugo.

—¿Incómoda? —repito—. ¿Qué soy? ¿Una obra de arte mal colocada?

—¡No, no! —interviene otro chico—. Es que no encajas en las proporciones normales. Los hijos de Afrodita siempre parecen… irreales.

—Como si la realidad estuviera tratando de ajustarse a ellos —añade Kael.

Ah, fantástico. No solo soy raro, ahora soy una distorsión espacial con piernas.

—No creo ser hijo de Afrodita —digo finalmente, porque alguien tiene que ponerle freno a este circo—. Si lo fuera, sería un honor —mencione mirando al cielo, solo por si acaso—. Créanme, ya estaría castigado por haber dudado un solo segundo de su linaje. Tiene un historial preocupante con eso de las ofensas

Lo digo como broma, pero no muy fuerte. No vaya a ser que la diosa del amor esté escuchando y decida convertirme en un nopal por insolente.

—Entonces, si no eres hijo de Afrodita… ¿de quién? —pregunta Kael, genuinamente interesado.

Quisiera saberlo.

Quisiera decirlo.

Quisiera que no sintieran que soy una pieza de museo extraviada.

—No lo sé —respondo, encogiéndome de hombros—. Pero definitivamente no soy alguien extraordinario. Solo… soy.

Aether apoya la barbilla en su mano y sonríe como si acabara de descifrarme.

—Eso es lo que te hace interesante.

Genial.

Estoy rodeado de prodigios dorados, comiendo en la mesa más brillante del campamento, convertido en el tema principal de una conversación que nunca pedí. No sé si debería correr, reír o pedir disculpas a todos los dioses del Olimpo por existir.

—No me jodan —río uno de los Luxion, señalándome descaradamente—. Si este no es hijo de Afrodita, yo me tiño el pelo de morado y me cambio a Nixion.

—¿Por qué sería hijo de Afrodita? —pregunté, aunque me arrepentí en cuanto abrí la boca.

—Porque tienes la cara —respondió otro—. Y la onda. Y la vibra. Y la… ¿piel? Es como ilegal verte así sin ser descendiente directo de la diosa del amor.

Me llevé una mano a la frente.

—Genial. Soy un rompecorazones involuntario —me lleve mi manzana a la boca—. Qué trauma.

—En otros temas —añadió otro con aire de experto, y se lo agradecí internamente—. ¿Cuál creen que sea la prueba de desempate?

Y todos, incluso Raya y Eron comenzaron una discusión sobre suposiciones. Yo solo me quede observándolos mientras desayunaba, necesitaba recobrar fuerza para otro día más de entrenamientos.

Sin embargo, mi mente viajo por todos los rubios y ojiazules de la mesa, pensando en lo mucho que trabajaba Apolo. Aunque no me sorprendía, según lo recuerdo tiene la costumbre de coleccionar amantes como quien colecciona macetas.




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