El Corazón De Kymira

07.- DOS CARAS DE UNA MONEDA

El fin de semana había pasado más rápido de lo que esperaba; entre entrenamientos, golpes, arquería, falta de aire, exploraciones con Raya y Eron, una noche entera de cacería con Sylvia y peleas interminables con Cassius. Ese idiota era, sin exagerar, un ser despreciable. Lo detestaba con fervor. No entendía su obsesión conmigo ni por qué parecía incapaz de dejarme en paz.

Era como un grano en el trasero: molesto, persistente y dolorosamente imposible de ignorar. Y, aun así, por más que me fastidiara, nadie lograba ser tan exasperante como mi actual instructor.

Como si los dioses tuvieran un sentido del humor particularmente retorcido, amanecí hoy—un lunes—con el toque de una corneta mágica. Lo recalco: mágica. Porque solo algo sobrenatural podría lograr lo que nadie más había conseguido jamás: levantarme a las seis de la mañana. El sonido retumbó en mis oídos como si quisiera taladrarme el cerebro.

No tuve más opción que abandonar mi hermosa cama, mi único amor verdadero en aquel campamento infernal.

Después asistí a los cultos matutinos para los dioses, una ceremonia obligatoria que realizan todos los lunes al amanecer. Según Raya, era una tradición ancestral para honrar a los olímpicos. Según yo, era una tortura más diseñada para mantenernos despiertos, obedientes y con el cerebro medio derretido antes del desayuno.

Mi semana había comenzado oficialmente. Toda la energía desbordante del fin de semana, con sus descubrimientos, adrenalina y caos, quedó atrás. Lo cual no habría sido tan malo si no fuera por el detalle—el horroroso, despiadado, completamente innecesario detalle—de que me asignaron a Riven como instructor.

Riven. Otra vez él.

No parecía emocionado por ello, lo que en teoría debería haberme consolado... pero no. Quizá porque su cara inexpresiva no ofrecía consuelo alguno. Al parecer, enseñar a los nuevos era el equivalente mitológico del servicio social en el mundo humano. Y claro, ¿a quién mejor asignar que al idiota semidiós con el que había discutido media semana?

A veces pienso que los dioses no solo están mirando. Se están riendo.

Él me esperaba en la arena de entrenamiento, apoyado contra una de las columnas como si llevara horas ahí, aunque seguramente acababa de llegar. Su postura era relajada, pero había algo en su mirada, tan fija y cortante, que me hacía sentir como si estuviera evaluando cuánto tardaría en enterrarme vivo.

<<Aunque debía admitir que era guapo.>>

—Llegas tarde —soltó, sin siquiera saludar.

Olviden lo anterior.

—Son las ocho con diez —repliqué, frotándome el rostro—. Si quieres que funcione a esta hora, necesitaré por lo menos un sacrificio a Hypnos.

Riven me lanzó una mirada que podría haber congelado lava. Caminó hacia mí con pasos calculados, como quien inspecciona un arma defectuosa.

—Tu humor no va a salvarte de que te partan la cara ahí afuera —dijo, señalando la arena.

—Qué inspirador. ¿Esa es tu técnica motivacional? ¿Amenazas y desprecio?

—Funciona con idiotas —respondió, encogiéndose de hombros.

Sentí mi sangre hervir.

—No soy un idiota.

—Entonces deja de actuar como uno —disparó, acercándose aún más. Podía sentir su respiración, fría, como si no fuera un ser humano sino un recordatorio viviente de lo mucho que detestaba este lugar—. Ponte en guardia.

Resoplé, levantando los puños. Obedecerlo me daba alergia, pero no quería darle el gusto de verme flaquear. Riven adoptó una postura impecable. No había duda: sabía lo que hacía. Eso solo empeoraba mi humor.

Agradecía a Eron y a Raya por entrenarme con antelación, al menos sabia lo básico. Tortura hubiera sido iniciar de cero con él.

—Tus pies están mal —dijo.

—No.

—Sí.

—No estoy…

Antes de terminar, me pateó el tobillo y casi caigo de bruces.

—¿Ves? —su voz estaba llena de satisfacción mal disimulada—. Estás abierto por todos lados. Un monstruo solo necesitaría…

No lo dejé terminar. Me lancé hacia él con un puñetazo directo a la mandíbula.

Riven lo esquivó sin esfuerzo. Pareció desaparecer y reaparecer detrás de mí, empujándome contra el suelo con una facilidad insultante.

—Primer consejo: no anuncies tus movimientos con tu cara —dijo, mirándome desde arriba—. Si yo fuera un drakaina o una gorgona, estarías muerto.

—Pues no lo eres —mascullé, incorporándome—. Aunque a veces actúas como si te faltara una serpiente o dos en la cabeza.

Alzó una ceja.

—¿Eso fue un insulto?

—Si necesitas confirmarlo, tal vez no eres tan listo como pareces.

Algo se quebró en su expresión. Solo un segundo, pero lo vi. No era enojo. Era… ¿dolor? ¿Frustración? No lo sabía. Y no quería saberlo.

Me atacó esta vez él. Un giro rápido, una barrida que me hizo caer nuevamente. Mi mandíbula chocó contra la arena. Sabía que mañana no podría mover el cuello sin llorar.




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