Era mi cuarto día de entrenamiento con Riven, y estaba nuevamente en el suelo con una daga en mi cuello. No necesitaba tener una mirada de psicópata para causarme un escalofrió en los huesos. Tenerlo sobre mí, amenazándome con ese filoso objeto, parecía suficiente.
El lado bueno era que ya batallaba más para lograr derribarme, y aunque aún no era lo suficientemente bueno para evitarlo, consideraba que era un buen avance. Aether decía que era ágil y veloz, cosa que podría compensar mi falta de fuerza. Hecho que había comprobado, pues podía ser muy escurridizo cuando me lo proponía, y el hecho de ver a Riven rabiar por ello me llenaba de satisfacción.
No quería romper el contexto visual, sería como perder la guerra, sin embargo, alguien tenía que interrumpir esto. Casi sentía el filo de la daga atravesando mi piel. Si ejercía un poco de presión acabaría muerto y no parecía tener la intención de quitarse.
—Si tanto te gusta mirarme, podría regalarte una foto —eso pareció hacerlo reaccionar, pues se levantó con una agilidad impresionante.
Suspire aliviado al sentir como él y su daga se alejaban de mi hermoso cuerpo.
—Eres pésimo todavía —se comenzó a quitar el vendaje de sus puños, al mismo tiempo que se limpiaba el sudor—. No te sirve ser bueno con el arco, si no puedes defenderte cuerpo a cuerpo.
Sabía que se refería a las clases y la cacería con Sylvia. Había estado en cada una y no es por presumir, pero se tuvo que tragar sus palabras cuando resulte no ser un asco en la arquería, cosa que, según ella, a él no se le daba.
Extrañaba a Sylvia.
Se marchó el lunes después de los honores, con la promesa de que pronto sabríamos de ella nuevamente.
—No sé cómo esperas que sea bueno tan rápido en esto, cuando no llevo ni una semana entrenando, lo que tú has entrenado toda tu vida.
Me quedé acostado en la arena, y cerré mis ojos. El sol de aquí no quemaba tanto como el del exterior. Aunque el hecho de que él fuera prácticamente un gigante me permitía tener sombra gratis.
Riven soltó un bufido, como si mi comentario le hubiera provocado una pequeña jaqueca cerebral.
—No puedo creer que hasta el sol te haga daño —refutó—. Y no soy tu árbol personal.
Se quitó y el sol me ilumino con todo su esplendor de nuevo.
—Ay, qué detallista —me llevé una mano al pecho, teatralmente—. Me halagas tanto que no sé cómo lidiar con ello.
Rodó los ojos.
Creo que, si pudiera convertirme en vapor mediante la fuerza del desprecio, podría ser más letal que el sol.
—Levántate —ordenó, pateando la arena cerca de mi pierna—. No voy a cargar con un inútil. ¿Quieres sobrevivir fuera del campamento o quieres ser un adorno bonito con arco?
—¿Puedo elegir la segunda? —pregunté sin abrir los ojos.
Silencio.
Abrí un ojo. Él me miraba.
No, más bien me observaba, como si intentara leerme, como si en mi piel hubiera una respuesta escrita en tinta invisible que no terminaba de descifrar.
Fue incómodo.
Fue extraño.
Fue… demasiado.
Me incorporé.
—¿Qué? —pregunté, incómodo.
—A veces no entiendo por qué sigo entrenándote —murmuró. Para mi sorpresa, no sonó molesto. Sonó… confundido, como si esa duda le molestara incluso a él.
Y eso, de alguna manera, me molestó más a mí.
—Quizá porque soy adorable —respondí, dándole una palmadita en el hombro—. Y porque soy una amenaza que debes vigilar.
Recordé sus palabras.
Mal movimiento.
Su mirada se oscureció. No sé cómo algo que ya era escalofriante podía volverse más, pero pasó. Dio un paso hacia mí, y la daga —que yo juraría había guardado— volvió a estar en su mano, brillando como si disfrutara de mi sufrimiento anticipado.
—Déjame dejar algo claro, Alexander —su voz era baja, afilada, hecha para cortar. Me hubiera enojado, pero la daga en su mano era un buen incentivo para cerrar la boca. Le haría caso a Aether—. No estoy aquí porque me agrades.
—Perfecto —me crucé de brazos—. Yo tampoco estoy aquí porque quiera estar contigo.
—No es eso —dijo. Ladeó la cabeza, como si midiera mis palabras, mis gestos y hasta mi respiración—. No eres lo que pensé que serías.
…Eso no me lo esperaba.
—¿Bueno o malo? —pregunté, antes de poder evitarlo.
—No lo sé —admitió—. Pero aun asi considero que no perteneces aquí.
Y escuchar esa incertidumbre en él, fue más aterrador que la daga.
Antes de que pudiera responder —o huir, que era la opción sensata— un silbido cortó la tensión. Era Raya, corriendo hacia nosotros, agitando los brazos como si intentara espantar moscas imaginarias.
—¡HEY! —gritó—. ¡Dejen de verse como si fueran a besarse o matarse! ¡Todavía no sé cuál de las dos prefiero ver primero!
Me puse rojo, sin poder evitarlo. Riven se tensó y guardó la daga con un movimiento que fue más una amenaza visual que una acción práctica.
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Editado: 06.01.2026