No siento mis pies tocar el suelo. No siento mis manos. Realmente no siento nada.
Solo existe la sensación punzante de haber sido arrancado del mundo, como si alguien hubiese tirado de mi alma y la hubiera arrojado a un sitio donde el tiempo no transcurría.
Oscuridad.
No esa oscuridad común que se desvanece cuando ajustas la vista. No.
Esta es absoluta. Una oscuridad que no permite existir a color, forma o pensamiento. Me rodea como si fuese un océano sin agua, sin aire y sin límite. No sé si estoy de pie, flotando, hundido o suspendido.
Intento moverme.
Algo responde… pero no soy yo. Como si el espacio imitara mi pensamiento un segundo después: primero pienso en avanzar, luego el vacío se dobla, se estira, y solo entonces mis pies sienten un suelo que antes no estaba ahí.
—¿Qué…? —susurro.
El sonido se traga a sí mismo. No hay eco.
Entonces, algo se enciende. No luz, exactamente.
Una silueta de gris, como humo sólido y ceniza formando líneas que serpentean frente a mí. Es… ¿un camino? Las sombras se alargan, tiemblan, se curvan, como si algo estuviera escribiendo el sendero desde dentro de la oscuridad.
Y entonces lo escucho.
Una voz. No humana. No masculina ni femenina. Profunda, casi como un eco.
—Bienvenido, héroe.
Me quedo helado. No porque crea que lo soy, sino porque la voz suena como si ya lo supiera. Como si no tuviera alternativa.
—¿Quién eres? —pregunto—. ¿Dónde estoy?
—Soy Aión Gryseos, Guardián del Sendero Gris. Custodio del camino que nadie debe tomar… salvo aquellos que no tienen elección.
Mi garganta se seca.
—No pedí estar aquí —respondo—. Solo… entré.
—Nadie entra —corrige—. El Sendero llama. Tú respondiste.
Las sombras del suelo laten, como un corazón inmenso enterrado bajo mis pies.
—¿Qué es este lugar?
No puedo ver nada más que sombras moviéndose. Realmente parece un paraíso de nubes oscuras.
—Este Sendero nació en la Escisión, cuando los dioses quebraron el mundo para dividir lo que podía ser de lo que debía ser. Aquí, gracias Hecate y Ananke, reposan caminos que no fueron tomados, destinos rechazados, versiones olvidadas. Aquí caminan aquellos que no tienen sitio entre las Casas… los que no encajan en lo trazado.
Un escalofrío me sube por la espalda. Siento como si alguien acabara de leerme en voz alta.
—¿Por qué yo?
La voz sonríe sin necesidad de hacerlo.
—Porque existes y tu existencia incomoda. Ese es tu delito. Ese es tu don.
El aire —si es aire— se espesa.
—Debes atravesar tres pruebas —continúa Aión—. No para sobrevivir… sino para demostrar que tu camino puede sostenerse sin que otro lo defina. Cada paso cuestionará lo que eres, lo que deseas y lo que aún no sabes que llevas dentro. Si fallas, el Sendero te guardará. Serás parte de él para siempre.
—¿Y si gano?
La oscuridad se estira. Algo empieza a crecer frente a mí, como una estructura que se forma con ceniza y luz muerta.
—No se gana, héroe. Solo se continúa.
La forma se vuelve más clara. Es un arco. Un umbral. Un acceso a… algo.
El suelo tiembla. Las sombras suben, trepan, construyen… y siento que estoy viendo el principio de una prueba que no entiendo.
Aión habla por última vez:
—Prepárate. El Sendero ha comenzado a decidirte.
La estructura se abre como un ojo gris.
Algo espera del otro lado. O ese pensé, pero cuando avancé me encontré con niebla cubriendo todo.
El silencio dolía.
Ni viento. Ni pasos. Ni mi respiración. Como si el sonido hubiera sido asesinado y su cadáver jamás encontrado. Tardé un instante en comprender que no estaba en un lugar… sino dentro de algo que no parecía tener forma.
Después de un rato, cuando la neblina comenzó a diluirse, frente a mí, suspendido sobre un vacío que no era oscuro ni claro, sino algo peor —una mezcla insoportable de nada absoluta— estaba un puente.
No era monumental, ni heroico, ni digno de canciones. Era miserable: tablones viejos, sogas deshilachadas, clavos torcidos. Cada parte de él parecía preguntarme: ¿De verdad vas a pisarme?
Yo me pregunté lo mismo.
—Genial —murmuré—. Un puente ruinoso sobre un abismo infinito. El diseño arquitectónico claramente grita: “crúzame y muere”.
Dude en siquiera acercarme, incluso intente volver, pero cuando me gire había una nada absoluta. Como si todo lo que había recorrido ya no existiera.
—No puedo creer que vaya a hacer esto.
Di un paso. No tenía otra opción.
Juro que quise llorar cuando el tablón chirrió como si estuviera por caer. No era el crujido normal de la madera. Era un lamento. Como si el puente supiera quién era yo y hubiera esperado mucho tiempo para esto.
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Editado: 06.01.2026