Nunca quería volver a experimentar algo parecido. Es una de las veces que me he sentido más cerca de la muerte. Aunque creo que nunca había vivido algo semejante.
Desperté un día después de mi salida del sendero gris; para mi sorpresa, había pasado tres días y tres noches ahí dentro. Todos estaban impresionados por mi regreso, hasta yo lo estaba, si era totalmente sincero. Al parecer, la mayoría ya me habían dado por muerto ahí dentro.
Pero, para mi suerte o desgracia, no fue así.
En ese instante me encontré admirando el techo, reviviendo una y otra vez las imágenes de todo lo que viví. Cada que parpadeaba era como si aquellas dos lunas fueran ahora mis ojos: veía a esas criaturas tras de mí, atacándome, y a mi cazándolas. Recordaba también, con una claridad dolorosa, las voces del puente. Aunque me negaba a aceptar que todo aquello había sucedido, mi cuerpo aún adolorido y lleno de moretones era la prueba fehaciente de que todo había sido real.
A veces el aire se sentía demasiado denso, como si aún caminara entre aquella niebla espesa. Juraría escuchar, de vez en cuando, el crujir del puente, como si mis huesos fueran tablas a punto de romperse.
No había querido hablar de ello, y agradecía que nadie me hubiese preguntado, aunque veía en sus rostros las ansias por hacerlo. Aunque sabía que cuando me sintiera listo contaría todo, pues había prometido salir para contar las historias de aquello que no pudieron.
Observé el anillo que yacía en mi dedo, tan frío, tan hermoso. Al parecer, ahora sería mi recordatorio de que había sobrevivido. Vi a eclipsa a mi lado, reducida a la forma de un bastón. Aun no entendía bien porque, pero no quise complicarme la vida con ello. En la mesita de noche estaba la garra de la empusa y también la dorada perteneciente al león. Esa última parecía observarme a mí, más que yo a ella. Sus palabras seguían clavadas en mi cabeza como espinas: Aún no has terminado.
Lo bueno era que nadie preguntó tampoco.
—Buenos días, Lex —llegó Asclepio, el doctor que me había atendido en la enfermería del campamento—. ¿Cómo te sientes?
No tenía una respuesta fija a esa pregunta.
—No morí, supongo que voy un poco de gane —él solo sonrió; no parecía tener más de treinta años, así que suponía que no era ese Asclepio—. Aunque si no llegan pronto por mí, el sendero gris no me habrá matado, pero la inanición sí.
—Te extrañaré. Ya no tendré quien me haga reír en este lugar —confesó, mientras me tomaba la temperatura con la mano.
—¿Los hijos de Apolo no son tan divertidos como yo?
—No, nadie pide de comer nadamas despertar. Menos después de estar al borde del Hades —me reincorporó en la camilla, y me reí al recordar ese momento—. ¿Cómo te sientes?
Volvió a preguntar, y supe que no se refería a lo físico. Aunque hubiese preferido que así fuera, porque esa respuesta la tenía clara.
—No lo sé. Todo lo que me ha pasado en la última semana es demasiado para mi pobre cerebro —por alguna razón que desconozco, fui sincero—. Ahora, con todo esto del sendero gris, simplemente no sé si esto es lo que quiero. Pensé que, si entraba ahí y lograba salir, sentiría que podría pertenecer a este lugar.
—¿No es así?
Abrí la boca, pero nada salió. Ni siquiera yo sabía la respuesta.
No hubo tiempo para decir algo más, pues en ese instante entró Raya como una bala. Detrás de ella venían Eron y Aether. Los únicos, aparte de Selene y Kael, que me habían visitado en estos días.
—¡Por fin te liberan! —exclamó Raya, atravesando la puerta como si fuera suya—. Odio este lugar. Yo prefiero mandar gente aquí, no visitarla.
Asclepio puso los ojos en blanco, con la calma de quien ya ha aprendido a no discutir con ella.
—Qué bueno que sigues vivo, enano —añadió Raya, deteniéndose frente a mí con los brazos cruzados—. Hubiera sido muy incómodo tener que fingir tristeza en tu funeral.
—También me alegra verte, Raya —respondí, sin energía para igualar su sarcasmo.
Eron entró detrás de ella, con esa expresión de hermano mayor que no sabía si debía sermonearme, abrazarme o golpearme en la cabeza.
—No puedes darnos estos sustos, Lex —dijo, con su característica voz firme pero cálida—. No está bien para mi corazón. Ni para los reportes que tuve que hacer.
Aether apareció, por último, sin su sonrisa habitual. No había rastro de coquetería en su rostro, solo… preocupación. Era raro verlo así.
—Pensé que… —se detuvo, respiró hondo, y su voz se suavizó—. Pensé que no saldrías.
Sentí que algo se me atoraba en la garganta. No sabía qué responderle.
Asclepio carraspeó, regresándonos a la realidad.
—Antes de que se lo lleven como si fuera un trofeo de guerra, debo dar instrucciones —apunto a los chicos, como si supiera que seguir ordenes no era lo suyo—. Nada de esfuerzos, nada de entrenamientos sin supervisión, y debes regresar mañana para tus chequeos… ¿entendido?
Asentí.
Sabía que su mirada escondía la conversación que no habíamos terminado. Yo también lo sabía. Yo también la temía.
—Volveré —prometí.
La puerta aún estaba abierta, como si el mundo hubiese estado esperando este momento.
—Bueno —dijo Raya, chocando sus palmas—. Vámonos antes de que Asclepio cambie de opinión y te encadene a la cama.
Intenté ponerme de pie.
El mundo se inclinó.
#1791 en Fantasía
#2285 en Otros
#202 en Aventura
mitologia dioses heroes, aventura humor amor tragedia, gays bl mitologia griega
Editado: 06.01.2026