El Corazón De Kymira

11.- UNA CRUZADA SUICIDA

Había aceptado, y como regalo me dieron una noche para entrenar por mi vida. Lo peor de todo era que, en efecto, mis últimas horas ahí las pasaría junto a Riven; quien parecía un animal nocturno, pues no sé negó a entrenarme toda la noche.

<<Debería quemar más comida ante tanta bondad.>>

Seguía pensando en la profecía, que después de todo me había sido entregada en un pergamino. Lo único que sabía es que tenía que huir antes de que amaneciera o, de lo contrario, moriría.

No lograba pensar en un buen plan. En cuanto le conté lo que me había dicho Fineo a Raya —no todo, solo lo más importante—, ella llegó a la misma conclusión. Aunque me advirtió que eso sería desobedecer al dios número uno del Olimpo, y me podría ir mal.

Pero… ¿qué más me podía hacer? Ya me envió a una misión suicida.

Eron y Raya me estuvieron entrenando toda la tarde después de que el dichoso néctar hizo su efecto. Fue exhaustivo; parecía que realmente temían por mi vida. Otra vez.

Tal vez esa sea la razón por la que estoy demasiado cansado, como para entrenar con este pelinegro de ojos verdes, que me mira a la distancia mientras entro en la arena.

El aire estaba helado.

Cada paso que daba sobre la arena hacía que el frío se me metiera más en los huesos. Aun así, seguí avanzando hacia Riven, que seguía ahí, inmóvil, como si fuera parte del paisaje nocturno. Estaba a unos cuantos metros de él, cuando algo se movió a su lado.

No la había visto llegar. De hecho, no tenía idea de dónde demonios había salido, pero una chica apareció literalmente de la nada, como si hubiera estado escondida en la sombra misma de Riven. Antes de que pudiera siquiera reaccionar, ella tomó su rostro entre sus manos y lo besó.

Así. De frente y con toda la tranquilidad del mundo.

Me quedé congelado.

<<Ah, su novia. Bueno, qué bonito todo.>>

Mi cerebro decidió apagarse. En vez de mirar, me puse a ver cualquier otra cosa. La luna, por ejemplo. Nunca había sido tan interesante. Estaba enorme, plateada, preciosa. La arena también estaba… wow… sí, muy brillante, muy arenenosa. Perfecta para concentrarme en no ver nada de lo que estaba pasando a mi izquierda.

Odiaba ver a las parejas besándose. Siempre me había incomodado. No era envidia ni nada; simplemente… no. No lo soportaba. Parecía como si el universo decidiera exhibirle a uno lo solo que estaba. Y pues, gracias, universo, pero no pedí eso.

Seguí fingiendo demencia hasta que escuché pasos acercándose. Cuando levanté la vista, la chica estaba frente a mí, sonriendo con absoluta normalidad, como si no acabara de besar al pelinegro que me iba a entrenar para no morir mañana.

—Hola —dijo—. Soy Nydia. Hija de Afrodita.

—Hola —respondí, aún en modo vegetal—. Un gusto, soy Lex.

—Me voy. Cuídalo, ¿sí? —dijo, mirando a Riven. Luego agitó la mano en un gesto pequeño y desapareció entre la oscuridad del campamento.

<<¿Cuidarlo yo a él? Debería ser al revés, él es el que parece psicópata.>>

Solo cuando su silueta se perdió por completo, respiré otra vez. Riven seguía ahí, con los brazos cruzados, mirándome con esa cara de siempre: mitad aburrido, mitad queriendo golpearme. Aun así, me acerqué. No mucho, porque no era suicida, pero lo suficiente como para que se notara que ya era hora de entrenar.

Además, resultaba el momento perfecto para preguntarle si esa era su novia. Era un chisme jugoso. Pero no estaba del humor… aunque sí del chisme. Pero no del humor. Pero sí del chisme.

<<Maldita sea.>>

—Entonces… ¿ya vas a empezar o qué? —pregunté, fingiendo cero interés en todo lo demás.

Riven arqueó una ceja.

—¿Tienes algún problema?

<<Sí, muchos>>, pensé. Pero en voz alta solo dije:

—Solo quiero saber, si vamos a entrenar o si tengo que seguir analizando la topografía de la arena.

Su mirada se afiló apenas. Se notaba que él también sentía esa tensión rara entre nosotros, esa cosa que nadie quería nombrar. Y ahí nos quedamos, los dos, frente a frente, como siempre, a mitad de un frío que no dejaba de morder.

Entonces comenzamos, había traído a ecllipsa conmigo, o bueno, el bastón de metal que se supone era mi arma. Riven no pregunto, yo tampoco le dije nada, sin embargo, si lo miró con cierta lastima. Nadie podía creer que eso fuera lo que me había dado el sendero gris. No quise explicarles su verdadera forma, pues si me pedían pruebas, no tendría ninguna.

Después de un rato de calentamiento, Riven giró entre sus dedos el bastón que había escogido, como si necesitara algo que golpear urgentemente.

—Pensé que estarías más motivado —soltó—. Digo, considerando que mañana podrías no despertar.

—Gracias por recordármelo —respondí, ajustando mi agarre en el mío—. Muy amable.

Él me dio una sonrisa tan irónica que casi dolió.

—Solo digo. Me sorprende que te hayan elegido para esa misión.

Y ahí estaba. El ataque directo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.