El viento me daba directo en la cara, frío y húmedo, mientras la thalassia cortaba el mar como si estuviera hecha de un solo trazo. Estaba en la proa, viendo cómo la superficie oscura se abría paso ante nosotros. Ya llevaba un buen rato ahí desde que zarpamos de la isla de las Bahamas, pero aún nada de la famosa puerta de Hermes.
Siendo honestos, yo ni siquiera creía que fuera una puerta literal. Conociendo a los dioses, seguro era alguna corriente rara, un remolino, una grieta en el agua o algo igual de dramático. Pero como nadie sabía realmente qué demonios buscamos, todos estábamos asomándonos cada cierto tiempo, haciendo como que sabíamos qué observar.
Evanna iba manejando —o conduciendo, o piloteando, o lo que fuera que se hiciera con una thalassia— y Milo llevaba rato pegado a mí, preguntándome sobre el sendero gris.
—¿Y entonces qué hiciste? —insistió, con esos ojos enormes que parecían demasiado curiosos para su propio bien.
—Pasé tres pruebas —le respondí, sin ganas de entrar en detalles—. Y sobreviví. Con eso debería bastar.
Milo abrió la boca para seguir, pero Evanna soltó una risa desde el control.
—Claro, muy impresionante. Tres pruebas. Yo también he hecho tres pruebas: tres torneos de Aethys. Y sigo viva.
Rodeé los ojos.
Ahí estaba la verdadera Evanna: arrogante, intensa y con una seguridad tan grande que seguro había heredado directamente del dios de los ladrones. Al parecer su faceta de disposición solo era para que la aceptara en la cruzada.
—Sí, pero tú casi te mueres en un torneo, yo en un sendero —le contesté sin pensar.
—¿Quién dijo que no he tenido más aventuras? —replicó, levantando una ceja—. No todos contamos nuestras hazañas a medio mundo.
—Yo tampoco —murmuré, pero ella ya había vuelto a centrarse en los controles, ignorándome.
Raya, que llevaba rato mirando al horizonte, frunció el ceño.
—Creo que eso… se ve raro.
Seguí su mirada.
Un tramo del océano brillaba distinto. Como si la luz del sol —que yo odiaba, gracias por recordármelo, maldito mar— se doblara en un ángulo imposible. No era exactamente un color diferente, pero sí un movimiento distinto, como si esa sección del agua respirara.
—¿Crees que sea la puerta? —me preguntó Milo.
—No lo sé —dije, aunque la respuesta real era “ojalá no”—. Tal vez deberíamos pedirle ayuda a un dios marino.
Recordaba que Jason en su aventura se había parado en una isla para hacerlo, con suerte también nos ayudaban a regresar a salvo.
Raya dio un paso adelante y me miro como si acabara de decir la mayor tontería jamás pronunciada.
—¿Tú crees que los dioses están tan pendientes de nosotros? No son servicio al cliente.
—Eso lo sé —acepte, girandome para verla directamente—. Pero no perdemos nada con intentarlo.
—Mejor busquemos alguna clase de mapa al interior de esta cosa —soltó—. Sera más útil.
Antes de que pudiera responder, se fue hacia el interior de la thalassia. Me quedé solo con Milo y Evanna.
Él, para variar, parecía más emocionado que preocupado.
Ella, en cambio, soltó un bufido.
—Si realmente encuentra algo que nos sirva, juro que me tiro por la borda —murmuró, ajustando una palanca.
—Pues si nos hundimos, al menos tu papá estará feliz —trate de bromear, aunque claramente fracase en el proceso—. Hermes ama los desastres, ¿no?
Evanna me lanzó una mirada que podría haber incendiado al mismísimo Olimpo.
—Hablas demasiado.
—Lo sé —suspiré—. Es un don.
Y ahí seguimos, los tres mirando la corriente extraña, esperando que Raya volviera con un milagro o al menos con una idea menos peligrosa.
La castaña fruncía el entrecejo, Milo estaba prácticamente colgado de la baranda tratando de ver mejor, y yo… yo solo esperaba que no fuese otra prueba donde casi muero. Ya había tenido suficiente de esas por una temporada.
La thalassia siguió avanzando, con ese zumbido profundo que hacía cuando se preparaba para atravesar algo extraño. Y esa corriente… cada vez se veía más como una superficie tensada, como una membrana.
—Vamos directo hacia ahí, ¿verdad? —pregunté sin apartar los ojos.
Evanna no respondió. Lo cual era señal de que sí.
Y entonces tocamos la “puerta”.
Primero fue un golpe seco, como si hubiéramos chocado contra un muro invisible. Después, la luz cambió. El cielo se volvió blanco un instante, el mar se arqueó hacia arriba —sí, hacia arriba— y la thalassia crujió con un sonido tan agudo que me hizo apretar los dientes.
—¡QUÉ ESTÁ PASANDO! —gritó Milo, aunque su voz sonó distorsionada, como si la corriente se la estuviera tragando.
—¡SIGUE! ¡NO TE DETENGAS! —le gritó Evanna a la nave, como si la nave fuera un caballo nervioso.
Yo me agarré de la baranda porque el piso se inclinó de pronto hacia la derecha… luego hacia la izquierda… luego hacia todos lados a la vez. Era como si estuviéramos dentro de un remolino de luz. O un estómago. No quería pensarlo mucho.
#1791 en Fantasía
#2285 en Otros
#202 en Aventura
mitologia dioses heroes, aventura humor amor tragedia, gays bl mitologia griega
Editado: 06.01.2026