El Corazón De Kymira

13.- PELIGRO A LA VISTA

La thalassia no estaba siguiendo el recorrido del mapa y eso me aterraba, pero no podía hacer nada al respecto. Así que me apoyé en la borda, dejando que el viento marino me despeinara mientras observaba el horizonte. El cielo tenía ese tono entre cobre y violeta que siempre aparece antes de que caiga la noche, por un segundo me pregunté dónde demonios estaría Aether.

Si estaría bien. Si no se habría topado con algún monstruo marino con ganas de hacerlo naufragar… Espero que no, porque lo conozco lo suficiente como para saber que, es perfectamente capaz de ahogarse solo por orgullo.

El mar, sin embargo, no ayudaba a calmarme. En la superficie a veces veía… cosas. Sombras demasiado grandes, formas que se movían con una suavidad demasiado consciente. Cada vez que alguna pasaba bajo el casco, la thalassia vibraba un poquito. Y yo… pues yo prefería ignorarlo por completo. No tenía ganas de empezar a imaginar tentáculos gigantes jalándonos al fondo del océano. Mi cerebro ya se sugestionaba solito.

Dormir tampoco me había servido. Las últimas noches habían sido un desfile de sueños raros: una isla escondida entre una neblina casi sólida, tan espesa que parecía respirar; un laberinto que se movía como si tuviera vida; pasillos infinitos que se cerraban detrás de mí. Y siempre, siempre, un eco que no lograba descifrar. No sé si era una advertencia o solo mi mente volviéndose loca.

Y luego estaba Milo. Milo… y su ilusión.

Ya lo he pensado mil veces: sí, hubiera sido peor decirle lo de su hermano. Hubiera explotado, se hubiera derrumbado o me hubiera odiado para siempre. O las tres cosas juntas. Pero igual sé que no puedo dejarlo viviendo con una esperanza que no existe. No puedo cargar eso para siempre. En algún punto voy a tener que decírselo. Lo sé. Y es un pensamiento que me revuelve el estómago.

Suspiro.

Me siento contrario con todo últimamente. Como si nada terminara de acomodarse dentro de mí.

Miro el mapa otra vez. Marca una cueva submarina —la más cercana— y ya llevamos un buen rato sin ver tierra. Lo único que veo es agua, más agua, y la sensación constante de que este barco va por donde quiere. Como si nos estuviera secuestrando con mucha suavidad.

Detrás de mí escucho voces elevándose. Raya y Evanna. Otra vez.

Me giro y las veo discutiendo —otra vez por algo del equipaje, creo, o del inventario del barco—. Evanna está al borde de explotar, y Raya está, como siempre, demasiado tranquila para no hacerlo a propósito. No lo voy a negar: me da risa verlas pelear. Bueno, discutir más bien. Es de las pocas cosas que me distraen de no pensar en mi muerte inminente.

Al final me separé un poco del barandal y fui hacia Milo. Estaba sentado en la cubierta, separando hojas y raíces en pequeños montoncitos como si fueran tesoros frágiles. Tenía la lengua asomada entre los dientes —siempre hace eso cuando se concentra— y ni siquiera se dio cuenta de que me acerqué hasta que me quedé ahí, parado, viéndolo sin realmente verlo.

Porque la verdad… mi mente estaba en otro planeta. En Aether, en Basil, en él, en mí, en todo lo que no sé manejar.

Milo levantó la vista, frunciendo el ceño un segundo.

—¿Estás bien? —preguntó—. Pareces… no sé, ido.

No supe qué decir, así que solo me encogí de hombros y me dejé caer frente a él. La madera estaba tibia bajo mis piernas.

—Oye… —insistió—. ¿Cómo era tu vida antes de Asterion?

La pregunta me tomó medio desprevenido. Me rasqué la nuca y exhalé.

—Pues… normal supongo. Crecí en un orfanato —dije, y esa palabra siempre me sabe a hierro—. Había un niño ahí, Basil, de cinco años. Era… mi único amigo. Le encantaban mis dibujos. Todavía me acuerdo de cómo se le iluminaban los ojos cada que hacía algo con colores.

Él sonrió un poco, como si pudiera imaginarlo.

—¿Y luego?

—Luego entré a la escuela de artes. Pintura, dibujo, danza, teatro, cosas así. Era lo único que me hacía sentir… bien. Como si pudiera organizar el caos dentro de mi cabeza, ¿sabes? —me quedé mirando mis manos—. Pero desde que llegué a Asterion… no he dibujado nada. Nada —repetí algo aturdido, pues acababa de caer en cuenta de ello—. Ni siquiera he tocado mi cuaderno.

—¿Por qué?

—No sé —murmuré—. Siento que todo está tan… encima de mí, que se me olvida quién era antes, pero creo que lo traje conmigo.

Me incliné hacia atrás buscando la mochila, y cuando la encontré, abrí el bolsillo frontal. Ahí estaba: el cuaderno de pasta negra, un poco doblado y con manchas de sal por la bruma del mar.

—¿Quieres verlos? —pregunté, sin saber si me daba pena o gusto compartir eso.

—Claro —aceptó Milo, acomodándose con una emoción tranquila que se le notaba en los ojos.

Lo abrí. Las primeras páginas tenían criaturas que Milo sí reconocía: un hipocampo, una quimera, una gorgona, un lestrigón. Y luego venían otras. Ojos múltiples, plumas que parecían hechas de sombra, criaturas mitad mar y mitad… algo. Milo las señalaba una a una.

—¿Y estas? Nunca las había visto.

—Pues… —me encogí un poco—. Son sueños. Solo dibujaba lo que soñaba. Siempre soñaba cosas rarísimas. Supongo que eran mis musas gratis.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.