El Corazón De Kymira

14.- UN FAVORCITO DIVINO

Me asqueaba el hecho de pensarlo incluso, pero es de valientes admitir que uno también se equivoca. Y si, admitía que no había sido tan malo que Riven viniera con nosotros. Bueno digo, no cualquiera sabe cómo hacer una red de pesca.

Aunque jamás lo pronunciaria en voz alta, y menos cuando ni siquiera hablábamos. Cada uno estaba en su mundo y eso era lo mejor. Ni el me miraba, ni yo le dirigía la palabra.

Decidí ignorar el pensamiento estúpido sobre Riven —porque no, no iba a aceptar que lo había considerado útil ni, aunque el mar se secara— y me obligué a concentrarme en algo que sí podía controlar: mi cuaderno.

Las páginas estaban todavía húmedas por la bruma salada, pero aun así seguí trazando las siluetas de las criaturas que vimos en la laguna. No sabía si las estaba dibujando para documentarlas o para convencerme de que de verdad habían existido.

Las curvas de las aletas, los ojos enormes, la piel traslúcida… todo eso me hacía recordar también a Aether.

Me preocupaba más de lo que quería admitir, pero preferí pensar que logró salir. Que, en algún punto del futuro, quién sabe cuándo, nos íbamos a volver a encontrar. Y que probablemente, él haría un comentario irónico sobre cómo me meto en problemas solo. Con suerte, estaría vivo para devolvérselo.

—Wow… dibujas muy bien —dijo Milo de pronto, acercándose con esa sonrisa tímida que le quedaba bien.

—Gracias —murmuré, sin saber bien qué hacer con el cumplido.

Nunca me gustó el papel de “hermano mayor” en el orfanato. Nunca me salió natural, pero con Milo… no sé. Había algo en él que hacía que quisiera cuidarlo. Aunque todavía me pesaba la mentira que le dije sobre su hermano. Era como una de esas cosas que se te quedan atoradas en la garganta cuando intentas dormir.

Antes de que pudiera seguir pensando en eso, escuché voces elevadas desde el interior.

—¡No puedo creer que estemos secuestrados por un barco! —gritó Evanna, saliendo casi empujada por Raya.

—No estamos secuestrados —refutó mi amiga, igual de molesta—. Si el thalassia está haciendo esto, es porque tu papá se lo ordenó. Seguramente Hermes le dio la instrucción de dejarnos a la deriva.

Riven, que hasta ese momento había sido una estatua perfectamente esculpida al fondo de la cubierta, habló con toda la naturalidad del mundo:

—Tiene razón.

Me quedé quieto. Era la primera vez que le escuchaba la voz en… ¿qué? ¿horas? No, más. Desde la tarde del día anterior, la noche entera y casi todo el día. Un récord personal, supongo.

—¿Por qué? —pregunté, sin poder evitar mirarlo. Mi voz salió medio áspera, como si hubiera olvidado cómo dirigirme a él.

Riven cruzó los brazos.

—Lian nos dijo que Zeus ordenó a Hermes retirarles el apoyo. Y que, como parte de eso, le indicó al thalassia que dejara de obedecerlos —nos explicó, aun haciendo su red—. Por eso estábamos tan sorprendidos de verlos. Significa que este barco sí obedeció la orden… pero eligió no abandonarlos por completo.

—Ah —exclame, dejándome caer contra la borda—. Entonces… supongo que te debemos todo a ti, Thalassia. De verdad, no sabes cuánto te amo, preciosa.

Parecía uno de mis típicos comentarios sarcásticos, pero lo decía en serio. No era mi culpa que así hablara normalmente.

Esta se inclinó apenas, como un asentimiento suave que me tomó totalmente desprevenido. No fue una ola. No fue el viento. Fue… ella. Una respuesta. Entonces lo entendí: el barco estaba vivo. No metafóricamente. Vivo de verdad. Y me amaba.

Raya y Evanna siguieron discutiendo a mi espalda, pero yo preferí volver a mis dibujos. Me relajaba trazar líneas, aunque el mundo estuviera de cabeza.

—Lex… —susurró Milo—. Voltea. ¿Qué es eso?

Alcé la vista.

En el horizonte había… algo. Una sombra redonda, flotando sobre el mar, demasiado sólida para ser niebla y demasiado inmóvil para ser una nube. Me acerqué a la borda y entrecerré los ojos.

Era una isla completa… suspendida.

Busqué entre mis recuerdos. Mitología, relatos, historias…

—Chicos… —los llame, señalando la impresionante isla—. ¿Es lo que creo que es?

Yo pensé que Raya sería la primera en contestar, pero no.

—Sí —respondió Riven, colocándose a mi lado—. Parece que sí lo es.

Raya llegó corriendo con el mapa en su mano, respirando agitada.

—Es Delos —aseguró—. La isla donde nacieron Apolo y Artemisa.

Evanna dio un paso adelante, y por primera vez la vi interesada.

—Deberíamos ir a revisar. ¿Y si hay algo útil? ¿O algún templo?

—No —interrumpió Riven, firme—. Ya estamos atrasados. No podemos permitirnos desvíos. Con el mar nunca se sabe, en cualquier momento podría arrojarnos una tormenta.

Tenía razón. Claro que tenía razón, pero por alguna razón absurda —quizá porque llevaba casi un día entero sin hablarme—, quise llevarle la contraria.

—Podríamos ir un momentito —sugerí, con toda la falsa inocencia del mundo.




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