Odiaba sudar, y al parecer era lo único que mi cuerpo sabía hacer en estos momentos. La fiebre tampoco ayudaba; cada latido me hacía sentir más pesado, como si alguien me hubiera rellenado con arena caliente.
Me habían obligado prácticamente a pasar la noche —y lo que iba del día— acostado. Insistí en que no era necesario ir a la isla de Circe, pero todos votaron que sí, porque claro, ¿qué podía saber yo de mi propio cuerpo?
Y para colmo, la thalassia parecía estar de acuerdo con ellos. Últimamente el barco tenía más voluntad que yo.
Me incorporé con cuidado, sintiendo cómo cada músculo protestaba. Era un dolor tenue pero constante, como si mi cuerpo quisiera recordarme que seguía en huelga. No sabía si era por la fiebre, mi sangre divina actuando raro… o un efecto secundario de haber existido, simplemente. Pero podía ponerme de pie. Eso era suficiente. O eso quería creer.
El thalassia volvió a tambalearse, más fuerte que antes. No sabía si era el barco o si era yo el que ya no distinguía nada. Me acerqué a la ventanilla, apoyando mi cuerpo contra la madera fría para no hacer el ridículo desmayándome a medio camino. El aire que se colaba se sentía pesado y húmedo. Afuera, el cielo estaba color hierro, cargado de nubes oscuras que parecían hincharse con cada segundo, como si un monstruo del mar las estuviera inflando desde abajo.
—Valimos —murmuré.
Y ya estaba cansado de decir esa palabra, sin embargo, parecía la frase oficial de todos mis días en este mundo. A lo mejor era porque solo llevaba tres semanas siéndolo, pero ser semidiós era mucho más complicado de lo que nadie te decía en el folleto de bienvenida.
El barco se sacudió otra vez, haciendo que tuviera que sujetarme de la ventana. Y entonces escuché la puerta abrirse.
—¿Qué estás haciendo? —la voz de Riven entró al cuarto antes que él.
Me giré apenas. No esperaba verlo ahí. Mucho menos… así. Él, que odiaba desviarse, las distracciones, los retrasos y los desvíos innecesarios… también había insistido en ir a la isla de Circe. Quería pensar en eso, en qué significaba, pero el dolor punzante en mis sienes hacía imposible procesar cualquier cosa más allá de mi propio pulso.
—Ya me siento bien —mentí, con una sonrisa que seguramente provocaria lástima a cualquiera que la viera—. Mejor que bien. Hasta puedo sostenerme solito.
Solté la ventanilla para probarlo, levantando las manos como si fuera un niño tratando de impresionar a un maestro de primaria. El thalassia eligió ese momento exacto para inclinarse con más fuerza. Mi estómago subió, mis rodillas cedieron y el mundo dio un giro que no estaba en el itinerario.
Pero no caí.
Un brazo firme me agarró por la cintura antes de que mi cara hiciera contacto con el suelo. Riven. No sabía cómo había llegado tan rápido, pero ahí estaba, estabilizándome con una facilidad que me dio más vergüenza que alivio.
—Eres un tonto —murmuró, arrastrándome sin esfuerzo hacia la cama—. Si sigues levantándote, vas a tardar más en curarte.
—Tienes razón… —resoplé, dejándome caer en el duro colchón como si fuera una cama de plumas
Y ahí estaba. La segunda vez en menos de veinticuatro horas que admitía que Riven tenía razón. No sabía qué me irritaba más: que estuviera en lo cierto o que yo lo aceptara sin pelear.
Pero tampoco tenía energía para pensar demasiado en eso. La fiebre hacía que mis pensamientos se disolvieran antes de terminar de formarse, como tinta en agua caliente. Apenas pude cerrar los ojos mientras él acomodaba la manta sobre mí.
—No te levantes otra vez —me ordenó, más suave.
No contesté. No podía. Aún así, pude percibir cómo su mano rozó un segundo mi frente, como probando la temperatura… o asegurándose de que realmente me había rendido. Y aunque no debería haber notado nada más que mi propio malestar, una parte de mí registró la calidez de ese gesto como un punto quieto entre tantas turbulencias.
Riven soltó un suspiro, como si estuviera a punto de anunciar una desgracia mayor.
—Te tengo que cambiar las hojas.
—¿Qué? No. No, no, no. —Negué con la cabeza, alarmado—. Yo puedo hacerlo solo.
La última cosa que quería era tener a Riven metiendo las manos ahí. Me parecía suficiente humillación haber estado sudando como un cerdo frente a él; no necesitaba agregar esto a la lista.
—¿Y Evanna? —pregunté rápido, buscando una salida digna—. ¿Está bien? Ella siempre lo hacía.
—Está ocupada —respondió él, cruzándose de brazos por un segundo—. Lo están preparando todo para ajustar las velas si se viene la lluvia. Raya me envió a mí, la dejaste a cargo.
Eso me tomó desprevenido.
—¿Yo la dejé a cargo? —repetí, tratando de recordar.
Riven asintió, con ese tono de “sí, eso hiciste mientras delirabas”.
—No hacerle caso a Raya cuando está estresada es como firmar tu sentencia de muerte —dije, porque era verdad.
—Exacto. Así que cállate y déjame trabajar.
Hice una mueca, pero obedecí. Me desabotoné la camisa con torpeza, percibía el calor pegado a mi piel como si llevara puesta una capa de vapor. Cuando terminé, cerré los ojos. Parte porque estaba agotado, parte porque la fiebre me tenía nadando en un pantano mental… y parte porque no quería ver a Riven tan cerca. Tocándome. Eso era demasiado.
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Editado: 06.01.2026