El mar rugía con la intensidad de mil huracanes y la lluvia caía con una delicadeza casi amenazante, pero estábamos bien. O lo mejor que podríamos estar al menos. La cosa aún no se ponía lo suficientemente fea.
Sabía que nos quedaban escasas horas de tranquilidad, pues nos faltaba poco para adentrarnos al mar muerto. La zona donde según me comento Circe ni siquiera Poseidón tenía dominio. En cuanto a esta última, nos ayudó a retomar el control del thalassia, por lo cual habíamos avanzado mucho más rápido en las últimas horas.
Cuando regrese, los chicos ya estaban despiertos y listos para partir. Entendía por qué la desconfianza, pero aun así no deje de agradecerle a la hechicera que nos había recibido con los brazos abiertos
Ahora solo estaba viendo la belleza nocturna del cielo esa noche. La combinación entre las nubes de tormenta, la enorme luna plateada y esa brisa que helaba la piel, me distraían un poco de todo lo que habíamos hablado con Hécate. Sabía que ahora tenía que estar más alerta que nunca, no sabría qué pensarían de mi si se enteraran, y tampoco quería lastimarlos si perdía el control.
Voltee a ver a Riven quien dirigía la thalassia, yo me había ofrecido a tomar la primera guardia para acompañarlo. No porque quisiera estar con él, sino porque realmente mi mente estaba más agitada que la marea en esos momentos. No podía parar de pensar en lo peligroso que podía resultar todo aquello.
Ninguno quería dejarme pasar por ello, seguían insistiendo en que debía permanecer acostado, pero no podía. Les mentí diciéndoles que no volvería a tener inconvenientes con la herida, más por su tranquilidad, que porque realmente quisiera hacerlo. Lástima que mi cuerpo no se la hubiera creído. Como Circe prometió, parecía estarme recuperando en una rapidez considerable. Sin embargo, la herida comenzaba a punzarme nuevamente. No lo suficiente para preocuparme, pero si para convertirse en una molestia.
El mar seguía gruñendo debajo de nosotros, como si quisiera recordarnos que estábamos ahí solo porque el lo permitía. Riven llevaba ya rato sin decir palabra, concentrado en el rumbo, con esa cara suya entre aburrida y molesta que parecía permanente. Hasta que, de la nada, rompió el silencio.
—Me sorprende que estés callado —murmuró, sin apartar la mirada del frente—. Sueles hablar… bastante.
Lo dijo tan tranquilo que por un segundo pensé que había escuchado mal.
—¿En serio? —resoplé, con una sonrisa cansada—. Y yo que creía que preferías mi silencio. Digo, considerando que cada vez que abro la boca pareces querer… no sé, estrangularme.
Eso sí lo hizo girar apenas el rostro, lo suficiente para que la luna le marcara la expresión. No estaba molesto… más bien parecía divertido. Lo cual era más raro todavía.
—No te sientas tan especial —respondió—. Si quisiera estrangularte, lo sabrías. Hay personas a las que de verdad deseo enterrarles una de mis dagas o mi espada. A tí… no tanto.
Me reí bajito.
—Uf, qué honor. De verdad me conmueve no estar en tu lista de prioridades homicidas.
—De nada —dijo él, encogiéndose apenas de hombros.
Seguimos un rato así, lanzándonos comentarios suaves, sin la necesidad de levantar la voz ni sonar a la defensiva. Era… extraño. No incómodo. Solo extraño. Eventualmente, la conversación se disolvió en un silencio más tranquilo que antes. Casi agradable. Casi.
Hasta que no aguanté la curiosidad.
—Oye… —me digne a hablar por fin, sin dejar de observar el horizonte—. ¿Ya estamos cerca de la isla de las sirenas?
Riven asintió, apoyando una mano en la madera húmeda del timón.
—Sí. Ella dijo que si tomábamos el camino corto tendríamos que pasar entre Escila y Caribdis. Y honestamente no quiero lidiar con ninguna de las dos a estas horas. Así que rodearemos. Nos tomará más tiempo… pero seguiremos vivos. Creo que es un buen trato.
—¿Y las sirenas?
—Dormidos no les afecta —murmuró, mirando hacia abajo donde los demás descansaban—. Pero igual ve y cierra la puerta.
No discutí. Bajé, aseguré la entrada y volví con las hojas que Circe nos había dado. Las separé y comencé a hacer pequeños taponcitos improvisados. El olor era fuerte, como hierbabuena mezclada con algo metálico.
Subí otra vez hasta donde estaba él y le extendí dos.
—Toma.
Riven ni siquiera giró la cabeza.
—No los necesito.
—Riven…
—El sello de mi madre neutraliza cualquier tipo de magia —explicó, con ese tono seco suyo—. Y aunque no lo hiciera, tengo suficiente autocontrol como para no caer ante un canto de sirena —por un momento había olvidado lo arrogantes que podían ser algunas personas—. Preocúpate por ti.
Rodé los ojos.
—Qué humilde. Nadie más como tú —la verdad me sentía algo molesto—. Creí que no eras lo suficientemente tonto y arrogante como para no hacer caso cuando alguien te advertía.
Le recordé lo que me dijo en la cueva, después de lo que sucedió con Aether y Lian. Él lanzó un suspiro entre fastidiado y… ¿resignado?
—No estoy siendo arrogante. Solo digo la verdad.
—Pues igual deberías tomar precauciones. Por si acaso —insistí, no muy convencido de que me haría caso.
—Alexander —dijo, esta vez más suave, aunque igual de firme—. Estoy bien.
No valía la pena pelear. Lo conocía lo suficiente como para saber cuándo no moverlo ni un centímetro.
—Como quieras —murmuré.
Me di la vuelta para bajar a cubierta nuevamente. Justo cuando estaba por dar el último paso, sentí que Riven iba a decir algo. El tipo abrió la boca apenas… pero al final la volvió a cerrar. Como si hubiera decidido tragarse las palabras antes de dejarlas salir.
#658 en Fantasía
#1013 en Otros
#58 en Aventura
mitologia dioses heroes, aventura humor amor tragedia, gays bl mitologia griega
Editado: 25.01.2026