Habíamos pasado horas navegando por el interior del océano, a través de las ventanas veía clases de peces que seguramente la ciencia no podría explicar. Todo era tan hermoso que por momentos me distraía de la tormenta, que en este momento azotaba con la fuerza de Heracles mi mente.
Todos estábamos en la parte central del submarino: Raya y Milo estaban entrenando con la espada, Riven no saltaba el timón, y tampoco dejaba de mirarme. Pero esta vez no lo mire ni para retarlo, como siempre lo hacía. Jamás admitiría que me habían dolido sus palabras. Él tampoco parecía tener la intención de retractarse, así que era mejor continuar como en un inicio. Ignorándonos.
Seguía molesto y herido, sin embargo, jamás le haría saber que tenía el poder de destruirme.
En esos momentos estaba dibujando otra de mis creaciones con una manta encima, esa explosión de sombras me había dejado más débil de lo que me podría imaginar. Sumándole que la herida dolía y sentía el ardor del veneno intentado derribarme, no parecía buena combinación, pero no usaría el sello de Hécate, ni la poción de Circe. Aguantaría lo más que pudiera, si las usaba cada que el mínimo malestar me atacara, terminaría rompiendo la única barrera que tenía contra lo que había en mi interior.
Me retorcí sin querer al sentir otra punzada, aunque no lo suficiente para llamar la atención. Eso era lo único que no les dije, que esa herida jamás sanaría. Tenía la esperanza de que lograría hacerme amigo del dolor.
—¡Por Hades! —exclamó Raya y hasta ese momento note que estábamos ante la entrada de la cueva—. Hemos llegado.
Me levanté y la herida casi me hizo caer, sin embargo, me recompuse al instante. No dejaría que me venciera.
Caminé hacia donde estaban ambos admirando, y me sorprendí al ver lo oscuro que se veía todo en su interior. Esta parte del mar estaba inhabitada, parecía que todo en ella gritaba: ¡Aléjense!
Y que hicimos nosotros, claro, ir hacia allí.
De pronto todo se escureció, y un resplandor azul inundo la estancia. La luz irradiaba de mí, me pregunte si acaso me estaba convirtiendo en una linterna, pero no, solo era la llave en mi cuello que comenzó a palpitar al ritmo de mi corazón.
—¿Por qué está haciendo eso? —pregunto Milo con curiosidad, mientras tocaba con las yemas de sus dedos el artefacto.
—Debió reconocer el lugar —explico Raya—. Según lo que leí del libro ese… —la miré con una ceja alzada—. Si Alexander, a veces leo. Si dices algo yo misma te aviento a la serpiente la próxima vez —otra amenaza, y yo solo levante los brazos en modo de rendición. En ese instante, otra punzada más me ataco—. Bueno, según lo que leí, la llave ilumina el camino, porque es una clase de laberinto submarino que cambia de forma y es imposible cruzar sin ella.
—Genial. Otro laberinto cambiante —bufó Riven, y yo decidí no girar a verlo.
—Suena increíble —Milo parecía demasiado emocionado, me alegraba que no le hubiera pasado tanta factura la muerte de Evanna, aunque aún no podía imaginar lo que sentiría al saber la verdad sobre su hermano—. Cómo el de Hécate, ¿No Lex?
—Algo así.
Solo se veía el camino gracias a las luces del thalassia, sin duda no era nada parecido. Aquí todo era rocas y moho marino, y el otro, era todo plantas y raíces.
—Hécate es la diosa de los caminos y las cruzadas —añadió Raya—. Seguramente nos estuvo cuidado, o de otra forma ya estuviéramos muertos.
Quise decir que exactamente fue eso lo que paso, pero desgraciadamente la voz de Riven volvió a alzarse sobre el silencio.
—El timón ya no me responde.
Advirtió con tanta tranquilidad que por un momento no comprendí la magnitud del problema, hasta que me vi siendo arrastrado por Raya hacia él. En cuanto llegamos me mantuve lo más alejado que pude, sin embargo, me sorprendió ver como quito sus manos con rapidez, como si la madera lo hubiese quemado
—¿Qué sucedió? ¿Por qué lo soltaste idiota? —Raya, que seguía enojada con él, preguntó con poco tacto.
—Descúbrelo por ti misma.
La invito a tomar el control del thalassia. Estuve a punto de decirle que no lo hiciera, pero mi cerebro no actuó tan rápido y cuando mi voz salió sus manos ya estaban tocando el timón. Ella soltó toda clase de groserías, que me sorprendía que se supiera.
—No toques eso —regañe a Milo, cuando vi la tontería que estaba por hacer.
—Debemos pensar en algo —dijo Raya, mientras seguía sobándose su mano—. Porque eso no se ve bien.
Señalo al gran ventanal que teníamos enfrente y en efecto, comenzaba a ponerse feo. Al parecer estábamos por entrar al laberinto, y me lo confirmo que la llave comenzara a parpadear con más fuerza.
—Ya valimos.
Esa era mi frase insignia en esta misión.
—No, no moriremos aquí.
Riven se adelantó y tomo el timón como si pudiera domarlo, vi como su cara se descompuso por el dolor, sin embargo, no lo soltaba.
—No seas tonto —le advirtió Raya, pero parecía más aferrado a ese timón, que yo a la idea de que no pertenecía a este mundo—. ¡Suéltalo! ¡Tus manos!
Intentaron empujarlo. Gran error. Su cabezota no era lo único de piedra que tenía.
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Editado: 25.01.2026