La brisa marina golpeaba mi rostro con una suavidad inhumana, otorgandome la sensación de poder tocar con mis manos aquello a lo que todos llamaban paz.
El tiempo libre me estaba volviendo poeta o algo parecido, aunque realmente creía que era mi mente tratando de ignorar todos los sucesos traumatizantes de los últimos días. Ya habíamos salido a la superficie, después de un lapso enorme de estar sumergidos. Riven sugirió que sería mejor atravesar el tormentoso mar desde abajo, y no me opuse. No quería pensar más.
Vi la isla de las sirenas quedarse atrás, con la diferencia de que esta vez todos teníamos los tapones. El thalassia iba a viento en popa, rompiendo el mar como si también estuviera cansado de esta aventura y le urgiera tocar las tierras de Las Bahamas nuevamente.
No pregunté quién me sacó de los escombros. La verdad es que… no tuve el valor. Parte de mí cree que fue Raya, porque ella siempre tiene ese instinto de saltar cuando alguien está en peligro, aunque sea un idiota traumado como yo. Pero no quise confirmarlo. No sé si por miedo a equivocarme… o por miedo a tener razón.
Mis dedos encontraron mi colgante —el guardapelo— y lo sostuve con más fuerza de la necesaria. A veces se sentía tibio, como si respirara conmigo. Ahí dentro estaba la esencia del Corazón de Kymira, latiendo como un recordatorio constante de todo lo que no podía seguir ocultando.
He estado pensándolo desde que desperté, incluso antes de que pudiera mantenerme en pie. Creo que ya tomé una decisión.
No puedo seguir mintiéndoles a los chicos. Les voy a decir la verdad. Y dependiendo de cómo reaccionen… sabré si pueden formar parte de mi plan o no.
Pero por alguna razón, no encontré el momento perfecto. Supongo que nunca hay uno.
Los busqué con la mirada. Riven dirigía el Thalassia desde arriba, concentrado, con la misma postura recta y confiada de siempre, solo que ahora con el cabello desordenado y siendo llevado por el viento. Raya estaba adentro, preparando algo de comer junto con Milo. Le había tocado a ella esta vez, aunque odia cocinar. Por eso alguien siempre la acompaña; según sus palabras, la cocina y ella “no tienen un acuerdo pacífico”.
Yo aprendí a cocinar en el orfanato, por eso lo hacía casi siempre, y aunque nunca pensé que diría esto más de una vez, empezaba a extrañar mi vida de antes. Extrañar lo simple… lo normal. Extrañar no tener que preocuparme por el mundo en peligro o dioses conspirando.
Al final, me quedé solo con Riven. O bueno, él estaba ahí… pero había una distancia que ninguno de los dos parecía dispuesto a cruzar.
Podía sentir cómo de vez en cuando me miraba. Era ese tipo de mirada que se siente en la nuca y que te eriza la piel, aunque no quieras voltear. Pero no le hablé. Ni siquiera lo reconocí más allá de una mirada rápida. Seguía muy molesto con él, y tal vez él conmigo.
Y lo peor es que ya no sabía si tenía derecho a estarlo. Él me ocultó cosas, sí, pero yo también. Yo también estoy mintiendo. Yo también estoy metido en algo que ellos no saben.
La distancia ayudaría a que ninguno de los dos dudara de lo que tenía que hacer.
Aun así, sigo casi seguro de que el pelinegro sabía del plan de los dioses. Debía saberlo. Venía con Lian al final de cuentas. Y Lian no hace nada sin orden directa. Pero entonces pensé en Aether… ¿Él también sabría? Al menos debía intuirlo para advertirme aquello.
De Riven podría esperarlo; al fin de cuentas, siempre ha sido un enigma, alguien que vive a medias entre la lealtad y la obediencia. Alguien que jamás mostro que podía confiar en él. Pero Aether… Aether no.
Y si él no sabía, entonces había otra capa de secretos más profunda que todavía no entendía. Aun así, no podía dejar de pensar en el porqué de su advertencia.
En ese instante Milo me saco de mis pensamientos, pues salió de la cabina con una charola entre las manos, empujando la puerta con el pie.
—¡Comida lista! —anunció—. O bueno… comida más o menos lista.
Raya salió detrás de él cargando los platos con cara de “¿por qué me toca esto a mí?”.
—No sé por qué dices “más o menos” —refunfuñó—. Huele como si hubiera perdido una batalla.
—Es cocina experimental, gracias —respondió Milo, indignado.
—Experimental fue el volcán que casi nos mata ayer —dijo Raya—. Pero bueno, supongo que sobreviviremos a esto también.
Yo ya estaba moviendo la mesita improvisada, que en realidad era una tabla plegable que usábamos para almorzar cuando el clima lo permitía. La acomodé, quitando una cuerda que siempre se atravesaba.
—¿Necesitan ayuda o prefieren seguir insultando el menú? —pregunté.
—Ambas —respondió Milo, dejando la charola sobre la mesa—. Acomódala mientras Raya destruye mi autoestima.
Mi amiga puso los platos enfrente de cada lugar.
—No es mi culpa que cocinas con los ojos cerrados —lo provocó.
—¡Lo hago con el alma! —se defendió Milo.
—Pues que alguien le haga un exorcismo a tu alma —dije sin pensar, y Raya soltó una carcajada.
Riven apareció entonces, silencioso como siempre, deteniéndose al lado contrario de la mesa. Milo lo llamó con un gesto.
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Editado: 25.01.2026