El Corazón De Kymira

19.- ¡QUE ME PARTA UN RAYO!

Habían pasado dos días, y al fin se veían las Islas Bahamas en el horizonte. Hasta este momento pude respirar en paz, aunque sabía que esta cruzada no había terminado. Faltaba lo que consideraba era la parte más difícil. Enfrentar a los dioses.

Lo que restó del viaje no fue especialmente caótico. Nos enfrentamos a uno que otro monstruo marino —sombras enormes que se movían bajo el thalassia, criaturas que bufaban espuma negra antes de sumergirse otra vez—, pero nada realmente peligroso. Nada comparable a lo que ya habíamos visto. Era extraño… casi como si los dioses hubieran dejado de enviarnos obstáculos. Como si, de pronto, quisieran que regresáramos.

Y, debía admitir que, esa idea me inquietaba más que cualquier monstruo.

Aun así, la tranquilidad del mar azul me envolvía. El sol caía sobre la superficie como un mantel dorado, y por primera vez en mi vida no sentí que me quemaba. Antes odiaba esto: el reflejo del sol sobre el agua me recordaba que no podía disfrutarlo como los demás, que mi piel se apagaba, que me agotaba, que no pertenecía. Pero ahora que tenía el colgante que me dio Apolo, podía sentirlo sobre mis brazos, sobre mi cara, calentándome de una manera que jamás había conocido.

El sol ya no era mi enemigo. Y esa simple posibilidad me hacía sentir una paz ridícula.

Milo y Raya estaban detrás de mí, acomodando sus mochilas y revisando sus armas, preparándose para bajar del thalassia al fin. Yo ya tenía mis cosas listas desde hacía horas; no podía dormir por las noches, así que terminé ordenando todo una y otra vez, buscando cualquier excusa para ocupar mis manos, mientras mi cabeza seguía corriendo sin frenos.

Riven estaba al timón, controlando la dirección con esa calma distante que siempre parecía traer puesta. No habíamos vuelto a intercambiar palabra alguna. Lo miré un momento. Tenía el ceño levemente fruncido, concentrado en la corriente, con esa postura recta que le daba un aire casi divino. Y yo… yo estaba nervioso. Mucho.

Algo en mí —un presentimiento, una intuición o tal vez mi paranoia habitual— me decía que sería yo quien tendría que entregar el Corazón de Kymíra en el Olimpo. No sabía por qué lo pensaba, ni de dónde venía esa certeza tonta e incómoda, pero la sentía clavada en el estómago.

Como si todo este viaje hubiera sido solo la antesala a ese momento. Como si, de alguna forma, yo ya estuviera marcado para ello.

Milo nos llamó de repente, con esa voz suave que rara vez usaba. Cuando volteamos, estaba de pie junto a sus cosas, con el cabello todavía húmedo por la brisa marina y una sonrisa nerviosa.

—Gracias —dijo—. De verdad, gracias por dejarme venir con ustedes a esta cruzada. Por protegerme. Y… por ayudarme también.

Raya bufó enseguida, cruzándose de brazos como si Milo estuviera exagerando.

—No te pongas sentimental —exigió ella, mientras se acomodaba su rebelde cabellera—. Ya se acabó esta aventura, sí, pero no es como si no fuéramos a vernos otra vez. No hagas de esto una despedida dramática.

—Raya —le recrimine, frunciendo un poco el ceño. Ella solo encogió los hombros.

Volví a Milo.

—Realmente, no fue nada. Gracias a ti también por confiar en nosotros para meterte en esta… cruzada.

La palabra se me acomodó raro en la boca, como si fuera demasiado grande para lo que éramos nosotros cuatro, y al mismo tiempo demasiado pequeña para todo lo que habíamos vivido.

Milo sonrió, genuino, con ese brillo en los ojos que siempre lo hacía parecer más joven.

Raya volteó hacia Riven.

—¿Y tú no vas a decir nada? —lo pinchó, casi divertida.

Riven parpadeó, como si recién entendiera que tenía que hablar.

—Hiciste tu parte —soltó seco, sin emoción, sin un matiz amable.

Milo lo tomó con gracia; yo, en cambio, pensé:

<<Tiene el tacto de una roca. Una roca antipática, además.>>

La costa apareció finalmente a nuestro lado. La misma isla de donde habíamos partido. Las mismas rocas, el mismo olor a sal y a hojas húmedas… pero yo ya no era el mismo que se había subido al thalassia.

Bajamos uno a uno. Raya saltó primero, Milo detrás, y Riven se adelantó para asegurarse de que el terreno estuviera firme. Yo me quedé hasta el final, con mi mochila al hombro y el pequeño cofre de madera entre las manos. Lo había encontrado en un compartimento, como si el barco supiera exactamente para qué lo necesitaba. Dentro guardé lo que quedaba del Corazón de Kymíra… su forma física, al menos.

Me giré hacia el barco.

—Gracias —murmuré.

El thalassia emitió un crujido suave, casi un suspiro. Una vibración en el metal, como si realmente me hubiera escuchado. Sonreí.

Me preparé para bajar. Riven, de pie en el borde, extendió una mano para ayudarme. Yo la ignoré, pues no quería darle la oportunidad de clavarme un cuchillo o algo parecido. Ya había bajado la guardia una vez con él, y eso no volvería a pasar.

Salté solo, cayendo sobre la arena. Sentí el peso de sus ojos sobre mí, pero no volteé. No quería. No podía. Y no entendía qué era exactamente lo que se revolvía dentro de mí. Ya ni siquiera sabía si estaba enojado, frustrado, confundido… o todo mezclado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.