Llevaba tres días en Asterion y no sabía si prefería seguir navegando por los mares divinos o que Zeus me hubiese partido con un rayo.
Tal vez estaba exagerando, pero nada de lo que estaba pasando tenía el total sentido. Después de horas de meditarlo llegue a la conclusión de que no era tan malo el castigo, considerando el historial de los dioses, sin embargo, algo no encajaba. Era demasiado frívolo y vacío como para ser suficiente a la furia que todos mencionaban que le provoque a Zeus. Algo no se sentía bien.
Para empezar, teníamos a que Lian y compañía se estuvieran paseando como los héroes del olimpo, que igual no tenía problema con ello, pero si meditaba que tan bien podría sentirse esa gloria ajena. Lo que me reconfortaba de eso, era que al menos a mis amigos si les estaba yendo bien; Raya y Milos fueron reconocidos por sus padres, algo pocas veces visto al parecer. Riven recibió una espada de su madre, y aunque estaba molesto con él me alegraba.
Después teníamos a Aether, pavoneándose en su ego como el resplandeciente sol que era. ¿Me dolía? Tal vez. Resulta que prácticamente perdió todos los recuerdos que me incluian en la laguna y ahora era un completo desconocido. Lo que me hacía cuestionar… ¿estaba dispuesto a apropiarse de algo que le perteneciera a alguien que no conocia? No lo sabía. Tampoco quería pensar demasiado en ello, pues sentía que mi corazón se estrujaba un poco. Y esta vez no era por la herida de la quimera en mi abdomen.
A veces era insoportable el dolor, pero siempre pasaba. Usaba el brebaje de Circe para calmarlo, no quería tocar más mi sello. Sentía que estaba lo suficientemente inestable como para tentar a mi suerte.
Suspire y deje ir la última flecha en el campo de tiro. Dio en la diana.
Vi como otros semidioses me miraban algo raro, mientras esperaban su turno, pero no les hice mucho caso. Al parecer ya me había acostumbrado a las miradas fugaces.
Dejé el arco de práctica en el soporte y acomodé las flechas, aunque antes de irme no pude evitar tomar una más. Solo una. La disparé sin pensarlo demasiado, dejando que el músculo hiciera lo suyo. La flecha voló recta, limpia… y cayó exactamente donde había caído la anterior, partiéndola a la mitad.
Perfecto. Y absolutamente inútil.
Había estado entrenando así los últimos días: tirando flechas, maniobrando lanzas y bastones, mejorando toda habilidad que fuera posible. Era la única forma en la que lograba soltar todo el coraje atorado, los pensamientos enredados, la sensación de no saber a dónde carajos ir con todo lo que había pasado. Y, aun así, nada se acomodaba dentro de mí.
Me limpié el sudor de la frente, y estaba a punto de marcharme cuando escuché una voz familiar.
—¿Siempre tan dramático, Lex?
Volteé y, honestamente, sentí como si el aire dejara de pesarme. Kael venía caminando hacia mí con su sonrisa brillante, esa que parecía heredada directamente del sol, y me extendió una manzana roja como si fuera un regalo divino.
—Para ti —dijo—. Y para que sepas que ni yo, siendo hijo de Apolo, logro partir flechas así. Qué humillante.
No pude evitar sonreír.
—Tuve buena maestra —respondí, pensando inmediatamente en Sylvia—. ¿No ha vuelto?
Kael negó con la cabeza, perdiendo un poco de su alegría habitual.
—No… aún no. Pero ya sabes cómo es. Puede cuidarse sola.
—Sí, ojalá esté bien —murmuré, sintiendo ese huequito incómodo de preocupación en el pecho.
Él me observó un segundo, como si leyera algo más profundo detrás de mis palabras.
—Oye, ¿te gustaría acompañarme al lago? Tengo que ir a pensar cosas de la vida… o algo así. Y tú… bueno, tú pareces necesitar un respiro.
La invitación me tomó por sorpresa. En realidad, no había hecho nada recreativo en días. Más bien había estado sobreviviendo emocionalmente, y haciéndome el sordo ante los cuchicheos a mi alrededor.
—Me encantaría —le dije.
Su sonrisa se ensanchó.
—Genial. Solo pasamos por Klaus en Luxion, ¿vale?
Klaus. El pequeño Klaus. Había olvidado cuánto cariño le tenía ese niño… y cuánto me había ayudado, sin siquiera saberlo, cuando hice mi ritual.
—¿Cómo está? —pregunté, mientras caminábamos.
—Bien. Aunque no ha dejado de preguntar por ti —río suavemente—. Dice que si ya volviste, que si estás vivo, que si vas por él… te juro que lo tengo que callar diario.
Me hizo gracia. Y algo en el pecho me calentó un poco.
—Entonces vamos —realmente me emocionaba verlo, me recordaba de manera inevitable a Brasil—. No quiero que me deje de querer tan rápido.
Caminamos juntos por el camino principal. Había miradas, sí. Cuchicheos. Gente intentando no ver directamente. Pero por primera vez en días no me importó. Kael hablaba de tonterías, hacía bromas, contaba cosas del campamento, y yo solo… respiraba.
Era fácil estar con él. Demasiado fácil.
El rubio y yo seguimos caminando, charlando como si nada en el mundo fuera urgente por un momento.
—¿Entonces Toante se cayó al río de verdad? —pregunté, sin poder contenerme.
Kael soltó una carcajada suave.
—¡De cabeza! Y según él fue culpa de algún dios del agua, pero todos vimos que simplemente no vio la piedra —hizo un gesto dramático—. El brillante heredero de Asterion, derrotado por una roca.
Reí. Hacía días que no me escuchaba reír de verdad.
—Y dime que no hubo canción después de eso.
Era bien sabido que los hijos de Apolo componian como si su vida dependiera de ello. Tenían una habilidad envidiable para las artes, que genuinamente anhelaba.
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Editado: 25.01.2026