El Corazón De Kymira

21.- VIP AL OLIMPO

Una vez a la semana a todos les llegaba correo de sus familias, patrocinado especialmente por el dios mensajero. Nuestro queridísimo Hermes.

Yo, como era de esperarse, pertenecía al selecto grupo que nunca recibía nada. Aunque, ahora que lo pensaba, ¿cómo era que sus padres se enteraban que tenían que separarse de sus hijos mitad divinos? Acaso lo sabrían desde antes de que nacieran.

Esa seguro sería una de las dudas existenciales que me atormentarían los próximos días. Debía ser difícil ver a sus hijos solamente en vacaciones o por lapsos muy cortos de tiempo en el año.

¿Mi madre lo sabría? ¿Le importaría acaso? Eso era algo que nadie más que ella podría responderme, pero en estos días que había tenido más tiempo de analizar todo lo que sucedió en ese viaje —especialmente lo relacionado a Hécate y sus confesiones a medias— caí en cuenta de algo: quienes fueran mis padres jamás tuvieron la intención de quedarse conmigo.

Decidí alejar esos pensamientos de mi mente. Me había auto impuesto la misión de pensar mayormente en cosas positivas o caería en la inminente locura, y no le daría ese gusto a Zeus.

Suspiré pesadamente sin dejar de ver el alboroto matutino, me lleve una manzana a la boca y le pegue una enorme mordida. Desde el primer día que pise Asterion me había resultado curioso que la fruta sabía extrañamente mucho mejor que la normal. Los de Gaia de verdad debían hacer un buen trabajo con sus cultivos, y había que admitirlo.

Desde la mesa de Pyra —a la que por fin podía sentarme sin que Toante me atravesara con la mirada— veía cómo los hijos de Hermes revoloteaban por todas partes, se dedicaban a repartir las cartas y paquetes que llegaban en el enorme camión de los miércoles. Al parecer eran demasiados, pues recorrían todo a gran velocidad, y se distinguían varios con su gorra de repartidores

Desayunar temprano se había vuelto mi pequeña rutina de paz. A esa hora el comedor nunca estaba lleno; apenas unos cuantos campistas desperdigados en las mesas, medio dormidos, medio vivos. A mí me gustaba así.

Le di otra mordida a mi manzana.

Desde que regresamos de la cruzada no había estado durmiendo bien; las imágenes que se repetian una y otra vez entre pesadillas no me lo permitían, así que por lo regular desayunaba antes que nadie. Un punto positivo de ello es que aprovechaba para empezar a entrenar desde temprano, y estaba rindiendo frutos, puesto que, cada vez mejoraba más. Raya y Eron siempre me acompañan en comida y cena, pero las mañanas… las mañanas eran son solo mías.

Además, ahora me instruyo con Brither, un chico de la Casa Nixion. Es bueno, y sobre todo paciente. Lo cual me resulta mucho mejor que entrenar con Riven, especialmente ahora que… bueno, que ya no tengo que enfrentarlo a diario por su castigo. Y aunque ya no siento esa necesidad absurda de demostrarle que valgo o si quiera dirigirle la palabra, se agradece no verlo desde que el sol sale.

Mientras pensaba en ello —y de manera inconsciente— en lo que había sucedido en la noche de películas, escuché que alguien se detenía justo frente a mí.

Era uno de los hijos-repartidores de Hermes. Quien sonreía, ligeramente agitado.

—Alexander Krane, ¿verdad? —asentí, confundido—. Tienes correspondencia.

Me quedé con la mano en el aire. Eso no pasaba. Nunca pasaba.

—Esta vez todos tienen —explicó el chico, como adivinando mi cara—. Al parecer… llegaron invitaciones del Olimpo. Lo dice el sello.

Me entregó el sobre, inclinó la cabeza en un saludo y salió volando a la siguiente mesa. Literalmente. Descubrí el secreto de su rapidez, cuando note que todos tenían unos tenis con alas que los hacían ir mas rápido.

Después de curiosear, me quedé mirando la carta como si fuera a explotar. Admire el sobre como si tuviera veneno. Hermoso veneno, para ser exactos: el sello dorado brillaba demasiado para ser confiable.

—¿Qué es esto?

Si acaso Zeus era bipolar. O tenía amnesia selectiva. ¿No era él quien me había corrido del Olimpo? ¿No fue su rayo el que casi me parte en dos cuando me ordenó “jamás regresar”? Pero claro, ahora me mandaba una invitación muy cordial.

<<Disociación divina, le dicen.>>

Lo primero que pensé fue que se habían equivocado. Tal vez era para algún Crain, o Crane, o Krayne, o lo que fuera. Pero no: ahí estaba. Mi nombre completo, muy bonito en tinta negra:

Alexander Krane.

—Perfecto —murmuré—. Confirmado: los dioses son bipolares.

Intenté comer de nuevo, pero la espinita de curiosidad me picaba insistentemente. Al final suspiré, dejé mi manzana y rompí el sello. Tenía la forma de un rayo rodeado por ramitas o laureles, supongo que ellos los llaman así porque suena más épico.

Saqué la carta.

Las letras doradas casi sangraban elegancia divina.

“Por decreto del Consejo Olímpico, todos los semidioses están cordialmente invitados el día 14 de diciembre…”

Me detuve. Parpadeé y volví a leer, puesto que, aunque ya estaba en paz con el castigo que se me impuso, aquello era demasiado coincidencia.

14 de diciembre.

—Oh —susurré—. Qué bonito. Es el día de mi cumpleaños. Qué coincidencia tan bien planeada y nada inquietante.

Seguí leyendo.

“…para una celebración en honor a los vínculos entre el Olimpo y sus descendientes. Se requiere vestimenta formal.”




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