La conmoción no había pasado del todo, pero me obligue a forzar mi mejor sonrisa. No iba a darles el gusto de verme derrotado. Es más, ya no les iba dar el gusto de volverme a ver.
Tal vez todo era producto de un arrebato de despecho; aun así, la decisión ya estaba tomada. No pertenecía a este mundo, y me iría. No era tan ingenuo como para no anticipar que el Olimpo o los monstruos iniciarían una carrera por llegar primero hasta mí. Lo del corazón era una bomba de tiempo a punto de estallar, y cuanto más lejos estuviera, mejor.
Una parte de mí se negaba a aceptar que lo de Aether me había afectado, era muy tonto. Demasiado tonto diría yo. Sin embargo, aquí me encontraba, apenas cuchareando el enorme plato frente a mí.
Raya no me dejó siquiera acercarme a la mesa de los semidioses no reconocidos. Apenas intenté tomar camino hacia esa parte del comedor, me jaló del brazo sin preguntar y me sentó con ella en la mesa de los hijos de Ares. Y gracias a los dioses —a todos, incluso a los que me odian—, él no estaba ahí. El dios de la guerra estaba en la mesa de los Olímpicos, donde todas las divinidades parecían mirarnos como si fuéramos piezas de un tablero que no habían pedido.
Yo, en cambio, me sentía ajeno. Como si estuviera comiendo en una mesa que no me pertenecía, en un lugar que no me pertenecía, en un mundo que no me quería aquí.
Claro que Raya no sabía. No tenía cómo saberlo.
—Perdóname —me dijo en voz baja, como si no quisiera que nadie más la escuchara. Era raro escucharla así de suave.
—No pasa nada —respondí, forzando una media sonrisa.
Al final ninguno de nosotros tenía opciones. Todos obedecían lo que el Olimpo ordenaba, punto.
Petra se había ido con los demás. Y por un lado quería irme con ella… sentarme a su lado, no tener que fingir nada, no hacerla preocuparse. Pero tampoco quería lastimar a Raya, o que pensara que estaba enojado con ella. Petra lo entendió a la perfección.
Noté también a Aether en su mesa. Disfrutando del momento, y riéndose como solo él podía hacerlo. Rodeado de sus amigos como si nada hubiera pasado. De vez en cuando levantaba la mirada hacia mí, pero yo no se la devolvía. No quería más silencios incómodos. No quería más cosas a medias. Si de verdad quería hablar conmigo, que se acercara. Que no se escondiera detrás de una mirada fugaz cada vez que creía que yo no notaba.
Todos tenían una obsesión ridícula con las miradas últimamente. Como si fueran una especie de idioma que solo yo entendía. Como si la gente no pudiera simplemente venir y decir lo que siente.
Aether era así. Y Riven también.
Aunque, siendo honesto, Riven tenía más valor. Era más directo. Más frontal. Y si Aether seguía actuando así, bueno… probablemente era porque le habían borrado la memoria. O porque nunca supo cómo acercarse. O porque ya no había nada que acercar.
La verdad, ya no sabía qué pensar.
Raya me interrumpió antes de que mi mente siguiera en ese espiral.
—¿Estás bien? —me cuestionó.
Últimamente era la pregunta más común. Y la que menos sabía responder.
—Sí —dije. Y era mentira. Tomé aire, pues sabia que si no aprovechaba ese arranque de valentía, jamás me atrevería a hacer lo que ya había decido—. Solo creo que ya tomé una decisión. ¿Podemos hablar afuera?
Ella me estudió un segundo y asintió.
—Déjame avisarles a los chicos —murmuró, empujando el plato hacia adelante y poniéndose de pie.
Yo hice lo mismo. Le agradecí a los demás chicos de la mesa. Todos dijeron cosas como:” nos vemos luego”, “regresa temprano”, “descansa”. Pero yo sabía que tal vez no los volvería a ver. Ese “luego” tenía los minutos contados.
—Nos vemos hermano. No hagas nada que yo no haría.
Una punzada se clavó en mi pecho, y esta vez no la causo el veneno de la quimera. Fue por escuchar a Eron llamarme así, y no poder despedirme como era debido.
Mientras caminaba detrás de Raya, una idea me golpeaba la cabeza una y otra vez:
<<Le voy a decir lo que hice con el corazón. Todo. Sin suavizarlo. Sin esconder nada.>>
Si Raya se enoja, me rechaza y deja de confiar en mí, entonces no me quedará nada por lo cual quedarme en Asterion. Y así, cuando me vaya, no habrá nadie que me duela lo suficiente como para detenerme. Aunque no puedo dejar de pensar en Selene, Kael y Klaus, me lastima no poder despedirme tampoco de ellos. Los tres se encontraban con sus respectivos padres, así que acercarme no era una opción, y tal vez eso era lo mejor.
No pude evitar voltear hacia la mesa donde estaban los dioses. Hablaban entre ellos como si nada hubiera pasado, como si nuestras vidas fueran anécdotas divertidas para la sobremesa.
Dioniso, por supuesto, era el alma de la fiesta. Tenía una copa de vino en una mano, gesticulaba exageradamente y varios de sus hijos se reían como si estuvieran bajo un hechizo suave. Probablemente lo estaban.
Mi mirada se poso en la diosa de cabello rojo, que si no me equivocaba era Deméter. Persephone, su hija, me miró. No fue una mirada neutral. Fue odio puro, pero envuelto en algo extraño… como si hubiera un secreto enterrado debajo. Y yo ya no sabía qué había hecho para ganarme el odio de tantas personas en este lugar. Aunque ya no importaba. Porque me iba a ir.
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Editado: 25.01.2026