El Corazón De Kymira

EPÍLOGO

La nieve caía con una lentitud casi inquietante, formando a su paso un páramo helado que recubría los bosques salvajes y las pronunciadas montañas que me habían mantenido atrapado en su interior durante casi tres meses. Ya era principios de marzo y, con ello, se acercaba el final del invierno, dando paso al tan anhelado sol primaveral.

Vagué durante un tiempo sin rumbo; las intensas tormentas de nieve arrasaban con todo a su paso. Para este punto, creo que algún otro dios debió haber querido acabar conmigo, solo para no perder la costumbre. Después de todo, parece ser su actividad favorita. Me escondí en una cueva durante unos días; casi muero ahí, pero mi terquedad —y la comida que robé de Asterion— me ayudaron a seguir adelante. Además, un oso llegó tiempo más tarde a reclamar su cuarto de alquiler, así que no tuve más remedio que marcharme.

Caminé durante mucho tiempo, hasta que, en medio de la bruma, vislumbré una cabaña a la distancia. Aunque, en ese momento, lo único que realmente vi fue la luz que irradiaba. No sabía si se trataba de una ilusión de mi mente perturbada o de algo real; aun así, di un salto de fe y, a pesar de sentir mis piernas doblarse a cada paso, llegué casi arrastrándome hasta el pórtico.

Por un momento, estuve seguro de que ahí terminaría todo. No como un héroe, ni como un mito, sino congelado frente a una puerta que no tenía la obligación de abrirse. Mi cuerpo ya no me pertenecía; era un peso muerto hundido en la nieve. Las extremidades no respondían, el frío me comprimía el pecho y cada respiración era corta, torpe, insuficiente, como si el aire mismo se negara a entrar en mis pulmones.

El mundo se había reducido a esa puerta. A la madera agrietada. Al dolor punzante que me recorría el cuerpo con cada latido. Pensé en dejarme caer, en cerrar los ojos y permitir que el invierno hiciera el resto.

Pero entonces aparecieron ellos.

La imagen de Riven, de Raya, de Zeus, de Cassius y de todo el Olimpo riéndose de mí se filtró en mi mente, deformada y cruel. Riéndose de mi final absurdo, de mi fracaso. Aquella humillación fue lo único que logró atravesar el entumecimiento. Me obligó a moverme cuando ya no quedaba nada.

Cómo pude me arrastré hasta la puerta y golpeé la rígida madera agrietada, no con fuerza, sino con pura desesperación. Usé el último ápice de energía que me quedaba, sintiendo cómo algo dentro de mí se rompía, con la esperanza de que, si alguien vivía ahí, pudiera escucharme antes de que fuera demasiado tarde.

La puerta se abrió.

Y lo último que vi, antes de que la oscuridad me tragara por completo, fue a un hombre con una ballesta entre las manos, apuntándome directamente.

Aquel hombre —quien más tarde descubriría que se llamaba Jacobo—, junto con su esposa Amelia y sus mellizos, Richard y Lucie, me cuidaron hasta que la fiebre en mi cuerpo bajó y comencé a reaccionar. Como en los mitos antiguos, siempre eran personas como ellos quienes salvaban a los condenados a morir; aunque, en esos casos, solían ser bebés… y yo, digamos que ya había dejado pasar ese tren hace bastante tiempo.

Tardé tres semanas en poder mantenerme de pie por mi cuenta. Mi limitado inglés me ayudó a comunicarme con ellos durante los primeros días; con el tiempo, empecé a adaptarme un poco más. Claro que no les conté mi dramática historia llena de dioses olímpicos, cruzadas suicidas, monstruos mitológicos, ni decepciones tanto amorosas como amistosas. Por obvias razones sonaría patético, y si era sincero conmigo mismo, también como algo que me llevaría directo al psiquiátrico.

Tuve que fingir amnesia para librarme de preguntas, y ellos fueron muy comprensible con eso, tanto que incluso me costó mantener la mentira. Me nombraron Snow —por mi cabello y mi piel—, aunque más bien tengo la teoría de que fue porque cuando llegue a su puerta era más un tempano de hielo que un humano.

La mesa de madera cruje suavemente cuando nos sentamos a almorzar, y me obligo a salir de mis pensamientos. Amelia sirve el guiso humeante con una sonrisa tranquila, mientras los mellizos discuten en voz baja sobre quién saldrá primero a revisar las trampas. El calor del fuego llena la cabaña y, por un momento, el invierno queda reducido a un murmullo lejano detrás de las paredes.

Hace semanas que, en cuanto me sentí lo suficientemente fuerte, le pedí a Jacobo que me dejara acompañarlo a cazar. Al principio se negó. Me miró como si aún pudiera romperme con solo respirar mal, pero insistí. Al final, aceptó, aunque nunca dejó de vigilarme de reojo. Lo que había aprendido con Sylvia y lo que sobreviví en el laberinto me ayudaron más de lo que esperaba; aun así, fueron estos últimos dos meses los que realmente me habían fortalecido. No solo en el cuerpo, sino en cosas que nadie te enseña en un campamento.

Amelia deja un trozo de pan frente a mí, caliente, recién hecho. Le agradezco y ella asiente como si fuera lo más natural del mundo. Nadie me observa con miedo, ni con expectativa, ni con desconfianza. Solo soy… uno más.

Me habían prometido ayudarme a llegar a la ciudad más cercana una vez que el invierno pasara. Mientras tanto, estábamos atrapados en la montaña hasta que dejara de nevar. Así que aprendí a sobrevivir. A reconocer huellas, a leer el cielo, a escuchar el silencio. Cada noche, cuando todos se iban a dormir, salía a vigilar. No podía darme el lujo de bajar la guardia; no sabía si algún monstruo o incluso algún semidiós podría encontrarme ahí.




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