El corazón de la bruja

Prólogo

La noche en el pueblo de Varel olía a cerveza derramada y a promesas que nadie cumpliriría al amanecer.

Kael lo sabía bien. El las hacías todas.

Se recostó en el banco de madera del mesón, observando cómo el fuego del hogar dibujaba sombras danzantes sobre las paredes de piedra. Nadie allí lo conocía, y eso era un alivio. Nadie sabía que ese joven de cabello negro con mechones blancos, vestido con ropas sencillas que ocultaban su rango, era el príncipe heredero del reino. Un heredero que, a ojos de su padre, aún no merecía el título. Un heredero al que su madre le susurraba, cada noche, que la corona podía ser arrebatada por cualquier bastardo con más carácter.

Kael apartó esos pensamientos con un trago amargo. El camino oficial tenía guardias. Los guardias tenían órdenes. Las órdenes llegaban a oídos de su madre.

Así que había tomado el sendero del bosque.

La conversación en la mesa de al lado derivó hacia el terror supersticioso. Alguien mencionó al hijo del herrero, quien había regresado del bosque horas más tarde de lo debido, pálido y mudo. Hablaban de una bruja, de ojos de bestia y horrores retorcidos.

—Se come a los viajeros nocturnos —añadió otro, bajando la voz con el placer oscuro de quien disfruta asustando—. Encontraron a un leñador hecho pedazos hace dos veranos. Nada que no pudiera haber hecho un oso, pero el pueblo ya tenía su culpable.

Kael, que había cruzado ese mismo sendero esa tarde sin ver más que árboles y ciervos, arqueó una ceja con escepticismo. Para él, las leyendas no eran más que sombras a las que la gente, presa del aburrimiento y el miedo, les había dado un nombre.

Horas más tarde, bajo el manto de una luna oculta por nubes densas, la arrogancia de Kael comenzó a flaquear. Los árboles habían crecido, o al menos eso parecía, sus ramas entrelazándose sobre su cabeza como dedos que quisieran atrapar el poco cielo que quedaba visible. El bosque que había atravesado con luz de día era, ahora, una entidad hostil. El crujir de las ramas se amplificaba, convirtiéndose en pasos rítmicos que parecían seguirlo.

Se detuvo. Sus oídos captaron algo: un sonido suave, demasiado ordenado para ser una bestia.

Kael siguió caminando.

Entre las sombras, a escasos metros, dos puntos de luz amarilla brillaron con una intensidad que le robó el aliento. No era la mirada de un animal; era algo más profundo, algo que no había visto en toda su vida.Se detuvo.

El alcohol que le corría por las venas convirtió el miedo en adrenalina. Sacó la espada con un movimiento brusco y se lanzó hacia adelante sin pensar, sin preguntar, con la hoja levantada y un grito a medio formar en la garganta.

Una rama gruesa cayó sobre su hombro de golpe, como si el árbol mismo hubiera decidido interponerse.

La espada bajó involuntariamente. Y entonces la vio.

No había una bestia retorcida. Era una chica.

Pequeña, pálida como la luna que no había, con un cabello de un azul imposible derramándose sobre sus hombros. Sus ojos, esos ojos amarillos que lo observaban con una mezcla de pavor y una humanidad que él no esperaba encontrar, lo habían detenido en seco, lo miraban desde un rostro en forma de corazón que mezclaba el asombro con el terror, y alrededor de su cuello delgado colgaba un cristal que aún temblaba con un destello de luz que se apagaba despacio, como una brasa que se enfría, como si ella misma estuviera luchando por no dejar escapar algo que quemaba desde su interior..

Kael bajó la espada del todo, sintiendo un vacío extraño en el pecho. No era una bruja de cuento. Era algo fascinante, una rareza en un mundo que él creía conocer demasiado bien.

Se quedaron así, mirándose en el silencio sepulcral del bosque. Por un momento, el príncipe heredero que buscaba desesperadamente el favor de su padre y la chica que se escondía del mundo compartieron una chispa de mutuo reconocimiento. La magia, que él creía extinta, vibraba en el aire entre ambos.

​Y Kael, por primera vez en su vida, no pensó en el trono. Pensó en cómo era posible que algo tan hermoso hubiera sido temido durante tanto tiempo.




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