El corazón de la bruja

Introducción

La noche en el pueblo de Varela olía a cerveza derramada y a promesas que nadie cumpliriría al amanecer.

Kael lo sabía muy bien. Lo sabía porque era el quien las hacía.

Se recostó en el banco de madera del mesón con la copa a medio vaciar entre los dedos y una sonrisa perezosa en los labios, observando cómo el fuego del hogar dibujaba sombras danzantes sobre las paredes de piedra. Nadie allí lo conocía. Nadie sabía que ese joven de cabello negro con mechones blancos, vestido sin el menor indicio de su rango, era el príncipe heredero del reino. Y eso, pensó, era exactamente lo que necesitaba.

El camino oficial tenía guardias. Los guardias tenían órdenes. Las órdenes llegaban a oídos de su madre.

Así que había tomado el sendero del bosque.

—Dicen que en esas lindes vive una criatura —murmuró alguien al otro lado de la mesa. Kael no se molestó en girar la cabeza, pero sí en escuchar. El alcohol siempre traía consigo las mejores historias—. Una bruja. Horrible y retorcida, con ojos que brillan en la oscuridad como los de una bestia.

—Se come a los viajeros nocturnos —añadió otro, bajando la voz con el placer oscuro de quien disfruta asustando—. Encontraron a un leñador hecho pedazos hace dos veranos. Nada que no pudiera haber hecho un oso, pero el pueblo ya tenía su culpable.

Kael arqueó una ceja y bebió un trago largo. Él había cruzado ese bosque esa misma tarde y no había encontrado más que árboles, musgo húmedo y un par de ciervos asustadizos. Las brujas, como la mayoría de las cosas que la gente temía, probablemente no eran más que sombras a las que alguien había dado nombre.

Horas más tarde, cuando la luna ya se había escondido detrás de una capa de nubes espesas y el camino de regreso se extendía oscuro y silencioso ante él, Kael no pensaba en brujas.

Pensaba en no tropezar.

El bosque que había atravesado con luz de tarde era, de noche, un animal completamente distinto. Los árboles habían crecido, o al menos eso parecía, sus ramas entrelazándose sobre su cabeza como dedos que quisieran atrapar el poco cielo que quedaba visible. Cada sonido era amplificado: el crujir de ramas bajo sus botas, el viento entre las hojas, algo pequeño corriendo entre los matorrales.

Kael siguió caminando.

Entonces los escuchó. Pasos. O algo parecido a pasos, suaves y rítmicos, demasiado ordenados para ser un animal salvaje.

Se detuvo.

Entre las sombras, a escasos metros, algo brillaba. Dos puntos de luz cálida, amarilla, que lo observaban sin parpadear.

El alcohol que le corría por las venas convirtió el miedo en adrenalina. Sacó la espada con un movimiento brusco y se lanzó hacia adelante sin pensar, sin preguntar, con la hoja levantada y un grito a medio formar en la garganta.

Una rama gruesa cayó sobre su hombro de golpe, como si el árbol mismo hubiera decidido interponerse.

La espada bajó involuntariamente. Y entonces la vio.

No era una bestia. No era horrenda ni retorcida. Era una chica.

Pequeña, pálida como la luna que no había, con un cabello de un azul imposible derramándose sobre sus hombros. Sus ojos, esos ojos amarillos que lo habían detenido en seco, lo miraban desde un rostro en forma de corazón que mezclaba el asombro con el terror, y alrededor de su cuello delgado colgaba un cristal que aún temblaba con un destello de luz que se apagaba despacio, como una brasa que se enfría.

Kael bajó la espada del todo.

Se quedaron así un momento eterno, mirándose, y él no pudo evitar preguntarse, con una claridad extraña para alguien tan borracho, si aquella chica sería la bruja de la que hablaban en el mesón.

Y si lo era, el pueblo había exagerado en todo... menos en lo de los ojos.




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