El corazón de la bruja

Capítulo I: Una bruja en el bosque

El bosque nunca le había pedido nada.

Eso era lo que Lyra apreciaba de él sobre todas las cosas: su silencio no era vacío, sino generoso. Los árboles no preguntaban de dónde venía ni por qué sus ojos eran del color equivocado. Las raíces no se alejaban cuando ella pasaba. El musgo crecía igual de verde bajo sus pies que bajo los de cualquier otro ser en este mundo, sin distinguir ni juzgar.

Lyra se arrodilló junto a un parche de consuelda que había estado cultivando desde primavera, y pasó los dedos con cuidado entre las hojas anchas y ásperas. Buenas. Listas. Las cortó con las tijeras pequeñas que siempre llevaba en el bolsillo del delantal y las fue acomodando en la cesta de mimbre con la misma delicadeza con que se maneja algo valioso.

Porque para ella lo era.

Sus remedios no eran magia. O no solo magia. Eran horas estudiando los manuscritos que había encontrado abandonados en la cabaña antes de que fuera suya, eran dedos manchados de tierra, eran errores y correcciones y volver a intentarlo. La magia, cuando se filtraba en su trabajo, lo hacía sin anunciarse: las cataplasmas que preparaba duraban el doble que las de cualquier curandera del pueblo, las infusiones aliviaban antes, las raíces que plantaba con sus propias manos crecían más ricas. Era una magia pequeña y útil, la única de la que no tenía miedo.

La otra clase de magia, esa, prefería no pensarla.

Terminó de cosechar la consuelda y pasó al siguiente punto de su ruta: un roble viejo con hongos medicinales en su base que necesitaban ser recolectados antes de que llegaran las lluvias de otoño. Ya había perdido la noción del tiempo, como siempre le pasaba en el bosque. La luz entre los árboles se había vuelto de ese dorado oscuro que precede al crepúsculo, pero eso no la inquietaba. Conocía cada sendero, cada piedra, cada curva del riachuelo cercano. El bosque era suyo de una manera que el pueblo nunca sería.

Estaba agachada sembrando nuevos esquejes en el lugar donde había cosechado, con las manos enterradas hasta las muñecas en tierra húmeda, cuando lo oyó.

Primero fue un sonido lejano, torpe, el ruido de algo que no sabía moverse entre árboles. Luego un golpe, una maldición en voz alta, más golpes. Lyra frunció el ceño y levantó la cabeza despacio.

Los murciélagos salieron primero.

Una nube pequeña de alas oscuras emergió desde las ramas altas y se dispersó en todas direcciones con un chirrido agudo, y detrás de ellos, agitando los brazos y girando sobre sí mismo con una torpeza que habría sido cómica en otro contexto, apareció un hombre joven que claramente no había previsto la reacción de la fauna nocturna. Los pájaros siguieron a los murciélagos. Lyra se puso de pie de un salto cuando vio que el caos alado se dirigía también hacia ella.

Corrió unos metros hacia la izquierda, pero era tarde: una lechuza le rozó el hombro y ella se tropezó hacia atrás, y justo en ese momento el hombre giró, vio algo entre las sombras, y levantó la espada.

Lyra no tuvo tiempo de pensar. Solo de caer.

Se lanzó al suelo y sintió el filo pasar sobre su cabeza con un silbido. El cristal de su colgante ardió un segundo contra su pecho, un calor repentino que no duró más que un parpadeo, y luego hubo un crujido enorme sobre ella cuando una rama gruesa se desprendió del árbol y cayó sobre el brazo del hombre, haciéndole bajar la espada de golpe.

El silencio que siguió fue absoluto.

Lyra levantó la vista desde el suelo. El hombre estaba de pie sobre ella con la espada a medio bajar, mirándola. Era joven, más de lo que había supuesto, con el cabello revuelto en mechones negros y blancos y los ojos entrecerrados de alguien que todavía está procesando lo que ve. Olía a vino y a viaje largo. Y la miraba como si hubiera esperado encontrar un monstruo y en su lugar hubiera encontrado un problema completamente diferente.

Lyra se quedó quieta. Era lo que hacía cuando no sabía qué hacer: quedarse quieta, respirar despacio, no sentir demasiado.

—¿Estás bien? —preguntó él, al fin, con una voz que no correspondía del todo con la torpeza de sus movimientos. Era una voz segura, acostumbrada a ser escuchada. Guardó la espada.

—Sí —respondió Lyra, y su propia voz sonó pequeña comparada con la de él. Se puso de pie despacio, sacudiéndose la tierra del vestido sin apartar los ojos de él. El cristal del colgante había vuelto a su transparencia habitual, frío y quieto como siempre. Ella lo rozó con los dedos sin darse cuenta—. Tú... no deberías estar en el bosque de noche.

—Eso mismo me estoy diciendo yo —admitió él, y tuvo el descaro de sonreír.

Su nombre era Kael. Eso fue lo primero que le dijo, sin que ella se lo preguntara, con la soltura de alguien que asume que su nombre importa. No le dijo de dónde venía ni por qué cruzaba el bosque a esas horas, y Lyra, que tampoco era de preguntar, no insistió.

Esa noche la acompañó hasta la orilla del bosque donde comenzaba el sendero que llevaba a su cabaña, hablando con una facilidad que a ella le resultaba extraña y al mismo tiempo difícil de resistir. Kael tenía el don de hacer que el silencio resultara incómodo y la conversación, natural.

—¿Vives sola aquí? —preguntó mirando entre los árboles hacia donde ella señalaba.

—Sí.

—¿No te da miedo?

Lyra consideró la pregunta con honestidad antes de responder. —El bosque no me da miedo —dijo al fin—. Es lo de afuera lo que a veces asusta.

Él la miró con una expresión que no supo descifrar, y luego asintió despacio, como si eso le dijera algo más de lo que ella había pretendido decir.

Volvió tres días después.

Lyra lo vio llegar desde la ventana de la cabaña cuando aún era temprano, sin la espada desenvainada esta vez, con las manos en los bolsillos y un paso más tranquilo que el de aquella noche torpe entre los árboles. Dudó un momento antes de salir a su encuentro.

—¿Cómo me encontraste? —preguntó desde el umbral.




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